Nuevo Amanecer

Provincia y trashumancia


Jorge Eliécer Rothschuh Villanueva (Juigalpa, 1954) pertenece a una estirpe de intelectuales, cuyo linaje, hasta donde abarca mi memoria y mis lecturas, viene desde su abuelo Guillermo Rothschuh Cisneros, cuyo poema “La casa paterna” (que desde entonces hablaba del posteriormente reiterado retorno “al hogar de mis mayores”) hasta hoy sigo admirando, y se extiende luego a su padre, el poeta Guillermo Rothschuh Tablada, erudito explorador de lo vernáculo y lo barroco; hasta prolongarse en sus hermanos Vladimir y Guillermo, el primero muy poco avistado por aquí debido a su ya largísima residencia en México, y el segundo sí muy visible e intelectualmente bastante activo en Nicaragua.
Conocí a Jorge Eliécer en México, en 1986, cuando Guillermo hacía estudios de postgrado allá, y yo había llegado con el propósito, malogrado al cabo de dos años, de cursar en la Universidad Nacional la carrera de Filología Hispánica.
Generosamente Guillermo me guió en los primeros pasos para la inscripción de mis clases iniciales, y luego, durante un almuerzo en su apartamento me presentó a su hermano Jorge Eliécer, a quien acompañaría luego en largos paseos por algunas haciendas ganaderas al norte de la ciudad de México, donde él realizaba sus prácticas como veterinario.
Tanto en aquellos paseos como en las extendidas sobremesas después de algunos almuerzos en su apartamento de la calle Sánchez Azcona, intercambiábamos impresiones sobre todo, literarias, y finalmente resultó siendo para mí como una especie de hermano mayor literario, un poco reacio a la bohemia, pero sin duda un amigo fraterno y sobreprotector.
Poco tiempo después él se marchó a Chiapas, donde vive desde entonces, y yo seguí un tiempo más en el DF, intentando continuar mis estudios.
Después de esa breve estancia mexicana debí regresar a Nicaragua en 1987, justo cuando Jorge Eliécer publicaba en México su primer libro de poesía, “Otras después de Eva”, cuyos poemas revelaban una factura epigramática: escritos con lenguaje claro y directo, con párrafos cortos, frases escuetas, imágenes y alusiones de muchas lecturas; chistes negros, ironías librescas, sutiles o directas referencias de autores, personajes u obras de la literatura. En fin, argucia y talento combinados con una especie de lirismo inteligente y culto.
Luego vinieron “Hospedaje de la pirámide”, (1992); “Cantar Mexica”, “Residencia cautiva”, (1995); “Vecindad entre ruinas”, (1996) y “Somos habitantes de un mismo sueño”, (1997), que luego reunió en un volumen titulado “Chiapas: Cielo sin correspondencia”, (2000).
Son exploraciones, desde la poesía, en los mitos indígenas mesoamericanos; búsqueda y ánimo de retransmisión y recodificación del legado escritural del mundo aparentemente abolido de esas culturas. Textos que derivan, sin duda, de una lectura profunda del Popol Vuh, pero también de su propia vivencia durante tantos años en el sur de México.
Ahora, después de muchos años de ausencia, suplida sin embargo con la asidua aparición de sus textos en nuestros periódicos, ha regresado rápidamente al país para presentar, en su provincia natal, la edición nicaragüense de su más reciente libro: “Juigalpan. Tierra de Caracoles”, publicado inicialmente en México, en el 2009, y que parece ser el fruto de una férrea voluntad literaria de recrear una serie de identidades particulares que a su vez recrean la identidad general de la ciudad de Juigalpa, poniendo en juego no sólo las virtudes imaginativas de la memoria, sino también las armas y habilidades de una bien adiestrada escritura literaria.
-Cuando leí por primera vez “Otras después de Eva”, el mismo año de su edición, mi impresión fue que, aún con su lograda calidad, era más bien un ejercicio o una calistenia que nos preparaba para lo que vendría después. A más de veinte años de distancia ¿te parece descaminada esa apreciación?
Mi literatura nace en nuestra casa, crecí bajo poético paternalismo. Sanos consejos evidencian la calidad de mis antecedentes: el trazo lorqueano, el quejido de Neruda, el amasiato de don Rubén con sus pretextos, el apretujado siglo de oro español, la llovizna sentimental japonesa, la negritud antillana, el lamento del cholo peruano, toda esa religiosidad eyaculatoria vanguardista, el exteriorismo norteamericano y las arrechuras criollas de las prójimas bienaventuradas me contaminaron a temprana edad.
