Nuevo Amanecer

La “Emancipación Política de Hispanoamérica” en Buenos Aires


El XII Congreso de la Asociación Iberoamericana de Academias de Historia fue celebrado en Buenos Aires del 2 al 7 de agosto. Excepto Cuba, Panamá, Bolivia y Honduras, asistieron y participaron los demás países del continente no angloparlante, Portugal y España. A Nicaragua la representaron el Presidente de nuestra Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, doctor Jaime Incer Barquero, y el suscrito, su Secretario. Su tema general fue “La Emancipación Política de Hispanoamérica” y, específicamente, sus precursores, protagonistas e intérpretes; la sociedad y el orden jurídico, las particularidades territoriales (Portugal, la Banda Oriental del Río de la Plata, América Central, Colombia, Ecuador, Puerto Rico, Venezuela), los indígenas, la Iglesia, el Comercio y la Milicia.
En la sede de la Academia de historia de la República Argentina, antiguo Palacio del Congreso (Balcarce, 139) tuvo lugar el acto inaugural donde intervinieron el Presidente de la Academia organizadora, doctor Eduardo Martinet, dinámico artífice del Congreso, de vibrante y oportuna palabra; el español Feliciano Torres y el argentino Dardo Pérez Goilhpou. Si Tórres tuvo a cargo la conferencia “El nacimiento de la crisis: la abdicación de Carlos IV”, Pérez Goilhpou otra: “Los enemigos de la revolución”.
Insuperable resulta detallar las sesenta y tantas ponencias abreviadas y discutidas a lo largo de seis intensos días de trabajo. En su mayoría, se concentraron en la Revolución de Mayo (1810). Todos sus múltiplos aspectos fueron repensados en nuevas fuentes. En una de ellas, Isidoro J. Ruiz Moreno reivindicó la figura de Martín de Álzaga, condenado a muerte sin proceso ni defensa y fusilado. Moreno —a quien no veía desde julio de 1983, en Roma, cuando coincidimos en un encuentro sobre Garibaldi en América Latina— cuestionó la generalizada imagen que se tiene de Álzaga como fiel vasallo de Fernando VII.
A mí me parecieron interesantes otras tres ponencias. Primero la del licenciado Armando Raúl Bazán, historiador argentino que se remontó a los jesuitas —gestores de un proyecto alternativo de la corona que sustraía de la explotación a los indígenas— como sus más remotos precursores. En concreto, al padre Juan Carlos Viscardó y Guzmán, autor del célebre alegato contra la dominación española. Y luego las del maestro peruano José Agustín de la Fuente Candamo y de la maestra chilena Teresa Pereira Larraín, ambas centradas en la vida cotidiana de las sociedades coloniales de sus respectivos países.
Al respecto, el Congreso hizo gala de historiadoras. Una ya me era conocida desde 1990, cuando estuvimos juntos en México D. F., durante un Congreso de Ministros de Cultura: la paraguaya Olinda Masare de Kostiankovsky; y otra me impresionó por su apasionamiento, Olga Fernández Latour de Botas. Ella, perteneciente también a la Academia Argentina de Letras, tuvo la gentileza de invitarme a la presentación del Diccionario de Americanismo el martes 23 de agosto al final de la tarde. Allí saludé a los colegas Humberto López Morales, Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua, y a Pedro Luis Barcia, Presidente de la Academia Argentina de Letras.
Sin menospreciar los aportes de las otras Academias en conjunto, la de Puerto Rico estuvo magníficamente representada por el doctor Luis González Vales (“La constitución de 1812 y Puerto Rico”), la doctora Delfina Fernández Pascua (“El pueblo uruguayo se niega a seguir a la Junta de Buenos Aires en 1810”), el doctor Francisco Moscoso (“Reforma y revolución en Puerto Rico: 1809-1815”) y el doctor Juan G. Hernández Cruz (“Lola Rodríguez de Tió y los intentos tardíos de emancipación en Cuba y Puerto Rico”). La Academia Borinqueña de la Historia además distribuyó el tomo de las actas del decimoprimero congreso: Los procesos de la colonización. / Raíces de las culturas iberoamericanas (2008), y un volumen de correspondencia inédita de Ricardo Palma con Lola Rodríguez de Tió, editado por Juan G. Hernández Cruz y Oswaldo Holguín Callo.
