Nuevo Amanecer

La herencia (Capítulo 4)


El obsesionante sueño con el muerto que hablaba y planteaba problemas a un vivo irreal que daba volteretas en la imaginación de Moralia, fue el desconcertante relato que escuchó Mr. Franklin, cuando Moralia sustituyó a la difunta en manejo de San Pascual, y se colocó al frente de la herencia para administrar los bienes.
El funeral de doña Fausta, prácticamente pasó desapercibido. Doña Ferrufina Mora, la cuñada, hasta transcurridos tres meses se percató del fallecimiento, ya que para don Chebo, la carencia de comunicación le salía sobrando. En cuanto a sentimientos y obligaciones familiares, no dejaba de parecerse con el viudo del concuño. Lo evidente y notorio para los Cuadra, fue la prolongada ausencia de don Centuriano que casi pasó tres meses sin la usual visita a monseñor Sánchez, y chequeos a la oficina de correos y la administración de rentas. Para ser exacto, desde que don Centuriano se enredó con Moralia, no le quedó tiempo para ver otro asunto que no fuese el amoroso donde este fuere: el dormitorio, el corredor, la hamaca, la grama o cualquier otro sitio de su paraíso en San Pascual.
Don Centuriano y Moralia estaban felices porque esperaban al fin lo que habían vivido soñando: Moralia salió embarazada, y de acuerdo al tacto y experiencia de la comadrona, la preñada pariría un varón por la forma de la panza. Llegó a su fin la bailadera de La Culebrita Blanca y El Zobaqueado; y comenzó la remodelación de San Pascual para recibir al niño. Lo hacían con tal entusiasmo y satisfacción, que en pocos días ya la estaban terminando.
Fue tan evidente el cambio, que el antiguo caserón cobró nueva imagen y bríos. En una centena de garfios adheridos a los horcones de los aleros, Moralia colgó macetas de rosas y claveles; arrasó con los piñuelares de las antiguas cercas, y los sustituyó con veraneras y limonarias, en lo que era el perímetro de la vivienda. Lo hizo con tanta calidad estética, que el vetusto San Pascual desapareció como por encanto, pues a fe de Moralia, el ambiente y todo lo que rodearía la futura existencia del recién nacido, debería estar de acuerdo al acontecimiento… y por supuesto, deberá hacer juego con el ánimo de don Centuriano, que parecía un hombre nuevo, hurgando en los pañales del hijo que debería llegar. La espera se convirtió en excelente motivación compartida. Era lógico, pues, que tanto Moralia como don Centuriano no habían tenido descendencia. Pues doña Fausta aunque tenía buen fuste redondo y muy llamativas posaderas, había sido machorra; y la alborotada Moralia, antes de conocer al viejo, sólo había parido un hijo que había nacido muerto. De modo, que aquella aventura del embarazo, era un sueño de felicidad en la ruta de la obsesión.
Y mientras don Centuriano acariciaba la panza de Moralia, por el portón de San Pascual entraban y salían carretas y carretones, rebasados de piedras labradas, así como sacos de cemento y cal sobre tablas y tablones, para renovar el piso de la primera planta. Se pintaron con azul de Prusia los canales que escurría el agua de lluvia que se almacenaba en la noria circular; y se les dio doble mano de cal blanca y rosado-chicha a los parches en las paredes que daban mal aspecto al lado trasero de la vivienda.
Don Centuriano, más loco que una cabra, aplaudía y elogiaba las diligencias barroco-africanas de Moralia, asintiendo: “¡Jodido! ¡Si desde que tengo uso de razón no había visto a un San Pascual tan lindo, romántico y atractivo como lo estoy comenzando a ver ahora!”.
