Nuevo Amanecer

ANÉCDOTA sobre un PULGUERO


En la Calzada, que es la calle que va a dar al lago en la ciudad de Granada, frente a mi casa, acomodándose en el espacio de una pieza de afuera, un día de tantos apareció en la calle un carretón lleno de cachivaches, cajas, costales, pequeños muebles, etc. que metieron a la pieza y en la tarde de ese día pude averiguar que estaban instalando allí “un pulguero”.
Dejé pasar unos días sin dejar de curiosear de largo el lugar, divertido desde el principio con toda esa clase de objetos curiosos que estaban poniendo a la venta.
Así fue que cuando tuve la oportunidad me acerqué al mentado “pulguero”, disimuladamente, con el pretexto de que iba a buscar algo que necesitaba; pero en realidad, mi curiosidad era de saber más de cerca sobre ese “pulguero”.
Llegué, pues, empezando por dar una vuelta simplemente viendo. Al dueño muy tranquilo lo hallé sentado en un sillón alto, a un lado de la pieza, leyendo un periódico.

-Buenos días -lo saludé.
Él sólo bajó el periódico y lo dejó sobre sus piernas.
- Pase… -me dijo- y volvió a seguir leyendo.
Me pareció poco amigable, pero más que todo me interesó su aspecto, con los anteojos montados sobre su nariz chiquita en su cara redonda, además de un bigotito canoso mal recortado.
Salí de allí después; pero me quedó la muina sobre el lugar.
Volví al otro día, informado ya que el hombre se llamaba Fanor y que le decían don Fanito.
Ese día que llegué, toqué la puerta antes de entrar y a don Fanito que salía de adentro, lo noté ahora con mejor ánimo del que tenía el día anterior.
- Entre… -me dijo- la otra vez se fue sin decirme nada.
-Es que venía sólo para ver -le dije-.
-Siéntese… -y me señaló una silla bajita-… pues como verá estoy comenzando con esto y… -se interrumpió-, aunque no parezca ser gran cosa..
-Bueno -le dije en seguida-, al fin y al cabo, un negocio es un negocio…
Don Fanito se quedó viéndome.
-Esto no es un negocio- me dijo
- … Bueno, pues ahí se verá de todas maneras…
-Hay muchas maneras, claro..
-Vea, don Fanito, la verdad es que uno se tiene que dedicar a algo... a lo que sea.
-… Pero es que la verdad es que cada vez debemos de tener algún motivo…
Yo me acomodé mejor en la silla y empecé a notar en don Fanito algo raro, por lo menos no le hallaba yo ningún sentido a la conversación que estábamos teniendo en ese momento.
-Ya me voy a ir -dije-… no me acordaba que tenía cita con el dentista -le dije eso para ver cómo me le zafaba-.
-Está bien -me dijo-; pero no deje de volver a verme. ¿Sí? -Sí… -le dije y me levanté.
Esa promesa se la cumplí y al día siguiente que era sábado y tenía un tiempo libre, me le aparecí como se lo había prometido.

