Nuevo Amanecer

Dos cuentos de Manuel Martínez

El poeta y narrador Manuel Martínez está cumpliendo 55 años de vida y arriba también a sus 33 años de ejercicio literario, durante los que ha publicado cuatro libros de poesía, dos novelas, dos colecciones de cuentos, un volumen de crónicas y un libro de ensayos. “Los Cachambas” y “La Promesa” son dos cuentos inéditos de Martínez, y forman parte de una nueva colección de relatos en preparación, así como también está por publicar un nuevo libro de poesía

Los Cachambas

“Soy el único lacra de los Cachambas que quedó vivo. Soy el último. Y casi estoy seguro de que no tengo otra suerte. Estoy perdido. Tan perdido como lo estuvo toda la pipol o la pelota, como se diga, desde que nos metimos en esos berenjenales de la droga. Y así como se juntó el grupo, así fue desgranándose, uno por uno. La verdad es que éramos un montón de parásitos que nos juntábamos por la noche en la esquina donde la Marta Gorda, la Martona como le decíamos entonces. Allí sumidos en la penumbra de la calle: El Cumiche, Checho, Güicho, La Chimila, el Gusano y yo: un atajo de marigüaneros, guarusas, pirucos: tapineábamos de lo lindo, guaro, mariguana, nos ñateábamos si caía un poco de polvo de ángel, a veces nos quemábamos con floripón o con cristal, y si no con pega de zapato. Nos poníamos locos, con los cables pelados, arriba de los palos.
“Era asunto de oficio o del vicio, día y noche, bolos o drogados, veíamos en lo oscuro una claridad que se iluminaba desde dentro de los ojos, como una mirada en multicolor, transfigurados en ángeles de la noche. Locos de remate sentíamos que las horas se habían detenido, y todo era luz negra en los alrededores iluminados con una especie de sombra inerte, que se abría y se cerraba en la calle o en el callejón del barrio, instalados como todas las noches del mundo en la esquina de donde la Martona, y amanecíamos quemados. Entonces la luz resplandeciente de la mañana nos cegaba, y nos dejaba sin sitio donde estar, quedábamos a la intemperie, como desnudos. Y deseábamos como locos que se hiciera de noche, hasta que llegó el día en que día y noche era lo mismo siempre: iluminados, transfigurados y en la oscuridad, y sufriendo la quemazón de la tapineadera, la perra goma, el martirio de la luz del amanecer que nos hacía huir de la esquina y buscar en donde escondernos, hasta que se hiciera de noche.
“Éramos los dueños de esa esquina, que está a la entrada del callejón sin luces del barrio. Poseíamos ese rincón escondido, sucio, inmundo, donde nadie quería pasar porque tenían miedo de que les robáramos. Y es cierto que Güicho y Checho en ocasiones robaban, pero después se hicieron ratas, ladrones de poca monta, pero la gente ve un peligro y, a la larga o a la corta, más de alguno te mata por nada. No sé por qué le cuento esto de Los Cachambas, será quizás porque usted los conoció casi a todos. Menos al Gusano, y con todos era tuani, buena onda. No andaba de fijado ni distinguiendo si éramos nadie, lo peor. Lacras nos decían los demás que frecuentan el bar de la Martona, por desprecio. A veces, uno escucha ofensas como esas, y uno piensa que es cierto, pero duele, mientras más verdadero es lo que oímos que decían de nosotros, más apenados y destruidos íbamos por la calle, porque el día era como la muerte.
