Nuevo Amanecer

“Al sur de la frontera, al oeste del Sol”


“Al sur de la frontera, al oeste del Sol”, se aleja de los esquemas narrativos que vinculaban a Haruki Murakami con la tradición surrealista, lo cual no implica la desaparición de lo incomprensible.
En este caso, la intervención del misterio no acarrea la ruptura del orden real, pero sí introduce un planteamiento crítico con la percepción ordinaria del mundo. El autor introduce en esta novela elementos autobiográficos.
Hajime (“Principito”) nace en 1951. A pesar de que sus padres sufrieron las inclemencias de la guerra, su infancia transcurre en un hogar confortable, donde el conflicto sólo es una lejana referencia.
Sin ruinas ni fuerzas de ocupación, el Japón de la segunda mitad del siglo XX no difiere demasiado de cualquier país occidental: televisión, música pop, animales domésticos.
La infancia de Hajime, hijo único, transcurre sin grandes incidencias, salvo su amistad con Shimamoto, una niña coja con la que pasea y escucha música sinfónica y canciones de Nat King Cole.
Una pequeña colección de vinilos les mantendrá juntos durante muchas tardes, insinuando un amor que se manifiesta en un fugaz contacto físico. Al rozar la mano de Shimamoto, Hajime comprenderá que hay “otro mundo”, un espacio donde un disco no es un disco, sino “un frasco de cristal que encierra una frágil alma humana”.
La experiencia apenas durará diez segundos, pero ambos comprenderán que sin el otro están condenados a una existencia incompleta, insuficiente.
La adolescencia los separará. Ávido de experiencias sexuales, Hajime mejorará su aspecto físico con la natación, comenzando a salir con Izumi. Su relación con ella finaliza cuando la traiciona con su prima.
Se trata de una aventura sin afecto ni esperanza de futuro, donde el placer actúa como un poderoso centro magnético que anula el resto de las cosas.
Murakami no reprueba el comportamiento de su personaje. El sexo es un desbordamiento inocente, una experiencia del límite que nos permite conocernos a nosotros mismos, objetivándonos en una cadena de sensaciones físicas.
La ausencia de porvenir de una relación sexual sólo corrobora su pureza, la necesidad de desprendernos de nuestro yo mediante el anonadamiento que acompaña al orgasmo. Izumi nunca logrará rehacer su vida, pero Murakami apenas lamenta su suerte, pues entiende que no podemos renunciar a nuestras experiencias, sin renunciar a lo que somos.
La conjunción de libertad y fatalidad determinará que Hajime se hunda en un matrimonio convencional. Gracias a su suegro, un próspero constructor, abrirá un elegante jazz bar, que obtendrá un gran éxito, permitiéndole comprarse un BMW, un amplio apartamento y un chalé.
Padre de dos hijas, experimentará no obstante que su vida no le pertenece. La sensación de vivir una existencia ajena sólo se disolverá cuando reaparezca Shimamoto, convertida en una mujer misteriosa y deslumbrante.
Su relación con ella pondrá en peligro su estabilidad, pero actuará como una revelación mostrándole que el amor y la muerte convergen en el mismo impulso.
La realidad está marcada por la finitud, pero siempre existe un Sur irreal hacia el que huir. Esa vía de escape no es menos importante que el oeste, un impreciso lugar imperceptible para los sentidos, pero sin el cual no habría realidad.
Ese otro lado no está disociado del mundo donde transcurren nuestras vidas. Su escisión nos abocaría a la nada. Shimamoto desaparece en su intersección, Izumi se consume de este lado y Hajime transita de un plano a otro, incapaz de reconocerse en el que es. Al final, sólo prevalece el deterioro del cuerpo, que avanza como una presencia silenciosa.
El Japón de Murakami está muy lejos del descrito por Ruth Benedict o del añorado por Mishima. Esta vez tampoco es el Japón suavemente inconformista de los 60, sino la sociedad de la corrupción política y los escándalos financieros que provocarían el cataclismo de los 90.
Las referencias de Murakami son Johnny Hodges, Liszt y Walt Disney. Maneja con una soltura extraordinaria la cultura popular, reivindicando su papel en la configuración de nuestra imagen del mundo.
Esa familiaridad con las formas de expresión más contemporáneas añade credibilidad a sus narraciones, imprimiéndoles un sesgo cinematográfico que en ocasiones recuerda los alardes estilísticos de David Lynch.
La desaparición de Shimamoto o el encuentro casual con Izumi reproducen la misma atmósfera que se respira en Mulholland Drive.
Ese halo de irrealidad no obstaculiza la intensidad física de los personajes, que se insertan en la historia mediante los cambios de sus cuerpos, afectados por el placer, las limitaciones físicas o el envejecimiento.
“Crónica del fracaso y la insatisfacción”, “Al sur de la frontera, al oeste del Sol” nos muestran que las emociones humanas resultan incomprensibles si prescindimos del misterio, el sueño y la muerte.