Nuevo Amanecer

Corazón de trigo


Dicen por ahí que para hacer libros a los niños
se necesita tener un buen corazón,
y Eduardo Báez no sólo tenía un gran corazón,
que parecía además inagotable,
si no que también supo repartirlo entre nosotros
como se reparte el pan cada mañana…

Eduardo observó la empinada montaña coronada de nubes.
A poco pasos de llegar a la cima, brotaba un enorme ojo de agua que se precipitaba y se estrellaba feliz contra las enormes rocas pulidas por el tiempo, para después formar un río que se escapaba cantando, bordeado de espuma, orquídeas, lirios perfumados y laboriosas hormigas que iban recolectando polen y hojitas verdes.
Aquel espectáculo era irresistible. Y sin pensarlo dos veces, Eduardo decidió seguir la ruta de las hormigas.
La música que provocaba la caída del agua y los pájaros de todas las especies, lo hicieron olvidarse del mundo. ¿Cuánto había caminado entre el suave perfume de las flores y la música natural del agua que caía?
De pronto se vio frente a una enorme puerta de madera que poco a poco se abría, a la vez que escuchaba una voz que le decía: ¡Eduardo, te estamos esperando¡ ¡bienvenido, tejedor de sueños! Eduardo se asombró muchísimo y sin llegar a asustarse vio cómo la puerta se abría como si manos invisibles la empujaran.
Acto seguido, se corrió un telón de manta que colgaba de un cielo-verano, colmado de nubes, que pastaban apaciblemente sobre los cerros que rodeaban un villorrio cuyas casitas blancas y techos de barro rojo parecían volar como si algún malabarista jugara con ellas.
La puerta se abrió nuevamente y esta vez apareció un potro verde con un ramo de margaritas en el hocico, escoltado por siete caballos enanos que trotaban en el aire y que pasaron resoplando en la cabeza de Eduardo.
El más pequeño se detuvo y posándose en su hombro le susurró: No te vayas. Nosotros regresamos ahora. Sólo vamos a la entrada del cerro Kukamón, donde nos espera Kala, la novia de Yalí, nuestro hermano mayor, que se juntan en matrimonio, en este mismo sitio.
El caballito dio un salto y se perdió trotando en las alas del viento.
El sol se despedía con enorme bostezo de oro y miel, y dirigiéndose a Eduardo decía: Me lo contarás mañana, tejedor de sueños, me lo contarás mañana.
¡Ya lo sé!
Después apareció una luna celeste, con cara de cuarto menguante, y soplando una flauta de dulce madera que le regalara el árbol de los deseos, hilaba una melodía.
La puerta se abrió nuevamente y entró Kala, la yegua negra. Su crin color de estrella jugaba con el viento y en su cola una trenza hecha con flores de almendro.
Yalí traía siempre en su hocico el ramo de margaritas, señal de que estaba enamorado, y detrás los siete caballos.
Una orquesta de cigarras nocturnas sonó sus cuerdas. La luna dejó de soplar la flauta de dulce madera que le regalara el árbol de los deseos y se puso a cantar nuevas canciones:

Dejen de trotar
caballos verdes
que Yalí y Kala
se van a casar…
La fronda del árbol de los deseos, esta vez en forma de Ceiba, se llenaba de luces. Parecía un espejo redondo, donde el cielo estrellado se miraba a sí mismo.
Eduardo no sabía qué pasaba pero la verdad es que se ha quedado soñando en aquel mágico lugar. Si lo querés conocer tendrás primero que encontrar la montaña del ojo de agua y el río que cae.
Si logras pasar la puerta, que sólo se abre para los que poseen el don de soñar, lo encontrarás bajo el frondoso árbol de los deseos en forma de ceibo que posee todas las estaciones, frutos, pájaros y libros de todos los tiempos; escribiendo y contando cuentos que todos los que por ahí pasan escuchan y leen con deleite.
Ahí está rodeado de los siete caballos del tamaño de un ratón, pájaros salamandras doradas, lirios de agua dulce y el recuerdo de la flautista con cara de cuarto menguante que se hace acompañar de una orquesta de cigarras; cada vez que se abre un nuevo rincón de cuentos…