“Sólo vivíamos como seres humanos de noche, y en las sombras ya no éramos lacras ni ratas, sino ángeles nocturnos, fundidos y alocados, adueñados de la esquina, en donde veíamos pasar a la Martona con su hombre, veíamos pasar apurados y temerosos a los picados decentes, a la barriada, y todos nos temían. Y si te temen, un día de tantos más de alguno te mata. Y eso fue lo que pasó con Guicho y Checho. Los balearon robándose un celular, una minucia, en una calle del Jorge Dimitrov. Nadie pidió sus cadáveres. Nosotros los velamos aquí en la esquina. Estaban como dormidos, pero en verdad estaban muertos, y La Chimila, el Cumiche y el Gusano y yo, rezamos por sus almas y bebimos güaro y fumamos toda la noche.
“La Chimila era piedrero empedernido y le gustaban los hombres. Era asiduo a las fiestas patronales de Masaya y de Diriamba, porque es fama que en esas fiestas abundan las mariposas y los travesti. En enero bailó todo el día en la fiesta de San Sebastián, disfrazado de indita y de vieja chimbarona. Andaba con su novio, ¿pero para qué hacerse de un novio, si a ella se le iban los ojos con cualquiera que le gustara? Y se quedaron en el bacanal del Parque Central que duró hasta el amanecer. Parece que tuvo un altercado con el novio, y la Chimila quemada con sus porros, se le perdió por las palmeras o por entre los chilamates del quiosco, Jacinto rastreó a la Chimila y la encontró con otro hombre, y no supo cómo controlar su ira, los celos lo perturbaron, y el otro se corrió, pero la Chimila, dicen que lo encaró como un hombre, y lo mandó a la mierda. Pero Jacinto, perdido por la cólera, pudo más y lo ahorcó. Su cuerpo amaneció tirado en la acera del parque frente a la iglesia.
“Y mire, usted tuvo la gentileza de invitarme. Nosotros dos sentados en este bar. Y con usted nadie se fija en mí, no reparan en quién soy. Pero si entrara solo o se me ocurriera sentarme en una mesa, solo, no pasaría ni un minuto y me corren como a un perro sarnoso. Esos muchachos que mira allí, en la mesa del fondo, son emos, aquellos, punkeros, y esos otros de allá, rockeros, todos ellos buena onda: se beben sus cervezas, tapinean y fuman, pero no son dañinos, como los pendejos chismosos de la cantina esa de enfrente: La miel de los pajaritos, que es un tugurio lleno de tufosos y engreídos.
“Pero nadie es mejor que otro. Esos majes vienen aquí a matarse con sus bates y los tragos de guaro lija, a mezclar el menjunje con lo que consiguen pidiendo, robando, agarrando lo que encuentran donde esté mal puesto. Se funden hasta ponerse locos. No como esos niños bien, amanerados de los emos y los punkeritos, con sus mates de gente distinta, porque ni ellos saben bien lo que son, aunque disimulen y quieren hacer creer a los demás que se las dan, pero eso es todo.
“Tampoco ellos no son nada. Todo es bluff. Pero los muchachos son tranquilos, greñudos, de pelo largo, con sus moñas o de cola de caballo, pero no hay para qué meterse con ellos, que se pasan la tarde idos con sus rolas locas. Las suenan en la roconola de la Martona a cada rato, y la repiten y la repiten hasta rayar el disco. Así era Rufo también, pero Rufo desapareció. Nunca más lo volvimos a mirar por el barrio, ni en la cantina de la Martona, tampoco, que era como su santuario. Pero nosotros fuimos cayendo hasta convertirnos en batos balurdes, lumpen huelepega, craqueros, gente perdida, hundidos en la perdición del demonio, con los cables en cortocircuito permanente.
“¿Usted me pregunta, de qué murió El Cumiche? Fue el penúltimo. Antes, unos vagos pandilleros de Los come muertos vapulearon al Gusano, lo acuchillaron de pura onda y lo dejaron mal muerto tirado en una acera, hasta que se desangró. Al Cumiche no lo mató nadie, se mató solo de tanta droga. Huelía pega y tapineaba seguido. Un infarto dicen. En fin, cuando uno se muere da lo mismo, lo que importa es que ya dejó de sufrir esta calamidad de vida que llevaba, que llevábamos todos Los Cachambas.

