Nuevo Amanecer

Homenaje al poeta Zepeda-Henríquez en sus 80 años


Para mí es un gran honor y una gran satisfacción participar en este homenaje de DEVELIZACION DE LA CABEZA DE BRONCE de mi querido y admirado maestro y amigo, Eduardo Zepeda-Henríquez, obra del escultor toledano Francisco Aparicio; este homenaje, como sabemos, coincide con el cumplimiento de sus ochenta años, coronados por una obra de alta y reconocida relevancia en la literatura nicaragüense y de mucha significación en las literaturas de los países de ambas orillas del Atlántico. Prueba de ello son los innumerables reconocimientos y elogios de críticos, de investigadores y estudiosos de su obra, como Claire Pailler, catedrática emérita de la Universidad de Toulousse, de Pío E. Serrano, distinguido poeta, y de los nicaragüenses Pablo Antonio Cuadra, Jorge Eduardo Arellano, Álvaro Urtecho y Julio Valle Castillo, Miembros de la Academia Nicaragüense de la Lengua.
Y no está de más recordar aquí los incontables nombramientos, condecoraciones y distinciones que a lo largo de su vida ha merecido nuestro ilustre personaje de parte de gobiernos, ciudades, instituciones universitarias, públicas y privadas; y así sabemos que es Miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua y que es el único nicaragüense nombrado miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia, España; que fue catedrático de la Universidad Centroamericana y de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, donde tuve el privilegio de ser su alumno en las asignaturas de Estilística e Historia de la Literatura Española; que ostenta en poesía el Premio Nacional “Rubén Darío” de Nicaragua (1951), el Premio Internacional “Juan Boscán” de Barcelona (1962) y el Premio Internacional “Ángaro” de Sevilla (1987); que es Comendador de la Orden Rubén Darío en Nicaragua y Comendador de la Orden Isabel la Católica en España; lo mismo que es Hijo Predilecto de Granada, Nicaragua, su ciudad natal, Huésped de Honor de la ciudad de Quito, Ecuador, Medalla de Oro de la ciudad de Chinandega, Nicaragua, entre otras altas y meritorias distinciones.
Mi propósito en esta gratísima ocasión es realizar una breve, brevísima, incursión en uno de los temas recurrentes de su obra creadora. Me refiero a su concepción del poeta y de la poesía. Ya Pío Serrano había reconocido en la obra del maestro Zepeda Henríquez, ubicándola en el contexto de la poesía hispanoamericana de su tiempo, la existencia de una “poética propia, auténtica, entre pares de alta resonancia.” En efecto, como señala el poeta Serrano, Zepeda-Henríquez elabora, a lo largo de sus innumerables escritos, una reflexión sostenida en torno a la esencia última de la poesía, y muy en especial… en torno a su propia poética. En el poema “Portal del canto” nuestro querido escritor concibe, en comunión con clásicos y románticos, la vocación del poeta como un destino singular, prefigurado, predestinado más bien, y anunciado ya desde antes de su nacimiento. Así dice: La imagino /desde el principio / al fondo de mi vida / y en el vuelo ajustado de los astros.
Esto no quiere decir, por supuesto, que la fidelidad a la vocación literaria, concebida como ese don misterioso caído de los cielos, sea un producto espontáneo, que se cristaliza sin el menor esfuerzo; al contrario, el maestro Zepeda Henríquez afirma que la creación poética, y la vida misma enriquecida por el arte, es producto del estudio constante y perseverante unido al trato amoroso con las cosas bellas. No en vano sus saberes han sido considerados como las de un verdadero humanista con un profundo conocimiento de la tradición clásica y de las letras modernas. En el poema “Fisonomía sobre tabla”, escrito en homenaje del centenario del poema inicial de Cantos de vida y esperanza, escribe: Se retira el poeta a sus dominios / de sus libros en piel encuadernados; / a su tacto educado en la caricia; / al tacto de sus Hebes de alabastro; / a su afinado tacto de luciérnagas / y de sus copas de Bohemia al tacto. / ¡Qué prodigio en las yemas de sus dedos! /¡Qué porcelanas de Limoges y Sèvres! / La vida se hace magia por el tacto / de charolada pátina en su bronces, / y el tacto es el sentido del amor.
También, qué duda cabe, la buena orientación educativa y la influencia decisiva de los buenos maestros forman parte esencial en el desarrollo de la personalidad creadora. No olvidemos que el poeta Zepeda-Henríquez gozó de una esmerada educación desde su niñez en el Colegio Centroamérica de Granada, de la que hace gala en su poema ya citado, de corte autobiográfico, “Fisonomía sobre tabla”, donde dice: Mis maestros jesuitas me iniciaron / en la amistad de los poetas clásicos / que de las diosas la belleza amaban, / y la sabiduría de los dioses. / Mis modelos de estilo ya eran ellos: / Don Homero, el ignoto, ¡tan homérico! / y Horacio, contertulio de nosotros.
Y también los viajes, la residencia, la estancia en otros países y el conocimiento de sus culturas y de sus gentes favorecen y determinan la formación integral del poeta. No olvidemos que el maestro Zepeda-Henríquez divide las etapas de su evolución creadora, no sólo en orden cronológico, sino por los lugares, países y personas que ha conocido y reconocido en su dilatada geografía, que son temas y pretextos de su obra: Nicaragua, Chile, Buenos Aires, Río de Janeiro, España entera, Grecia, Milán, Roma y un largo etcétera: Que también de las almas de las ciudades / se hace el alma de uno mismo.
