Nuevo Amanecer

Un Fauno en El Oriental


Edwin Sánchez

Leía los inefables versos: “Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros alegres y saltantes como jóvenes potros...”, en el momento que oí una voz. --- Siga--- dijo. Era joven. En mi vida la había visto. “Unos con largas barbas como los padres-ríos; / otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos, / y de robustos músculos, brazos y lomos aptos / para portar las ninfas rosadas en los raptos”.
Dirán que sólo soy cuento, pero la verdad, una de las maravillas del mundo es leer PROSAS PROFANAS rumbo al alborotado comienzo de milenio en el Mercado Oriental, el laberinto de tramos, ¡amorcito me vas a querer hoy!, canastos, ¡dólares!, ¡dólares!, ¿cómo amaneció hoy? ¡A 13 córdobas con 60 centavos! ¡ay, i Diosito, la cartera! ¡Me robaron la cartera!, y negocios más grande de Centroamérica.
El mundo de las ninfas de Rubén Darío ejercía cierta fascinación en mí. ¿Pero, dónde estaban aquellas regias criaturas? En ese barullo, pensé: las nereidas antes sólo aparecían en los bosques y jornadas darianas.
Últimamente, me dije, cuando pasaba por el callejón de los electrodomésticos, ya no quedan árboles. ¡Garantizado “bróder”, 5 CD y 600 watt de salida! Ahora son enormes carteles los que nos dan sombras posmodernas: esféricas, rectangulares, cuadradas. Una niña se sintió mal cuando supo que dos guanacastes de frondosa antigüedad, ubicados frente al Camino de Oriente serían aserrados para dar paso a un mega rótulo, cuyo
espectro de anuncios comerciales suplantaría para siempre los veteados rayos de Sol.
¿Qué será de las ninfas cuando se hayan acabado los bosques? Un borrachito me siguió. Pronuncié mis palabras mágicas: “Los niños se mueren de hambre y los picados de goma. ¿A quién le doy un peso?”. Se esfumó, no así mi interés por saber de esos encantos. Algunos las han visto ir a esos babilónicos templos de Metrocentro e Interplaza como graciosos K-Mart donde ofician los descendientes de Mercurio. Tal vez se aparezcan por aquí algún día. Lo lamentable, y esto me lo relató un pájaro poeta, es que ahora asumen costumbres poco helénicas, al preferir a las seductoras deidades de la confortable mitología japonesa de última generación: Honda, Toyota, Mitsubishi...
Seguí leyendo con aquel “siga”. Había transcurrido una mañana casi lóbrega en medio del bullicio de los visitantes. En el camión de la ruta 168, logré avanzar algunas páginas. Las leí a como pude.
Y cómo te llegaste a meter a ese barrio. Pues fijate, llegué hasta la cancha. Milagro estás vivo.
Esa plática se metía sin pedir permiso en las estrofas de Rubén. Sí, llegué hasta allá. Qué bárbaro. Del fondo salieron unos tamales. Pero pasé. Los delincuentes me quedaron viendo. Sólo llevaba la mochila. “Y oyen seres terrestres y habitantes marinos/ la voz de los crinados cuadrúpedos”. Me persiguieron...
Puesto en el trabajo, sólo algunas preguntas de precios detenían mi profano interés. ¿Eso vale? ... No me di cuenta a la hora que la joven entró y ni siquiera pensé en todo lo que pasaría junto a ella.
Esta vez el escaparate había funcionado mejor que en toda la mañana. Hay días cuando los estantes no pescan ni un vistazo. Era joven, con una tangible disposición a la alegría natural de sus mismos años, en entera armonía con todas las loas de su cuerpo. Poseía “las formas puras del ánfora”. A pesar de esas interesadas líneas de su presencia en pretender acaparar la vista de los individuos topados a su buen paso, supuse estar ante una muchacha de espesa cabellera, no muy interesada en ser ataviada plenamente de cumplidos por tipos ajenos, marcados con la acongojada responsabilidad de muchas proles encima o bien por esos apacibles señores regados casi por complacencia en los parques y en las calles más transitadas y cuyos antepasados solían ir a la floresta en busca de ninfas. Todos esos pensamientos seguramente los sospechaba, pero más por mujer que por ese indefinible y abstracto sexto sentido otorgado a la belleza.