¡Qué puede hacer un joven con tanto peso del Universo! El artificio bueno o malo tiene sus cómplices. “Otras después de Eva” son pasajes, paisajes inevitables donde inscribo vivencias literarias y experiencias diurnas o nocturnas.
Te entrego, Erick, la respuesta epistolar de Pablo Antonio Cuadra sobre Otras después de Eva, pues yo también quiero ser imparcial: “Tu libro es un caleidoscópico cambio de ojos. Las lecturas, que enloquecieron al Quijote, a ti te enajenan. Y esa es la mayoría de tus prosas: experimentar lo propio como ajeno. Tu tarde de verano la miras con los mismos ojos ciegos de Borges o con los ojillos circenses de Benedetti. Hay derecho: cada autor es una lente para leer nuestra propia identidad. Y en este libro tienes los mil ojos de una biblioteca”. La virtud de que nos interpreten es nuestra dicha, quieras o no, las observaciones valen. “Otras después de Eva” es lo que tu señalas, ejercicios de calentamiento, los cuales continúo para que el estilo no decaiga.
-La factura de tus libros posteriores se volcó completamente hacia una re-visión, escudriñamiento o re-interpretación del mundo prehispánico de Mesoamérica, ¿Podríamos decir que guarda alguna relación con “El jaguar y la luna”, de Pablo Antonio, como eje matricial?
“Hospedaje de la pirámide” oscila entre una visión de personajes: Joaquín Rodrigo, Cardoza y Aragón, Rulfo, Brecht, Pound, Sor Juana, Darío, Vallejo, Beltrán; y, por otro lado, otros personajes no menos raros como Tezcatipocatl, Quetzaltcoatl, Huitzilopochtli, Coatlicue, Nanahuatzin. Ambas caras de un mismo sol ofrendan verticalidad de la pirámide; ahora la experiencia verbal radica un poco más en el ámbito familiar. En “Cantar Mexica” el verso se proyecta independiente hacia una lectura lineal, producto de la lectura de “El ritual de los bacabes”, transcripción y traducción del maya por Ramón Arzápalo Marín. La estructura, el lenguaje, el simbolismo expresado es tan impactante, como para borrar la asimilación judeo-cristiana en nuestra forma de concebir el universo; el paralelismo, la yuxtaposición de versos refuerzan la visión imaginaria del cosmos. El acercamiento a la realidad inmediata de la civilización mexica, sus vestigios y evidencias pictográficas encantan hasta a los espíritus dogmáticos. El Popol Vuh, Rabinal Achí, los códices Borgia, Aubin y el presente étnico son mero soporte de la poesía.
Los otros libros míos que tú mencionas tienen escasa relación con “El Jaguar y la luna” de Cuadra. El mundo indígena lo encuentro en el centro de México, y más penetrante aún, al Sur, donde la grandiosidad es comprendida y gozada con ánimo enfermizo, la influencia del arte mexica te subyuga, cuando lo tocas, te conviertes en poeta con visiones más profundas. México es nuestro.
-Bueno, lo decía porque la intención original de Cuadra de representar el universo prehispánico a través de exploraciones o interpretaciones poéticas de sus códices, imágenes y símbolos, se asemeja en algo a la evidente intención ideogramática de tus textos en estos libros, que como dije, también insisten en explorar las rutas y enigmas de los antiguos trazos precolombinos...
El poeta Pablo Antonio Cuadra es para mí el habla nicaragüense, si él utiliza la representación pictográfica de los mexicas es para recrear; ambientación y temática propia.
Cuadra importa el glifo mexica para pintar imágenes de su Patria. Es probable la semejanza por el origen. El hecho de vivir en Chiapas y conocer expresiones ideogramáticas –verlas, oírlas y tocarlas-- transforman en gran parte el sentimiento. Creo que mi patrón de comportamiento se ha vuelto más sencillo y vital, nuestros receptores captan otro ánimo creativo.
-Tengo la impresión de que hay alguna relación con alguna poesía de Paz, o del mismo Ezra Pound y su método ideogramático, que también de alguna manera fue asumido, aunque desde distintas perspectivas, por Cuadra y Cardenal… ¿Es lo tuyo parte de ese aparente continuum poético?