A mí me pareció también interesante, por su temática novedosa, la ponencia de la historiadora mexicana Gisela von Wobeser Hoepfner (“La participación de los indígenas en la guerra de independencia”) y no dejó de ser modelo de análisis ponderado la de monseñor Juan G. Durán (“El episcopado rioplatense y la Revolución de Mayo / Dubitación, confusión y reticencia: 1810-1819”).
No colmaron mis expectativas, por otra parte, las ponencias de los colegas centroamericanos: doctor Guillermo Díaz Romeu, de Guatemala (“La independencia pacífica de Centroamérica”), auxiliada con proyecciones electrónicas; señora María Eugenia Bozzoli Vargas, de Costa Rica (“La frontera de la frontera, sociedad indígena costarricense: 1800-1830”), fuera de lugar; señora María Eugenia López Velásquez, de El Salvador (“Demandas y participación social en los movimientos insurgentes de 1811 en San Salvador”), ya expuesta en el reciente Congreso Centroamericano de Historia, desarrollado en la UNAN-Managua; y doctor Pedro Escalante Arce, también salvadoreño (“La alternativa monárquica en el surgimiento del Estado Salvadoreño”), centrado en la anexión a México de 1826.
En cuanto a las ponencias de Nicaragua, fueron dos: “El movimiento insurgente de Granada, Nicaragua, de 1812” del suscrito; y “Los corsarios del Río de la Plata en las costas de América Central” del doctor Jaime Íncer Barquero. La rebelión popular de Granada duró, en realidad, del 22 de diciembre de 1811 al 25 de abril de 1812. Controlada por los criollos con el fin de impedir a la plebe que se desbordara, fue el único de su género (San Salvador, León, Rivas, San Salvador de nuevo, y Belén, Guatemala) que llegó a enfrentarse a las fuerzas reales el 21 de abril de 1812. Convenido cuatro días un acuerdo u honrosa capitulación que implicaba un indulto, no fue respetado por el Capitán General del Reino, quien ordenó procesar a los cabecillas y participantes. Dieciséis fueron condenados a muerte, nueve a presidio perpetuo y ciento treinta y tres a presidio temporal. Muchos cumplieron sus penas durante más de cinco años en las cárceles de Guatemala y Cádiz; y otros tantos fallecieron en ellas.
Íncer Barquero partió de la captura en junio de 1820 del comerciante inglés Orlando Roberts por las autoridades españolas de Nicaragua, que lo creyeron espía de los corsarios insurgentes del Río de la Plata, para referir los movimientos precursores de Centroamérica, más vinculada a México que a Sudamérica. Sin embargo, retomó la presencia en las costas de América Central de Jerónimo Bouchard y de Luis Aury; el primero en El Realejo, puerto del Pacífico de Nicaragua, el segundo en Trujillo y Omoa, puertos del caribe en Honduras. Ambos corsarios insurgentes, autorizados por el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, arbolaron en sus acciones la bandera azul y blanca de esas Provincias —es decir, de la República Argentina— que sirvió de modelo a las banderas de las Provincias Unidas del Centro de América y a los pabellones de las otras repúblicas centroamericanas.
Pero lo más importante de la presencia nicaragüense en el evento académico, fue de su definitivo ingreso a la Asociación Iberoamericana de Academias de Historia establecida en 1991. En la Asamblea de Presidentes fue aprobado y se le dio la bienvenida oficial además, se eligió la sede del próximo Congreso bianual: México D. F., 2012, cuyo tema general será: “España, Portugal y América en la primera mitad del siglo XIX”. Asimismo, todas las Academias se comprometieron en remitir periódicamente a la presidencia en Buenos Aires un informe de actividades y en preparar una serie mínima de “Documentos fundacionales de las independencias iberoamericanas”, volumen que coordinará el presidente de la Academia de la Historia de Venezuela.