Entró y, sin decir más que “siga”, inició lo que en cualquier otra hembra pasaría como parte de una sincronizada rutina, mas en ella adquiría la trascendencia del rito: comenzó a probarse sandalias, zapatillas, mocasines y hasta mi admiración. Yo dejé el libro. Afuera el rumor, calladas las bocinas a los tritones gratas, calladas las sirenas de labios escarlatas. Sin conocerla de previo, porque quién conoce a quién en el Mercado Oriental de Managua, yo la atendí con toda la disposición de un vendedor, sólo que en ciertas ocasiones me las presto de galán, y fue así como en un santiamén pretendí conocerla de toda la vida. Por supuesto, mi admiración era de su talla.
---- ¡Hola! Ya no te acuerdas cuando jugábamos juntos en el patio --- le dije sin pensarlo. Ella quedó viendo mi cara amigable, diría yo, pero me sorprendí no de mi misma mentira rasgada con una sonrisa de antaño y familiar, sino de la tanda de detalles pronunciados por ella con soltura.
---Aquellos días--- suspiró. Su voz rellenaba todos esos espacios en blanco que se abren ampliamente cuando en la vida surca una falsedad. Yo me quedé silencioso, tratando de hilvanar a partir de lo que decía, parte de esos juegos amistosos, infantiles. Dije que una vez, siguiéndola en el patio, me tropecé. Ella salió con que todavía no se me olvida cuando fui corriendo a tu casa a buscar una venda, un algodón y me limpió la herida. De verla tan seria hasta sentí el viejo dolor de una caída que nunca se produjo... creo yo.
----- ¿Y tu tía? ---- me preguntó. Yo le respondí que ya era difunta. Se lamentó. “Pobrecita”, le oí decir. “¿Te acordás cuando nos sorprendió comiéndonos un pedazo de queque (pastel) guardado?” Se probó otra sandalia. Notaba el delicado empeine de su pie, la gloria inmarcesible de las Musas hermosas. Quise habérselo acariciado, pero fue una sensación rápida. Soy profesional como cualquier ginecólogo y no me permito ningunas libertades con los clientes. “Ah, sí”, mentí. “Ella te regañó a vos”, me hizo recordar en mi mente algo que tampoco era cierto. “Sí, sí. Yo asumí toda la culpa”. “Pero yo le dije a ella que no te regañara, que era mi culpa”. Le calzaba bien... no la mentira, sino las correas sobre el empeine: todo le daba un toque de majestuosa divinidad a sus pies, mira, mira hacia el lado del boscaje, mira blanquear el muslo de marfil de Diana. Con gusto le entregaría un peplo de la gran época. “Gracias”,
le dije tardíamente.
Escuchaba los llamados de las vendedoras con sus siluetas de Botero ensalzando al chancho frito, ¡el cacaaaooo! ¡la chicha de maíz! ; los olores y los gritos de la sopa de res subían de tono y de grasa, y el femenino pregón de las enchiladas y los tacos terminaban de componer aquella meridiana sinfonía. ¿Qué no daría yo por escuchar, así como Rubén, la algazara que hacen las ninfas?
Entró un tipo. Daba la impresión de haber bajado de la ruta 168. Apenas la vio, su rostro de pedernal fue esculpido por un signo de lascivia equina. Como yo, tomó nota de las ebúrneas piernas de mi cliente. A esa hora, cuando la mayor parte de los marchantes se retiran a comer algo, algunos sólo pasaban preguntando por tal cosa, pero el hombre no sólo entró sino que miraba a la joven como los zapatos que deseaba medirse. Se le pintaba en todita la cara sus más caras intenciones... el corazón del monstruo expresa un ansia del corazón: era su número.
“Está cerrado”, traté de decirle, pero el sujeto apenas notó que yo le hablaba. “Bella”, le dijo. “Hace horas te estaba esperando”. La muchacha no se dio por aludida. “Así pasa con algunos tipos”, me dijo por lo bajo.
El individuo no contaba con alguna mirada a su favor. “Vámonos”, le dijo. “¿Quién? “, pregunté. “No es con vos”, cortó el desconocido con insolencia ecuestre. Traté de apartarlo del presente con otro recuerdo:
---Mi tía te quería mucho.
La muchacha me sonrió.
---La verdad, me gustaba su cabello casi blanco y me daba gusto aquel mechón negro, cerca de la sien, ¡eh!
Casi pierdo el equilibrio. Sentada en la butaca se probó la otra sandalia y yo, algo nervioso, traté de amarrarle los cordones, tal vez esmerándome en ser cortés por resultar una desconocida bien conocida, o seguramente, como habrán posiblemente mal pensado, deseé rozar con mis dedos, eso sí, castamente, su láctea piel y hasta perseguir una venita azul que se deslizaba con la vista. Pero no podía disimular mi asombro. Estaba más que sorprendido. Era cierto. Mi tía se cuidaba aquel mechón negro. Aún conservo una de sus fotos.