La promesa
Manuel Martínez

“Él me prometió casarse conmigo, y sentí la verdad en sus palabras. Me dijo que me amaba, y con palabras suaves me explicó que en este país no había ninguna esperanza, que el único futuro promisorio para ambos era irse al extranjero, a Estados Unidos. Emigrar como tantos. Él ya había perdido la esperanza. Difícil sí, era poder reunir el dinero para viajar los dos a la vez. El trayecto de los ilegales estaba plagado de peligro, de riesgos, hasta de morir en el intento. En cambio, si acaso él se marchaba solo, de primero, y estando ya él allá, cuando ya hubiera reunido dinero suficiente, mandaría a llevarme para estar juntos de nuevo y casarnos. Lo difícil era reunir más de dos mil dólares. Ni trabajando diez años podría ahorrar tanto, dijo. Tal vez si ella prestaba en la tienda, a sus patronos o donde la Tina, la prestamista, si empeñaba la cadena y el brazalete, el anillo, tal vez así reunirían la cantidad necesaria”.
Era una mujer joven, alta y delgada, de una delgadez con quiebres pronunciados y firmes, llevaba el pelo negro liso echado hacia atrás. Miró al hombre a los ojos, y continuó:
“Teníamos casi dos años de andar juntos, y vendí mis prendas. Le presté a la Tina y a doña Mercedes, la dueña de la tienda. Reuní una parte del dinero. Él dijo que había conseguido el resto. Pero me rehusé a entregárselo si bien antes no se casaba conmigo, al menos por lo civil. Fue algo triste. En el juzgado el juez leyó el acta, hizo la juramentación y nos declaró marido y mujer. Días antes yo había alquilado una pieza en la Pensión Rodríguez, sencilla, con puerta a la calle y baño adentro, y esa noche fue la despedida en ese cuartito. Madrugó, y se despidió como si nunca se marcharía de mi lado. Me dio un beso en la mejilla. No quise levantarme para no ponerme más triste todavía. Era mejor que él tomara el autobús expreso de la cinco de la mañana, y casi a oscuras salió y sólo vi su silueta recortada en el entorno de la puerta. Cuando cerró, una sensación extraña de soledad empezó a crecer, tal vez sin razón. Él cruzaría las fronteras de Centro de América sin problemas, pero desde la frontera con México correría el peligro de los ilegales. Y por esos malos pensamientos, ya no pude conciliar el sueño. Tenía que trabajar, tenía que pagar las deudas. La esperanza era que con lo que él mandara, una vez establecido allá, todo sería más fácil.
“Una tarde me llamó de México, estaba en la frontera. No quería escuchar semejante martirio que el pobre estaba pasando, hospedado en una pensión barata, tenía miedo de la Migra gringa, dijo, pero además desconfiaba de los coyotes. Si se pasaba mojado y lo capturaban, lo deportarían. Mejor estaría de regreso pronto, fracasado, pero vivo, porque de oídas y por las noticias en la radio se supo que algunos coyotes, la noche anterior, mataron a sus mojados en el borde fronterizo, por robarles el dinero y las pertenencias que llevaban. Como eran extranjeros, indocumentados, nadie se interesaría por sus muertes. Sufrí horrores por su miedo, oré por él y rogué que ojalá llegara sano y salvo o que se regresara, y le hice una promesa a San Jerónimo. Bailaría con devoción todos los domingos en la fiesta patronal de Masaya, que es bastante, porque dura casi tres meses.
El hombre la escuchaba atento, por la gracia de su ingenuidad y sus encantos. Hablaba con una voz suave, en arrullos, con pasión pero sin exaltarse, aunque a veces se le quebraba o se entrecortaba la voz. Y agregó:

