Nuevo Amanecer

Fin de semana de clásico nicaragüense


Detrás de la antigua catedral de mi ciudad existe un mundo oculto en la superficie, detrás de la historia y ruinas del centro de esta capital hay una cancha de fútbol donde no solo se gritan goles, se grita urgencia, necesidad, se grita pobreza, maquillada por risas y carreras en una cancha de piedras y polvo, donde al jugar se olvidan diferencias y una realidad que asusta y asombra.
Este fin de semana era fin de semana de clásico de fútbol español, el Barcelona se enfrentaba al Real Madrid, algo por lo que siempre, desde la infancia, me sentí apasionada. Sin embargo, este fin de semana apuntaba a jugarse un clásico aún más importante, un clásico nicaragüense, la extrema pobreza contra la esperanza y la dignidad. El viernes por la noche, después de los horarios laborales y universitarios, nos reunimos para partir a uno de los asentamientos más marginales y olvidados de la ciudad de Managua, el barrio Rubén Darío, ubicado en el antiguo centro donde estaba la capital antes del terremoto de 1972, año en que este sector quedó en el olvido bajo los escombros que dejó aquel desastre natural, que desde entonces convirtió la zona en tierra de nadie y de todos, albergando ahora asentamientos marginales, donde viven cientos de familias en condiciones de extrema pobreza.
Aunque su nombre le diera un matiz poético, toda la información que conocía sobre el Rubén Darío era sobre lo peligroso que es, un barrio donde el alcoholismo, la delincuencia y las drogas son el pan de cada día, un asentamiento donde habría que tener muchísimo cuidado y precaución al andar. Cuando llegamos el viernes por la noche no pude observar mucho sobre el asentamiento, llegamos directo a la escuela que sería nuestra casa hasta el domingo. Al instalarnos en la escuela pude sentir la tensión, en el ambiente se respiraba emergencia y peligro, pero en el grupo de 50 jóvenes se respiraba confianza y compromiso con un país sumergido en una situación de injusticia.
El sábado por la mañana conocimos a doña Leticia, una mujer de 43 años, de piel oscura y abundante cabello rizado, que nos mira con un poco de timidez todavía pero con muchísima esperanza puesta en nosotros; intuyo por la manera en que nos ve, que esta vivienda que construiremos para ella es un sueño cumplido. Tiene sus ojos llenos de ansiedad y agradecimiento, y desea que lleguemos ya mismo a su terreno para empezar a trabajar. Nos fuimos caminando hacia su hogar, en ese momento aproveché la caminata para intercambiar las primeras palabras con esta mujer; fue ahí que me enteré que doña Leticia no habla correctamente el español, su lengua materna es el miskito, es originaria de Río Coco y, aunque ya tiene aproximadamente diez años de vivir en Managua, todavía se le complica el español; en sus oraciones no conjuga los verbos y habla de ella a veces en tercera persona, como si fuera ajena a ella misma. Doña Leticia me cuenta con confianza un poco de su vida, se vino a vivir a Managua con su compañero, quien la abandonó hace 6 años y desde entonces vive sola con sus tres hijos, dos de ellos son maestros de español y el tercero aún no termina la Secundaria porque, abrazado por la realidad de su asentamiento, se ha dedicado a la delincuencia, el alcohol y la “vagancia”. Doña Leticia se agranda de orgullo al hablar de sus hijos, sea cual sea su situación, y expone con mucho respeto los logros de los dos mayores.
Cuando camino y platico con doña Leticia a la cabeza del grupo de voluntarios, aprovecho para observar el barrio y sus alrededores, la gente nos grita desde algunas ventanas y aceras: “Que Dios los bendiga”, y aunque se sienta lindo tanta buena energía de parte de la gente, por alguna razón me siento un poco incómoda. Observo la antigua catedral a lo lejos y admiro la vista; fue ante mi admiración que doña Leticia me comentó que su terreno queda frente a la catedral vieja, en un predio baldío. Cuando llegamos a su terreno nos esperaba un grupo de personas, música alegre en un estéreo conectado en la entrada y un terreno lleno de cosas, camas, cajas, muebles, plásticos, pero sin ninguna casa. “Quitar casa desde el domingo pasado”, me dice doña Leticia, “porque en semana no haber quien me ayude”, y me confirma lo que esperaba no fuera cierto: toda la semana ha dormido a la intemperie con sus hijos, “Pero no llueve, solamente ayer, pero tapo con lámina de zinc de vieja casa”, y admiré la fortaleza y seguridad con la que lo dijo, descubriendo a la mujer luchadora que hay en ella.
La primera mitad de jornada de trabajo del sábado fue muy cansada, cavamos el piso para fijar la casa en la tierra bajo el sol de la capital, en un terreno muy duro y lleno de sorpresas que dejó la pobreza y una ciudad que se cayó hace un tiempo, encontramos ladrillos, canicas, muñecos, bolsas, lapiceros y otras cosas setenta centímetros abajo de la superficie. Nos apoyaron los sobrinos y vecinos de doña Leticia, quienes parecen visitarla todo el tiempo; me di cuenta de que la gente la quiere y busca por su carisma y entrega, y que ella recibe a todos con gran alegría y que incluso sacrifica su comodidad por los demás. Aproveché algunos momentos para escaparme de la cuadrilla y platicar con doña Leticia y su sobrina, que la ayuda a pasar por esta etapa y quien cuidó toda la semana las pertenencias mientras doña Leticia trabaja como doméstica en los Raspados Loli del Zumen.