Moralia no sólo se perdía en la soñadera, sino que con el mismo síndrome contagió a don Centuriano: el enamorado se volvió un soñante desesperado que hablaba dormido y daba gritos al dormir cuando roncaba; o sonambuleaba por las escaleras, la noria y el primer piso, rugiendo como un león, si es que no estaba roncando. Y se quejaba a veces, que por haber vivido una vida estéril no tenía con qué soñar; y entonces se recreaba en los laberintos anímicos de la nueva honda del sueño, alimentándola con murciélagos, alacranes, zapatos en desuso, gramófonos, pianolas y verracos enjaulados que se abalanzaban sobre él, con el instinto afilado, pretendiendo hacer lo que don Centuriano hacía con Moralia. De tal manera que el sueño se le tornaba en una verdadera pesadilla.
Cuando la comadrona anunció que Moralia estaba lista para parir, la casa fue engalanada con festones a colores en que colgaban campanillas azules, rojas y amarillas, que remataban sus puntas. Se contrató la orquesta de los Pérez de Diriamba, para recibir con toques de diana, además de triquitraques, cohetes y cachinflines, el instante preciso en que la criatura manifestara su entrada a la vida con el primer alarido. De acuerdo a sólida experiencia de Lencha Birota, famosa partera del villorrio La Pita, sector de Santa Teresa, por las señales de la panza, los sobijos y retortijones, el niño armaría el primer berrinche al amanecer. Esta era una buena señal que haría feliz a don Centuriano, por lo que representaba el sino de la madrugada en la hora del nacimiento. “¿Qué es?”, preguntó. “No sé. Lo que ya dije es todo lo que puedo decirles para que se cumpla”, contestó Lencha Birota, ordenando a Moralia pujar y pujar lo más fuerte que pudiese hacerlo.
Mientras que en el primer piso, a la orilla de la noria, el pastor Mr. Franklin y los fieles de la Iglesia de Pablo el Otro que acostumbraban hacerle corro en la busca de nuevos conversos, saltando al compás de panderetas, violincillos y tambores, no paraban de implorar por la llegada del primer vástago de la hermana Moralia. Los cantos subían hasta el cuarto en donde la partera y don Centuriano animaban a Moralia, pidiéndole que pujara, la una; y el otro, sobándole los dolores aunque no sabía dónde.
-¡Mr. Franklin! ¡Mr. Franklin! ¡Canten más fuerte! ¡Griten más duro para que los oiga este jodido muchacho y salga ya! –gritaba Moralia, quejándose.
-¿Y cómo le vas a poner para que lo llamemos por el nombre? –preguntó el pastor.
-¡Cualquier cosa! –dijo Moralia.
-No cualquier cosa –dijo don Centuriano-, se llamará Manuverdonio, como el contra tatarabuelo.
-Eso es –dijo Moralia-. Se llamará Manuverdonio.
-¡Vamos, Manuverdonio! ¡Afuera, Manuverdonio! ¡Apúrate Manuverdonio! ¡Ya! ¡Ya! –continuaron los gritos, las peticiones y la cantadera.
En medio de dolores tardíos, espantosos alaridos y asombro de la horrorizada comadrona, Moralia expulsó una pelota azul, sanguinolenta que la dejó exhausta y postrada con la conciencia perdida por semanas. Fue la ocasión que aprovechó el pastor Franklin, de la Iglesia Pablo el Otro para enredar el disminuido espíritu religioso del infortunado don Centuriano.
El cambio advertido en el parto de la pelota azul hizo cambiar las actitudes de Moralia y don Centuriano. El maligno ronroneo con que chismeaba el vecindario, de manera especial en quienes tenían amistad con los religiosos: los Mora y los Rodríguez de Carazo; y el grupo de los Jugadores de taba, con quienes probaba suerte don Centuriano en horas de los divertimientos, se propagó con tanto furor que las condiciones fueron aprovechadas por el pastor Franklin para penetrar a fondo en la vida de los propietarios de San Pascual. Fue un asunto de habilidosas y amañadas insinuaciones, para que se tomaran primeras acciones en relación al pintarrajeado caserón remodelado sin la más mínima estética para recibir al niño. De tal modo, que decidieron hacerlo polvo, y sobre las cenizas, edificar la nueva Iglesia de Pablo el Otro.