“Recibí otro mensaje suyo. Llegó el mensajero de la oficina de teléfonos diciendo que él llamaría sin falta ese sábado entre las siete y las ocho de la noche. Ansiosa esperé desde antes de las siete, sentada en una de las dos sillas plásticas, blancas, incómoda. Cuando una mujer espera una llamada de afuera, de su hombre, la ansiedad es peor. El reloj de la pared del fondo, color celeste tierno, marcaba insistente cada segundo, cada minuto. Impaciente miraba el reloj y sentía escalofrío, mareo, de repente tenía afiebrado el cuerpo. Se hacían casi las ocho de la noche y la telefonista de turno, Casilda, se llama, una mujer vieja, con surcos y arrugas en la frente y debajo de los ojos, preguntó por mí. Alcé la mano y corrí a la cabina número dos. La voz de él me sosegó por un rato. Hablaba pausado, con calma. Estaba al otro lado de la frontera y a salvo. Un conocido suyo lo había recomendado. Al rato dijo algo que me asustó:
- Cuidado te vas a meter con otro hombre.
- Ni quiera Dios-, le respondí. Yo estaré aquí esperando tus llamadas siempre.
- Cuidado faltás cuando te llame entonces.
- Jamás, nunca lo haría-.
- Bueno, pues, mirá lo que te digo- Tengo gente que me informa todo lo que vos hacés allá.
No sé por qué me atemorizaron sus dudas.
-Ansío irme y estar con vos- , le dije. Se tranquilizó, y dijo que pronto volvería a llamarme, y que estuviera pendiente de él.

“A partir de entonces, con cada llamada insistía en su obsesión:
Cuidado te vas a meter con otro hombre-.
Yo le juraba que era imposible, quería irme y estar a su lado. Él se calmaba y se despedía con la promesa de que pronto estaríamos juntos. Pero una noche cambió. Se molestó porque yo supuse que si ya trabajaba, bien podía enviar una parte del dinero que debíamos, una remesa, como le dicen. Me contestó de mal modo, mandaría cuando él pudiera, si le era posible. Le pregunté qué quería decir, pero en vez de responder insistió:
Cuidado te vas a meter con otro hombre.
Me causó gracia su insistencia y me puse a reír.
- Me doy cuenta de todo lo que hacés, conozco tus pasos porque me mantengo informado, y si llegás a hacerlo ese día te mato-, insistió.
Muda y pálida no supe qué decir y colgué el teléfono. Sentí miedo y pasé la noche entera gimiendo, acongojada por sus celos infundados. Amanecí con los ojos irritados y no fui a la tienda porque me sentía enferma”.
“Apenas podía pagar los intereses del préstamo con mi sueldo. Doña Mercedes me reclamó el pago de la deuda, y le supliqué que me esperara otros seis meses, mientras recibía el giro bancario o la remesa prometida. Doña Mercedes se mostró generosa y me dijo que le podía cancelar cuando yo pudiera, siempre que le pagara los intereses mensuales. A ese paso estaría atada de por vida con aquel trabajo, y afectada por la presión llamé a Estados Unidos al número que él me había dado. Ya no existía o nunca había existido. Desesperada salí a encerrarme al cuarto y lloré desconsolada. Pero me repuse, y pensé que debía esperar su llamada y conocer con exactitud su paradero, la verdad.
“El sábado pasado llamó a eso de las ocho de la noche. Me armé de paciencia. De entrada me amenazó otra vez:
Ya me di cuenta que andás con otro hombre, ahora en cuanto llegue quien te mata soy yo, porque vos sos sólo mía.
Pues podés venirte ya, porque en Estados Unidos no estás. El número que me diste es falso. Y lo que te conviene es pagar los reales que te presté. Estoy enjaranada y ya no soporto los cobros.
Se asustó, pero se repuso de la sorpresa, y dijo:
Es cierto. No quise preocuparte, pero de México preferí emigrar a Costa Rica, y de San José es que te estoy llamando. A fin de año llego y te juro que te devuelvo tu dinero, para que pagués la deuda-. Y colgó.

