Nuevo Amanecer

EL DESPERTAR


“Contemplad, madres, el libre vuelo de vuestro ser”
(CMR, La insurrección solitaria)

Si todo lo enseña un día es probable
que en cada vuelta (con su noche completa)
se encuentre –igual que con el cero– la ruta
circular y el camino al punto inexistente –casi–
de las veinticuatro horas. Es posible que el rumor
persistente con que escriben su signo solitario
las olas en la arena lleve también a la orilla el mismo
mensaje lejano y primitivo. Y que la letra de un tango
o de un clásico del bolero adivine, en su momento,
cuándo palpita un corazón apasionado
y lo qué hemos de hablar claro un día.

Pero no basta el texto sapiencial,
tampoco es suficiente el conjuro que sale
en un susurro. Porque una frase genial, cualquiera
la dice, y hasta sin darse uno cuenta se dice. Pero
oírla genial (como se califica en poesía la cosa),
eso si es muy difícil –aunque parezca sencillo
y únicamente se trate, como dice Fulcanelli,
de reflexionar y poder seguir siendo simples
en el razonamiento.

Así aprende a contar el rapsoda su historia lejana,
al menos, a partir de un sueño remoto de expulsión,
en la novena luna, y de un despertar horrendo
en la caída al sitio donde esperan urgentes unas voces
afuera, alrededor de unos quejidos, en el espanto
de ser dado a la Luz, sin mácula alguna
de protección y sin fosas nasales
capaces de tragar de golpe y a borbollones
el soplo de un mundo nuevo.

La agonía en la entrada duró la misma eternidad
que el manoteo inútil y el alarido sin freno
por el regreso. Y sólo cuando las lágrimas
recién nacidas humedecieron
el sombreado pezón henchido fue que pudo al fin
el crío descansar de su primera gran sed de sacrificio
y cabecear exhausto –ya en el regazo–
su sueño confiado.
Alvaro Rivas Gómez