En medio de gritos, y esperpentos invocatorios fue bautizada Moralia, sin otras razones que la confusión, comprometiendo el futuro y jurando fidelidad a la nueva iglesia, en la casona de San Pascual fue demolido todo lo que habían construido para esperar a la criatura. Los nuevos conversos, bajo la habilidosa dirección de Mr. Franklin, levantaron sólidas paredes que terminaban en un enorme y sonoro campanario, y en un estrado, donde el pastor predicaría la palabra escrita en el Gran Libro Negro, a los nuevos reclutados; de manera especial, a todo aquel que tuviera que ver con el diezmo para llevar a buen término los planes de la Iglesia de Pablo el Otro. “Hay que imitar a nuestra fiel hermana y sacerdotisa Moralia que se tocó la bolsa del alma para poder construir el templo”, repetía Mr. Franklin semanas después junto a poderosas invocaciones de así sea y gritos de ¡Aleluya! ¡Aleluya!, dando saltos como un canguro, y corriendo del uno al otro extremo del estrado.
Bajo el hábil entrenamiento impartido por el pastor, luego de la inauguración del nuevo templo de Pablo el Otro, la sacerdotisa Moralia comenzó con la predica de la palabra entre los trabajadores de las haciendas, para seguir después por los villorrios, en compañía de Rosa Chicha y Pechuguín Reysoso, nuevos hermanos venidos en la delegación de Haití y de Venezuela, a la inauguración del templo.
Y mientras Moralia distraía el fracaso del hijo fallido, relegando a lo profundo de su psiquis la imagen del niño muerto, don Centuriano continuaba entretenido en la otoñal idiotez de soñar. Y no le quedaba más tiempo que para maldecirse a sí mismo, sintiéndose el único responsable de la tragedia del primogénito. “No estoy seguro, pero esto ya debe ser un estigma que tiene que ver con la familia”, se mortificaba, tomando en cuenta lo que decían que habían expresado monseñor Sánchez y el cura Salomeno Baltodano, al hacer las concebidas referencias al supuesto pacto con Satanás que le endilgaban al viejo que había heredado de la familia.
Don Centuriano comenzó riéndose a solas, pensando que el espíritu que le toreaba no era de ningún don Centuriano, sino quizá de su sombra; o alguna sombra de otra sombra que se había desplazado en el tiempo, espacios más adelante. Sin embargo, se hizo la reflexión que su sombra no podía concordar con la maldita ultra sombra del ataúd. El sueño con el tipo del cajón, tal vez ni siquiera tuviese que ver con él. Y se preguntó el por qué. El supuesto difunto lo lanzó hacia atrás, a los días de doña Fausta, cuando inmovilizada en el segundo piso de San Pascual, había contratado a Moralia para que hiciera de niñera de la señora. Confuso pero resignado, se dijo que pasó lo que tenía que pasar. Las abundancias amatorias de la mulata se le habían subido a la cabeza, pues era ridículo y contradictorio que estando como estaba dejase pasar por alto el enorme mujerón que había encontrado en Moralia. Pero se confortó: “Con lo que tengo me basta. ¿Para qué quiero más?”, se justificó. Y encontró suficientes excusas, incluso para su tamaño: el sexo nada tenía que ver con la altura. Tocar el cielo raso de los pechos de Moralia lo resucitaba, lo hacía delirar, vivir plenamente, sentirse un verdadero gigante. El ego de don Centuriano se daba por satisfecho. Y ululando las frases con los caninos del pensamiento, agregó: “Este no es un problema mío –recordó lo que había pensado cuando llegó la morena Moralia a San Pascual- si eso tocó en suerte a doña Fausta, puede estar el tiempo que guste bajo el caparazón de sus tablillas”.