“Pasaron los días y no llamó. Creí que lo había echado todo a perder, que no debí reclamarle. Y me angustió pensar que ya no volvería a verlo. Pero me inquietó aún más pensar que no tenía con qué pagar la deuda. Había perdido mis prendas. Menos mal que Doña Mercedes era generosa, pero la deuda era como un yugo. Esperé que días antes de Navidad me llamara de nuevo, fue en vano. Y mi ansiedad empezó a devorarme por dentro. Nadie sabe lo triste que es sentirse impotente, flaquear ante la desgracia. Y me sentí abrumada al darme cuenta que él ya no regresaría. Entonces la alegría de las fiestas de fin de año desapareció.
Ella se levantó, despacio, con toda la parsimonia que le era posible, se puso su ropa íntima, en seguida se puso una blusa de seda negra, se sentó en la cama, y como una malabarista metió sus piernas largas y torneadas dentro de las mangas de un jeans, y se arregló el pelo largo, frente al espejo del baño, prensándolo con una cola. Es hermosa, pensó el hombre.
¿Todavía seguís esperándolo?-, le preguntó el hombre.
- Si-, dijo ella, todavía lo espero. Quizá algún día regrese. Es duro para una mujer estar sola, pero ¿qué le voy a hacer? A veces cuesta mucho que los hombres cumplan su promesa.
- Quizá podamos volver a vernos-, dijo él.
- No lo sé. Tengo miedo que él regrese, y se entere. Un hombre celoso es capaz de matar.

“Soy el único lacra de los Cachambas que quedó vivo. Soy el último. Y casi estoy seguro de que no tengo otra suerte. Estoy perdido. Tan perdido como lo estuvo toda la pipol o la pelota, como se diga, desde que nos metimos en esos berenjenales de la droga. Y así como se juntó el grupo, así fue desgranándose, uno por uno. La verdad, es que éramos un montón de parásitos que nos juntábamos por la noche en la esquina donde la Marta Gorda, la Martona como le decíamos entonces. Allí sumidos en la penumbra de la calle: El Cumiche, Checho, Güicho, La Chimila, el Gusano y yo: un atajo de marigüaneros, guarusas, pirucos: tapiteábamos de lo lindo, guaro, mariguana, nos ñateábamos si caía un poco de polvo de ángel, a veces nos quemábamos con floripón o con cristal, y si no con pega de zapato. Nos poníamos locos, con los cables pelados, arriba de los palos.

“Era asunto de oficio o del vicio, día y noche, bolos o drogados, veíamos en lo oscuro una claridad que se iluminaba desde dentro de los ojos, como una mirada en multicolor, transfigurados en ángeles de la noche. Locos de remate sentíamos que las horas se habían detenido, y todo era luz negra en los alrededores iluminados con una especie de sombra inerte, que se abría y se cerraba en la calle o en el callejón del barrio, instalados como todas las noches del mundo en la esquina de donde la Martona, y amanecíamos quemados. Entonces la luz resplandeciente de la mañana nos cegaba, y nos dejaba sin sitio donde estar, quedábamos a la intemperie, como desnudos. Y deseábamos como locos que se hiciera de noche, hasta que llegó el día en que día y noche era lo mismo siempre: iluminados, transfigurados y en la oscuridad, y sufriendo la quemazón de la tapineadera, la perra goma, el martirio de la luz del amanecer que nos hacía huir de la esquina y buscar en donde escondernos, hasta que se hiciera de noche.

“Éramos los dueños de esa esquina, que está a la entrada del callejón sin luces del barrio. Poseíamos ese rincón escondido, sucio, inmundo, donde nadie quería pasar porque tenían miedo de que les robáramos. Y es cierto que Güicho y Checho en ocasiones robaban, pero después se hicieron ratas, ladrones de poca monta, pero la gente ve un peligro y, a la larga o a la corta, más de alguno te mata por nada. No sé por qué le cuento esto de Los Cachambas, será quizás porque usted los conoció casi a todos. Menos al Gusano, y con todos era tuani, buena onda. No andaba de fijado ni distinguiendo si éramos nadie, lo peor. Lacras nos decían los demás que frecuentan el bar de la Martona, por desprecio. A veces, uno escucha ofensas como esas, y uno piensa que es cierto, pero duele, mientras más verdadero es lo que oímos que decían de nosotros, más apenados y destruidos íbamos por la calle, porque el día era como la muerte.

