Nuevo Amanecer

Almodóvar: amo y señor del melodrama


a Antonio Pérez-Hernández

Almodóvar consciente o inconsciente de sí mismo, se mueve a sus anchas en el cuarto espacioso del melodrama, reuniendo en sí mismo las raíces del lacrimógeno maestro Verdi y las influencias definidas de sus compatriotas: Luis García Berlanga y Luis Buñuel; del inglés Ken Russell, del usamericano Nicholas Ray, y de sí mismo.
Con éste su décimo-séptimo film, juega a que juega a hacer cine dentro del cine y agrega además una filmación extra dentro del mismo film que se está realizando. Los abrazos rotos (2009), es la historia de una filmación de la cual se está haciendo un documental sobre la actriz principal, documental que tiene que ver con la trama misma.
Si el cine es en sí mismo una perversión del tiempo, el hacer cine sobre otra filmación, sobre otra, es la perversión temporal llevada al límite, y para que ese límite sea consecuente, el director mismo de la historia, es ciego y dual, es Mateo Blanco que se firma: Harry Caine (Lluís Homar) y que nos recuerda la Lista Negra de Hollywood.
Almodóvar hace gala de su conocimiento cinematográfico, de su historia y los principales films que la constituyen. El ciego director pide -oír- la voz de Jeanne Moreau, en Ascensor para el Cadalso (1958), de Louis Malle; su hijo busca entre las películas de su filmoteca, mientras nombra diferentes films clásicos.
Para remarcar su señorío, Don Pedro transforma a Penélope Cruz (Magdalena Rivero,
“Lena”) en diferentes actrices, cambiando su aspecto con pelucas de diferentes colores y formas. Desde la inocente Audrey Hepburn de Desayuno en Tiffany´s (1961), hasta la sensual Marilyn Monroe, de La comezón del séptimo año (1955).
La estructura es compleja, la narración está constituida por un laberinto de trozos, flashbacks que van reconstruyendo, como en un rompecabezas, poco a poco la historia de misterio, secretos y traición… como en un thriller, porque algo detectivesco contiene, como valor agregado, este film.
El suspenso creativo de una mente enferma, terriblemente enferma de cine. Un hijo de kronos-kino devorado por su propio padre en un acto de creación mágica, de reconstrucción continúa del séptimo arte.
El cineasta subraya esta enredadera estructural con el mosaico de fotos de la pareja, rotas, que ocupan toda la mesa y la pantalla en algún momento.
Este film es un producto refinado de su propia obra, en la cual tiene la audacia de repetirse a sí mismo, de regodearse con su propia obra y de hacer obvia su capacidad de volvernos a contar su mundo de una nueva manera, en cada film.
Y para muestra, la secuencia magistral en que las manos nerviosas del ciego director de cine, se mueven sobre la pantalla, tratando de capturar con las yemas de los dedos la visión imposible del último beso de amor filmado, el de su Lena antes de morir… en un acto eminentemente cinematográfico que viene a demostrar la teoría de la relatividad… el tiempo colapsado en el espacio de veinticuatro cuadros por segundo.