Nuevo Amanecer

Ekfrasis


Para m.
Raúl Quintanilla

Desde lejos miro la casita, que también es una flecha que mira para arriba. Quizás estuve antes allí. La casita es roja. Chillante. Ella. Y se coloca sobre el cielo que es amarillo. Sentada en la mesa. Sentadita respira el vapor del espray sobre el esténcil. Esto es parte de la obra: Ernesto. Y si es. Después pegar. Un arte pegar. Dos cosas, digo. Una con la otra. Y de allí sale la invitación. Apenas son 20, me dice ella. Pero miente. Hembra distante.
Después en Granada me cuenta Alejandro que la invitación es una de las cuatro obras de la exposición. Aquel acordeoncito. Aquella magníficat, aquella letra. Come to my house. (True Blue). Pero es en rojo, ya lo dije, sobre amarillo. Desde lejos me imagino la casita. Por la noche encontramos el camino. Y después la casita que es chiquita. Toda está a oscuras. ¿Quién apago la luz? ¿Dónde se fue? Pero no se ha ido a ningún lado, apenas está en penumbras.
Entras en ella con cuidado entonces, no vaya a ser y allí nomasito está este sillón. Casi te dice sentate. Vení. Y no acabas de arrellanarte en él, no, cuando de pronto una luz te hace mirar en el visor que está en uno de sus brazos. Del sillón. Y miro: Basho, el viejo charco, el sapo que salta, el sonido de agua pringándome todo. Vos / Yo / Nada. Tres versos de una palabra cada uno. Tres estocadas. El sillón era necesario después de leer la sentencia. Me quedo sentado. Atascado. Quiero abstraerme. Mirar esto como arte solo. Como si el arte fuera aparte del infierno. Pero no. Milena me desengaña. Para ella todo es una cosa sola. Amalgama. Nada de compartimentos. Así que vuelvo a mirar. Vos / Yo / Nada, a mano por si acaso quedan dudas. Todo de lo más aséptico. Limpio. Clínico. Diminuto. Duro. Incisivo. Tembloroso. Guardame esto. En blanco y negro. Minimal.
Me levanto de aquel sillón porque Dios es grande y porque Hegel me dice desde alguna remota aula de la UNAN que el ser y la nada son igualmente indeterminados. Me estoy curando en salud ya sé. Era sólo un presentimiento de lo que vendría. Aquí están las cervezas --me dice--. Es el baño lleno de hielo. Después bajo al lavandero tras ella. Me explica algo allí acerca del porqué de la escasez de piezas y después subimos nuevamente a la sala del sillón. Y aquí está mi cuarto --la oigo decir mientras baja nuevamente y la sigo--. La cama, la mesa llena de recortes aún, el desorden, la silla, la lámpara, los libros, la cama. La cama tiene en uno de sus extremos un proyector de 16 mm. Pareciera sacada del libro de Ducasse. La cama. Todo tan extraño y mecánicamente sensual. Su voz me saca de aquel océano. Y aquí a un lado del proyector --me dice-- me voy a sentar yo (y se sienta) para…, no termina la oración y enciende el aparato que comienza a respirar y a moverse.
Sobre la cabecera de la cama rueda la película. Todo es luz al principio y sucede rápido. Me arrodillo a su lado y miro. Está un libro y unas manos que dibujan. Pasan la hoja y dibuja. Dibuja y borra. Todo se llena de negro y se borra. Pasa la página. Dibuja. Pepas. Las Borra. Dibuja su rostro y lo borra. Llora. Lo borra. La angustia y borra. Un hombre y lo borra. La miro a ella entonces. Tiene los dedos negros. Desaparezco sin saber ni cómo. Sólo queda la botella que estaba allí a mi lado. Todo oscuro.

Enero 2010.
Las Palmeras.