Nuevo Amanecer

Por qué estoy llorando


A unos días de que Eduardo Báez, mi amigo y cómplice de tantas iniciativas, proyectos, locuras, ideas, se fuera, sigo llorando.
Lloro porque siento irremplazable esa complicidad, que me permitió una vez y otra vez, poder escribir para los niños y las niñas de Nicaragua, meterme de a poquito y más y más en ese mundo de la literatura infantil en que él vivía y reinaba. Lloro porque Nivio, mi hermano, el ilustrador genial de todos esos cuentos, llegará a Nicaragua cuando él ya no estará para recibirlo. Y lloro porque tenemos dos libros de cuentos en la boca del horno y Eduardo ya no los verá nacer.
Lloro porque muchos niños chiquitos y grandes, muchísimas niñas en toda Nicaragua, echarán de menos la vitalidad, el cariño y la alegría con las que Eduardo llegaba a sus Rincones de Cuentos para leerles, para verlos leer, para hacerlos reír. Y se quedarán esperándolo.
Lloro, más que todo, por Nicaragua. Porque se fue cuando más necesitamos gente como él. Tan franca, tan apasionada. Todas sus apuestas son urgentes en este momento para cambiar nuestro país: su visión de largo plazo, su cercanía a los niños y a las niñas, su opción por los niños y niñas pobres del mundo rural, los de la Nicaragua más empobrecida, su amor por la lectura como herramienta para la transformación de las personas, su adicción a los libros y su loca y verdadera convicción de que soñando con los libros cambiaremos el mundo, esos ojos suyos, tan transparentes, que miraban con luz larga.