Nuevo Amanecer

¡Qué vaina, carajo!


¡Qué vaina ésta, Guayó, tener que escribirte con manos sudorosas de emociones contenidas! Para qué te voy a mentir, hermano, siento un cuchillo que parece cortarme a pedacitos el corazón. ¡Qué vaina tu partida, carajo! Aunque también todo esto tiene un lado positivo, y es que ahora vamos a meditar con más cuidado lo que hacías celoso de que tu mano izquierda jamás supiera lo que hacía la derecha. ¡Humilde de solemnidad, no fregués!
Una vez me escribiste que la única religión que no podías respetar era la resignación de los mediocres, la claudicación de quienes jamás fueron niños porque se afrentaron de la ternura y de aquellas bondades que acostumbran soñar despiertas, y luego sin tapujos desnudabas tu vocación: “Por eso ando metido en la aventura de Libros para Niños, despertando cipotes, motivándolos, ilusionándolos y alborotando fantasías, la opción más pura de ser libres”.
Como si fuera hoy, tengo presente la memorable ceremonia de lanzamiento de las divertidas “Noches Arrechas” de la María López Vijil, en el Parque Japonés, con un mar de chavalitos alzados en celebración, cuando alguien se acercó preguntándote por qué “en vez de enredarte con esos libros infantiles no te dedicabas a hacer cosas más serias”, y vos con una pavorosa carcajada te burlaste en su cara poniéndote una máscara horrible y le dijiste ¡Uhhhhh! Hasta entonces el susodicho comprendió lo triste, aburrido y calamitoso de su seriedad.
Para qué te voy a mentir, Eduardo Báez, se acabó mi pacto de amistad comprometido con vos a no divulgar tu modestia y las millones de cosas que hacías en perfecto silencio franciscano. Hasta aquí llegué, mi brother, que lo sepa tu familia, tu barrio y tu país. Nicaragua tiene derecho a conocer los secretos de tu apostolado. Siento mucho, Guayo querido, toditos tus amigos nos encargaremos de contar --como si fuera una gigantesca conspiración de nunca acabar-- lo que sabemos de vos. La consigna es: ¡A conocer se ha dicho tu verdadero cuento infantil!
Nos vidrios, camarada.