Don Fanito me recibió muy amable y alargando su mano me señaló la misma silla bajita adonde me había sentado el otro día.
-¿No le gustaría dar su vueltecita adentro, que tal vez haya algo que quiera llevar…?
-Sí… -le dije.
Él se hizo a un lado buscando el lugar del sillón adonde lo hallé sentado cuando entré y desde allá me estaba siguiendo con la vista.
Yo me anduve por ahí dando mi vuelta y sin mayor interés cogí un jarro mediano enlosado, levantándolo.
Don Fanito se inclinó en su sillón y levantando una mano me dijo, hablándome desde donde estaba.
-Como le dije antes: todo tiene su motivo, ese mismo jarro que tiene en sus manos, como los otros objetos… -Sí, claro es natural.
-...pues para decírselo más claro -me dijo-, hasta pudiera ser interesante conocer las historias de estos objetos..
-Sí; eso sería interesante, aunque me parece difícil
-Veamos, pues; para empezar… ¿cuál sería la historia de ese jarro…? ¿Quiere que se la cuente…?
- Sí... me gustaría...
Don Fanito se levantó del asiento, se me acercó y tomando en sus manos el jarro que yo tenía, empezó:
-Este jarro así como lo ve me lo trajo un muchacho de por aquí. Se llama Julio, que después supe era de una tía suya que él se lo trajo. La vieja ésta, una tal doña Modestita, un poco rara la mujer, así como deschavetada que era, que le agarró que no volvió a beber agua porque le hacía falta su jarro preferido. Tres días pasó con sed la vieja; entonces yo llamé a Julio y le entregué el jarro para que se lo devolviera a su tía; pero como son las cosas… en esa misma tarde la tal doña Modestita me mandó de vuelta el jarro, con la razón de que ya había conseguido otro… y que ya podía beber agua tranquila… ¿Se fija Usted?-
Yo moví la cabeza y le agregué: -Sí, tiene usted razón: así son las cosas.
Don Fanito se volvió a su asiento. Aburrido, pero sin querer aparecer como brusco, me volví aparentando que buscaba algo más ahí entre el tal “pulguero”; y no fue de balde, porque hallé una cajita de madera que en su interior estaba un rollo de naipes y encima, una carta boca arriba. Esa carta era una “Q” de corazones, con unas letras escritas sobre uno de los lados que podía leerse bien claro, y decía: un besito.
Eso sí llamó mucho mi atención y en seguida le pedí a don Fanito que me contara su historia.
Ceremoniosamente don Fanito me empezó a contar que hacía tiempo en casa de un familiar suyo, marido de su prima, tenían algunos sábados una mesa de “juego de naipes”, mesa de póker, atendiéndose a los jugadores que arreglaban sus citas con anterioridad.
Esa noche jugaban una pareja muy conocida en el vecindario, don Anselmo Ríos y el otro que era Camilo Larios, que siempre se hacía acompañar de sus mujeres, Clotilde, una de ellas, era mujer muy hermosa y mucho más joven que Camilo.
Bueno, el asunto -siguió contándome don Fanito- era que ese partido de póker no fue chiche que se diga, hasta el punto que Camilo ya iba perdiendo todo el dinero que andaba y, entonces, se dio el momento cuando la carta que le llegó después de pedir, vio que no le ligaba y, tal vez queriendo jugar chamarra, pidió a Anselmo Ríos que se descubriera; pero Anselmo naturalmente le reclamó que pagara primero la apuesta de la mesa; pero la vaina era que a Camilo ya no le quedaba nada y le propuso a Anselmo que aceptara un besito de su mujer Clotilde como si fuera efectivo para cubrir la apuesta.

La Clotilde no se inmutó siquiera cuando oyó esa extraña propuesta de su marido; allí mismo se quedó sin moverse, como impávida. En cambio, Anselmo con mucho respeto le respondió a Camilo que no aceptaba esa propuesta. Camilo con todo y todo, lo que hizo en seguida, fue que escribió sobre una de sus cartas descubiertas, la “Q” de corazones, ese rotulito de “un besito”, y se lo pasó a Anselmo.
Anselmo de nuevo se lo rechazó; entonces, el muchacho que era el que servía las cervezas y los tragos de ron, cuando así lo pedían los jugadores; ese mismo muchacho, inesperadamente preguntó:

-¿Se pudiera saber cuánto es lo que se tiene que pagar…?
Anselmo le dijo que eran C$ 270 Córdobas..

-Aquí están… -dijo el muchacho y puso el dinero sobre la mesa.

Después resueltamente se le acercó a la Clotilde y la besó apasionadamente en la boca. La mujer recibió ese beso simplemente.

Camilo entonces revisó con toda naturalidad como si nada hubiera ocurrido, las cartas y constató él mismo que el juego lo tenía perdido. Se levantó de la mesa y tomando de la mano a su mujer salió.

Lo cierto era -me dijo en seguida don Fanito, con una sonrisa maliciosa- que la Clotilde, desde antes, se entendía amorosamente con el muchacho ese que ahora había pagado decidido la cuenta del juego de póker que su marido tenía perdido… con un besito.

Yo tenía la cajita todavía en mis manos, revisando con más interés ese escrito curioso sobre la carta del naipe en la carta de la letra “Q” de corazones, cuando don Fanito se me acercó y riéndose me dijo:

- Ese muchacho -me dijo don Fanito riéndose- es el mismo que pagó ese día, como se dice en el cuento, el juego de póker con un ¨besito¨… ¡ese muchacho pues, para que lo sepa, es este mismo Fanito que está hablando con usted ahorita!.

Managua 20/abril/2010