Nuevo Amanecer

Queremos tanto a Lolita


A un año de la partida
de Dolores Aguilar Díaz.

Erasmo Aguilar

No quiero hacer de este escrito una pieza literaria, sino poner en altorrelieve el perfil de una dama de la virtud.
En el cementerio, en el funeral de Lolita, el ingeniero Luis Portocarrero Argüello, dijo: “es concepto general que ustedes son una familia dulce”. En realidad el sólo nombre de Lolita, es suficiente para llenar de contenido esa expresión. Antes, el poeta Leonel Calderón había dicho: “nunca la oí levantarle la voz a nadie”. Y una señora que llegó a dar el pésame, entro a la casa diciendo: “la Lolita era un Ángel”.
Buena, amistosa, sencilla, tolerante, humilde, cariñosa. Su agresividad era una sonrisa. Caminó por el mundo de puntillas, para no hacerle daño a nadie, y su vida fue una entrega abnegada a sus hijos. Fue un ejemplo de paz y de concordia y si agredió a alguien fue dándole un abrazo.
El Divino Oftalmólogo adornó su cara con dos esmeraldas, para que viera el transcurrir de los días con el verde color de la esperanza. Con el hilo del verdadero cariño tejió la amistad, por eso los que la trataron la recuerdan y la quisieron de manera entrañable.
Como esas estrellas que se apagan y su luz nos sigue llegando años después, ella sigue entre nosotros con el calor de su presencia.
Te damos gracias Señor por habernos dado una madre como ella. Gracias Señor por habernos dado una hermana como ella.
De sus hijos y hermanos.