“Sólo vivíamos como seres humanos de noche, y en las sombras ya no éramos lacras ni ratas, sino ángeles nocturnos, fundidos y alocados, adueñados de la esquina, en donde veíamos pasar a la Martona con su hombre, veíamos pasar apurados y temerosos a los picados decentes, a la barriada, y todos nos temían. Y si te temen, un día de tantos más de alguno te mata. Y eso fue lo que pasó con Guicho y Checho. Los balearon robándose un celular, una minucia, en una calle del Jorge Dimitrov. Nadie pidió sus cadáveres. Nosotros los velamos aquí en la esquina. Estaban como dormidos, pero en verdad estaban muertos, y La Chimila, el Cumiche y el Gusano y yo, rezamos por sus almas y bebimos güaro y fumamos toda la noche.

“La Chimila era piedrero empedernido y le gustaban los hombres. Era asiduo a las fiestas patronales de Masaya y de Diriamba, porque es fama que en esas fiestas abundan las mariposas y los travesti. En enero bailó todo el día en la fiesta de San Sebastián, disfrazado de indita y de vieja chimbarona. Andaba con su novio, ¿pero para qué hacerse de un novio, si a ella se le iban los ojos con cualquiera que le gustara? Y se quedaron en el bacanal del Parque Central que duró hasta el amanecer. Parece que tuvo un altercado con el novio, y la Chimila quemada con sus porros, se le perdió por las palmeras o por entre los chilamates del quiosco, Jacinto rastreó a la Chimila y la encontró con otro hombre, y no supo cómo controlar su ira, los celos lo perturbaron, y el otro se corrió, pero la Chimila, dicen que lo encaró como un hombre, y lo mandó a la mierda. Pero Jacinto, perdido por la cólera, pudo más y lo ahorcó. Su cuerpo amaneció tirado en la acera del parque frente a la iglesia.

“Y mire, usted tuvo la gentileza de invitarme. Nosotros dos sentados en este bar. Y con usted nadie se fija en mí, no reparan en quién soy. Pero si entrara solo o se me ocurriera sentarme en una mesa, solo, no pasaría ni un minuto y me corren como a un perro sarnoso. Esos muchachos que mira allí, en la mesa del fondo, son emos, aquellos, punkeros, y esos otros de allá, rockeros, todos ellos buena onda: se beben sus cervezas, tapinean y fuman, pero no son dañinos, como los pendejos chismosos de la cantina esa de enfrente: La miel de los pajaritos, que es un tugurio lleno de tufosos y engreídos.

“Pero nadie es mejor que otro. Esos majes vienen aquí a matarse con sus bates y los tragos de guaro lija, a mezclar el menjunje con lo que consiguen pidiendo, robando, agarrando lo que encuentran donde esté mal puesto. Se funden hasta ponerse locos. No como esos niños bien, amanerados de los emos y los punkeritos, con sus mates de gente distinta, porque ni ellos saben bien lo que son, aunque disimulen y quieren hacer creer a los demás que se las dan, pero eso es todo.

“Tampoco ellos no son nada. Todo es bluff. Pero los muchachos son tranquilos, greñudos, de pelo largo, con sus moñas o de cola de caballo, pero no hay para qué meterse con ellos, que se pasan la tarde idos con sus rolas locas. Las suenan en la roconola de la Martona a cada rato, y la repiten y la repiten hasta rayar el disco. Así era Rufo también, pero Rufo desapareció. Nunca más lo volvimos a mirar por el barrio, ni en la cantina de la Martona, tampoco, que era como su santuario. Pero nosotros fuimos cayendo hasta convertirnos en batos balurdes, lumpen huelepega, craqueros, gente perdida, hundidos en la perdición del demonio, con los cables en cortocircuito permanente.

“¿Usted me pregunta, de qué murió El Cumiche? Fue el penúltimo. Antes, unos vagos pandilleros de Los come muertos vapulearon al Gusano, lo acuchillaron de pura onda y lo dejaron mal muerto tirado en una acera, hasta que se desangró. Al Cumiche no lo mató nadie, se mató solo de tanta droga. Huelía pega y tapineaba seguido. Un infarto dicen. En fin, cuando uno se muere da lo mismo, lo que importa es que ya dejó de sufrir esta calamidad de vida que llevaba, que llevábamos todos Los Cachambas.