De igual manera, las amistades literarias y las experiencias humanas, compartidas con los miembros de su generación, alimentan y nutren el universo poético, la visión del mundo, del artista, que logra mantener, cuando es auténtico, en medio de la voracidad y asimilación social, su espíritu de hombre “raro”, libre e independiente. Recordemos que el maestro Zepeda-Henríquez fue un miembro destacado, que participó con ferviente intensidad en la vida literaria de la llamada “Promoción de los años 50” en Nicaragua. Así lo recordaría años más tarde en rítmicos versos endecasílabos: Fui siempre un disidente literario. / En el año del pez y la serpiente / me escribió Cuadra, con sus buena letra / de dibujante y su melancolía: / “Poeta, no se aparte de la tribu”. / Yo nunca fui tribal, pero sí amigo / de mis maestros y mis coetáneos. / Jamás he sido imitador ni adepto.
En este sentido, y refiriéndose a uno de sus dioses olímpicos, nuestro gran poeta Rubén Darío, al que el maestro Zepeda ha dedicado muchísimas de sus mejores páginas ensayísticas y poéticas, dice: Al nacer un hombre, nace / de nuevo la libertad… // Libre nació el poeta / en tierras liberadas por Sandino, después.
Precisamente este sentido de la libertad y la independencia, eso de sentirse diferente, de sentirse juntos pero no revueltos, es lo que fija, distingue y modela la individualidad, la obra, el estilo, la palabra mágica y revolucionaria del poeta. Jorge Eduardo Arellano ha hecho notar el carácter innovador de la poesía de Zepeda-Henríquez al introducir en la poesía nicaragüense, con el poemario El principio del canto, publicado en 1951, el tono coloquial, de signo hispanista y cristiano como también el romance en versos heptasílabos, una muestra del cual es “Retrato de poeta” al que nos referiremos más adelante. El propio maestro, Zepeda-Henríquez nos ha recordado este reconocimiento del que se ha hecho merecedor: La inicial fase de mis creaciones, / se abre innovando y se clausura igual. / El verso suelto yo estrené en mi patria, / y el tono coloquial de los poemas, / y un flexible, novísimo romance / que desconoce la monotonía; / estrofa oral de asordinada música.
Y aquí me detengo en la consideración “musical” a la que hace referencia este último verso. Sin lugar a dudas, Zepeda-Henríquez concibe la poesía como música hecha de palabras. De ahí que su poesía se caracterice por su constante atención a la forma, por su eufonía, ya que cada verso está elaborado, esculpido, con las palabras y sílabas precisas y con el ritmo acentual adecuado. Yo me atrevería a decir que es el poeta nicaragüense que más y mejor ha hecho uso feliz del verso de ritmo endecasilábico en sus diversas manifestaciones, herencia, claro está, de su paladar educado en sus lecturas de los clásicos castellanos y del modernismo dariano. No es casual entonces que varios de sus libros y poemas lleven como título el léxico emparentado con la música y los géneros musicales. He aquí algunos: El principio del canto (1951), Canto rodado de personas y lugares (2004), Poema sinfónico de Darío, Concierto Nacional de la gesta de Sandino (2000), Oratorio filial, “Itinerario del cántico” “Prosa de réquiem/A la memoria de Claudio Rodríguez”.
Ahora bien, si la poesía es música es también compromiso, pero no compromiso politiquero ni mucho menos partidista sino compromiso con el hombre y su destino, con sus angustias y problemas existenciales, con su realidad profunda y palpitante, porque el maestro Zepeda sabe, como dice en algunos de sus versos, que todo el arte comienza “por aquel arte que es vivir” y Que un pueblo se levanta y anda / al sideral mandato de la poesía. Y en otra parte: La batalla entre el mundo y la existencia / está aquí / en el poema / Timbre y tono / de una voz / que ya no es el hombre mismo / sino su creación / armada y virgen.
Quiero terminar estas palabras de homenaje recordando brevemente un poema que creo puede ilustrar, sintetizar, algunas de las ideas del maestro Zepeda-Henríquez sobre el poeta y la poesía. Se trata del poema “Retrato de poeta”, arriba mencionado, es decir, retrato del corazón de un poeta, de un hombre de una sensibilidad extraordinaria, insatisfecho siempre, con nostalgia de la infancia, con temor y dudas ante el misterio de la existencia, condenado por Dios, para cantar con dolor, víctima de la ansiedad y la angustia, solo y huérfano sin que nadie lo auxilie, pero que vive y expresa la plenitud de la belleza y se resigna a los golpes y contrariedades de este mundo, porque ha encontrado en el amor al prójimo y en el perdón, nobles virtudes cristianas, el conocimiento verdadero y la santidad de la poesía.
En definitiva, nuestro querido y admirado maestro Zepeda- Henríquez ha sido durante sus ochenta años de eterna juventud, un militante de la auténtica poesía, un hombre recto y cabal, responsable y consciente, como diría Pavesse, de su oficio de poeta. Su amplio y riguroso conocimiento de la mejor tradición humanística y poética de la cultura occidental, como hemos dicho antes, le han suministrado los materiales y herramientas, para elaborar una obra sólida, perenne, cincelada en un lenguaje culto y refinado, experimental e innovador, sin la menor complacencia con la fácil improvisación. A mi juicio, el maestro y amigo, Zepeda-Henríquez, a quien esta noche le rendimos homenaje con justicia y gratitud, es actualmente il miglior fabro, el mayor artífice, el mayor orfebre, de la poesía y de la prosa ensayística nicaragüenses.