Busco más a Octavio Paz en su prosa plena de intelectualidad. Me gusta mucho el poema “Piedra de sol”, pero más me impresiona “Nocturno de San Ildefonso”; los quinientos versos no opacan en nada la pasión que desvive la añoranza de su barrio, cuando lo veo caminar por sus calles; a Paz lo siento menos artificioso e influido: menos obligado en la divulgación del mito. En cuanto al viejo Ezra, padecí con él su infortunio, sus cantos continúan alzando a grandes voces su eternidad poética.
-Dice tu hermano Guillermo que tu libro “Juigalpan. Tierra de Caracoles”, nació con la pretensión de rescatar la memoria de personajes comunes (ni “eminentes” ni “notables”) que forman la verdadera identidad (permanente, aunque también cambiante) de la ciudad de Juigalpa y sus entornos.
Me parece a mí que acierta, y agregaría que se trata de personas y personajes que han sido rescatados del olvido, gracias al afecto de la memoria colectiva, y lo que vos hacés ahora es fijarlos en la memoria literaria, es decir, hacerlos entrar por el portón grande de la literatura… ¿Estamos de acuerdo?
Así es. Memo conoce a los demonios de nuestro vecindario y tú aciertas al reconocer el verdadero valor del libro: su literalidad. Lo anecdótico es secundario, es epidérmico. Muchos comparten, igual que vos, que “Juigalpan. Tierra de caracoles” atraviesa el portón grande de la literatura. Espero que AFODENIC, la empresa responsable de la edición, lo sepa distribuir por toda Nicaragua.
-Pero visto en perspectiva, o más bien desde una macrovisión, el libro parece también una reconstrucción de la geografía provincial o de la identidad absoluta de Juigalpa, que al final de la lectura, según me parece, adquiere las trazas de un personaje protagónico, fundamental y abarcante…
Siempre lo específico se vuelve genérico o viceversa. El compromiso inmediato es conmigo mismo. Como dice nuestro gran poeta: mío en mí. Después, sigue el amado pueblo de Juigalpa, el escenario sentimental de mis días de gloria.
Fíjate Erick, cuando digo que el cielo de Juigalpa mudaba estrellas cada noche, retorno al génesis de mis pretextos: las mujeres. Es cierto. Cada noche el cielo de Juigalpa me esperaba para entregarme sus estrellas, es decir, a mis amigas que visitaba en todos los barrios en bicicleta o en carro para que desnudáramos las noches con nuestro amor.
“Otras después de Eva” es mi canon, mi catálogo lleno de signos, ausente de nombres y apellidos. En “Juigalpan. Tierra de Caracoles” la venganza es fatal, todos aparecen con pelos y señales. El único personaje anónimo es El hijo del Espíritu Santo, a él nunca lo aparté del libro, porque sentí que negando su existencia eliminaba la mía.
-En un ensayo de “Puertas al campo”, Octavio Paz recuerda cierto movimiento pendular en la vida del poeta francés Jean Arthur Rimbaud, que lo llevó a fugarse de Charlesville, su provincia natal, y después a regresar. Paz habla de una “cólera parecida a la fascinación” por la provincia. ¿Es ésta una lógica aplicable a tu libro, o más bien es un reproche contra “el rostro ingrato del abandono”, una voz de aliento para una ciudad postrada, aparentemente carente de identidad?
“Juigalpan. Tierra de caracoles” tiene dos antecedentes. El primero nace de mi padre, quien siempre evidenció la ingratitud de sus habitantes, ya que éstos migran hacia otros lugares sin dejar nada y regresan únicamente en días festivos; y, los otros, los que se quedan enclaustrados en la provincia se vuelven indolentes. Por eso él expresaba que “Juigalpa era una vaca echada a quien los perros ladran sin lograr levantarla”. Y desde entonces, el poeta Guillermo Rothschuh Tablada se volvió azuzador, haciendo todo lo posible para que la ciudad tomara vida propia y desarrollara su cultura y economía. Ardua ha sido la labor de mi padre.
El otro antecedente es de mi hermano Guillermo, quien acompañó a don Guillermo en su lucha social. Memo ya lo manifestó claramente en su libro sobre Juigalpa: “Asalto a la memoria”. En conclusión, estimado Erick, la pasión mía por Juigalpa es herencia bien habida, no hurtada. Los nicaragüenses saben que los Rothschuh no sólo hacen buena literatura, sino que han laborado contra ese rostro ingrato, contra ese abandono provinciano de que nos habla Octavio Paz. “Juigalpan. Tierra de caracoles” es la crónica que rescata, tal cual se nos presentan personajes, hechos y tradiciones que inciden hasta hoy en la vida de nuestra ciudad.