A la hora del almuerzo del primer día acordamos con los muchachos que nos estaban ayudando que si poníamos el piso de la casa antes de las cuatro de la tarde, jugaríamos un partido de fútbol en la cancha frente a la casa, detrás de catedral, entonces nos apuramos para lograr el objetivo e ir a jugar. A las 4 pm. nos fuimos a la cancha mientras el sol bajaba y jugamos con los muchachos del barrio, dentro del cansancio rescatamos las últimas fuerzas para gritar un par de goles y correr detrás de un balón semidesinflado sobre una cancha de polvo y piedras que simulaba jugar sobre hielo y le inyectaba más adrenalina al partido. Congeniamos y nos hicimos amigos de un grupo de muchachos que el resto del tiempo se ve envuelto en la realidad de su asentamiento y, aunque no lo quieran, se dejan llevar por costumbres viciosas y contraproducentes, pero en ese momento del partido fuimos los mismos todos, reímos igual, corrimos igual, nos caímos igual.
Desde la cancha de fútbol observé lo que llevábamos de la vivienda de doña Leticia, la casa estaba a la mitad, había una ventana levantada y tres de las seis paredes nos saludaban desde el terreno, el sol de las cinco bañaba la vivienda de un color anaranjado, y el viento característico de fin de año la hacía parecer casi un milagro. Doña Leticia nos acompañó hasta la cancha y se puso su mejor ropa y maquillaje para estar ahí con nosotros, viendo el partido como si fuéramos nosotros sus hijos y ella una madre orgullosa. En mi interior se detuvo todo y sólo pude escuchar los sonidos de una situación que me desagrada, que me duele, que incomoda, me duele el cuerpo del esfuerzo físico pero aún peor me duele el corazón al observar que aunque en el terreno de doña Leticia se levanta un nuevo techo, alrededor todo está cayéndose, y pienso en cuántas veces visité la catedral como turista con extranjeros y visitantes de la familia, y nunca he visto más allá de ella, por detrás, cuántas veces los niños de este asentamiento se me habrán acercado saliendo del Palacio Nacional y yo no he reconocido sus rostros y su necesidad. Y me duele pensar en la indiferencia, y ver una casa presidencial que se burla de esta realidad, y sorprende ver cómo olvidamos lo demás y vemos sólo lo que está de frente y no lo que se oculta tras los edificios más emblemáticos de esta capital.
El segundo día llegamos al terreno un poco más tarde, cansados, adoloridos pero con muchísimas ganas de seguir, nos esperaba la casa con ansiedad de ser terminada, y estaba doña Leticia llegando del mercado, donde compró verduras, vegetales y res para prepararnos una sopa en modo de agradecimiento, aún y cuando insistimos en que no era necesario. Nos pusimos a trabajar y veía a doña Leticia y su sobrina pelar verduras y cocinar toda la mañana, dedicadas a su labor como nosotros a la nuestra. El domingo la vivienda llevaba un proceso más rápido y parecía todo parte de una película acelerada, se iban resolviendo problemas de la casa en el camino con mucha eficacia y todo parecía surgir naturalmente, mientras unos clavaban los otros serruchaban, mientras unos ponían el techo los otros ponían ventanas, y al mediodía parecía que solo hacía falta un suspiro. Doña Leticia daba vueltas ansiosamente alrededor de la casa, y observaba todo lo que iba sucediendo, cómo la casa iba tomando forma, supervisando todo el tiempo cómo nos encontrábamos. Al mediodía almorzamos la sopa que con tanto cariño y dedicación doña Leticia y su sobrina habían hecho, la sopa nos recordó el cansancio acumulado y después del banquete descansamos abatidos en el suelo mientras hacíamos bromas en conjunto con doña Leticia y dándonos cuenta de lo rápido que entramos en confianza con ella y entre nosotros, generando un ambiente muy agradable.
Cuando resucitamos después del almuerzo nos dispusimos a acabar la construcción, terminamos de poner el techo y los últimos detalles, ahora todo parecía más pesado y el cansancio había llegado para quedarse pero, finalmente, alrededor de las tres de la tarde acabamos y nos dedicamos a descansar para luego inaugurar la vivienda, momento en el que le entregaríamos oficialmente su nuevo hogar a doña Leticia. A media tarde inauguramos la casa y le dimos a doña Leticia las llaves de su nuevo hogar, le recordamos que ahora tiene un techo un poco más digno y un hogar transitorio en la búsqueda de un techo definitivo, que este es un punto de partida hacia la búsqueda de nuevas metas, nuevos sueños, nuevos objetivos, y que ahora debía seguir en la lucha por encontrar salida de una situación injusta, de esta situación que viven millones de nicaragüenses todos los días. El agradecimiento se le desbordaba por los ojos, el cuerpo no le era suficiente, y en su español y su manera de expresarse nos agradecía y le agradecía a Dios. Su fe la había traído hasta acá y por lo mismo bendecirá su nuevo hogar el domingo siguiente, con su pastor, para marcar una pauta y un punto nuevo de partida en su luchadora vida.
Al entregar la vivienda vi a lo lejos, por detrás de doña Leticia, la cancha de fútbol. Ahora jugaban baseball los muchachos del barrio e imaginé un estadio lleno, una celebración conjunta gritando un gol, un éxito, un logro, sentí retumbar el lugar dentro mío. Gritábamos junto a doña Leticia el gol que hacía que empezara a ganar la esperanza y la justicia en contra de la extrema pobreza, sentí el compromiso de cientos de jóvenes para combatir la situación actual de su país, sentí que juntos desde esta cancha de la vida podíamos jugar el mejor partido, y que tras la misma pelota podíamos decidir si ganar o perder. Este juego no es de suerte, si no de decisión y estrategia, de decisión y compromiso con la camiseta, por llamarla de alguna manera, es de salir a jugar convencidos de que ganaremos todos los días si trabajamos unidos en búsqueda del mismo objetivo, lograr un país más justo y digno.

Managua, 30 de Noviembre 2009.