---Sí, ella preguntaba siempre por vos--- traté de persuadirme en mi propia mentira.
---¡Vámonos! --- insistió aquel hombre. Parecía encendido por el vino o por la hora, por los celos o por los cielos. Ahora se oía un grupo de individuos de esos que abandonan sus iglesias para convertirse en buhoneros del evangelio, como le oí tachar alguna vez a un pastor.
Cantaban a todo pulmón en una esquina. Escuché admoniciones, luego anatemas y para calmar un poco a las vendedoras de vaho y cabeza de chancho, por el altoparlante se oían presurosos llamados a entregar ofrendas, el reto de la viuda y...
--- ¿Cómo que vámonos? --- le espetó la muchacha. Se levantó. Caminó, probándose unas alpargatas. Era una diosa y la tienda un verdadero propileo. Se fijó, a través del espejo, en la bien lograda combinación de sus pies con el calzado y en el juego que hacían con mi boca abierta...
Eran pasos divinales. La noté con algo de cansancio. El hombre quedó callado. Yo le dije, sin querer decírselo más “aquí no estamos atendiendo”.
--- También me acuerdo cuando se te fueron encima y te golpearon a más no poder. Pero no fueron puñetazos los que te sirvieron, sino coces... fueron coces ---- dijo desde su imagen alabada por el cristal. Como en todos aquellos recuerdos que iban saliendo del presente, traté de reírme según la fórmula empleada en ese mediodía, pero la verdad, no había de qué reírse por muy recuerdo recién inventado que fuera. Lleno de intrigas, le pregunté su nombre. Usted sabe, tanto tiempo. Deidamia dijo llamarse.
---¡Deidamia!--- repetí--- Ah, sí... Deidamia.
----Sí, Deidamia.
----Deidita te decía…---, alargué más mi audacia. ¡Oh, qué falacia!---.
----Bonito nombre -----traté de exclamar, abrumado.
--- Fueron coces --- repitió ella, como tratando de sacarme del hoy y remitirme a una falsa nostalgia elucubrada al alimón. El insolente tipo que no perdía oportunidad de írsele encima con los ojos, ya parecía un energúmeno tallado en luna de esas piedras arrojada por el volcán Santiago, donde en 1537 Fray Blas del Castillo, dicen los historiadores, creyendo ver oro fundido en una corriente roja que se veía a través de unas grietas en el fondo del volcán, organizó secretamente una compañía y bajó por el cráter, sin preocuparse por el humo y la ardiente claridad emanada de los bajos de la tierra.
¡Suspira así! Revuelen las abejas, / al olor de la olímpica ambrosía, / en los perfumes que en el aire dejas; / y el dios de piedra se despierte y ría. Sólo para calmarlo un poco, le mandé a probarse unas botas chontaleñas. Creí que le iban a gustar. ¡Pura vaqueta de la buena! Además, están de baratillo.
----¡Coces! --- insistió Deidamia----. ¿Qué no oyes?
“El tipo la obedeció”, le dije a la dueña de la tienda. “¿Cuál tipo?, me interrogó, aún tirado en el suelo, en medio de zapatos, chinelas, pantuflas, cajas, estantes, suelas y mocasines. La dueña llamó a la policía y le repetí todo el cuento con un gran dolor de muelas.
---¿Esto es suyo señor? --- me preguntó el oficial.
---- No --- le dije.
---- De todos modos, puede llevárselo --- ordenó. Era una herradura.
Cuando me iba a casa, en la ruta 168, revisé lo único cierto de tantos “recuerdos”, además de las patadas. Eran unas letras talladas en todo el arco metálico que revelaban la identidad de aquel salvaje: ¡Eurito!
Traté de consolarme en la lectura. “Van en galope rítmico. Junto a un fresco boscaje, / frente al gran Océano, se paran. El paisaje / recibe de la urna matinal luz sagrada...”. Cuando bajé, el chofer de robustos músculos y cabello crinado, que daba la impresión de formar parte de la misma armazón del ómnibus, me pareció subrayar con sus ojillos burlones lo que yo acababa de leer: -- ¿No me diga que no sabe? Este es el triunfo del terrible misterio de las cosas--.

(Este cuento forma parte y le da título al libro de cuentos galardonado en el Certamen para Publicación de Obras Literarias 2010, del Centro Nicaragüense de Escritores –CNE-)