Nuevo Amanecer

Aquel muchacho de Estelí


Ahora quiero hablar con ustedes
o mejor dicho
ahora estoy hablando con ustedes.
(Como los santos, Leonel Rugama)

Leonel Rugama logró construir su vida y su muerte de manera íntegra e integral, pues como le dijera en ocasiones a la Candidita, su mama, y en las catacumbas de la clandestinidad, a sus compañeros “la muerte no es menos que la vida”. Y resulta sorprendente que haya alcanzado tal nivel de integralidad siendo apenas un muchacho con 20 años de edad biológica. Y fue así porque, como lo han testimoniado quienes con él compartieron parte de sus vivencias, él, Leonel, fue un adelantado a su tiempo, un ser superior en la escala humana, capaz de equilibrar su ser y su quehacer, sin fisuras ni incoherencias, armonía existencial que nos impide separar al poeta del revolucionario; al seminarista del agitador; al alfarero de la ironía y la broma inteligente del dirigente de marcada ética y constatada autoridad moral. Él es indivisible.
En el libro del sacerdote claretiano Teófilo Cabestrero, titulado Leonel Rugama, el delito de tomar la vida en serio (Editorial Nueva Nicaragua, 1990), la compañera María Esperanza Valle --más conocida como Tita Valle-- precisó los rasgos que, a su criterio, caracterizaron la especial personalidad de Leonel, de quien recuerda su gran sentido del humor, su disfrute inventando cosas, en un juego de palabras cargado de permanente ironía. “Nos cambiaba los nombres. A mí me decía Frita”. Sin embargo, ese disfrute del humor y el reír no ensombrecía para nada su entrañable y gigantesca dimensión humana, desprendido de las cosas materiales.
“Él trataba de pasar desapercibido, más allá de lo que pudo condicionar sus hábitos de vida clandestina. Era muy discreto y reservado, y nunca se presentaba como líder del grupo. Su calidad humana, sus grandes capacidades y su forma de ser hacían que lo viéramos como a un ser superior, de quien se sentía su autoridad moral. Cuando nos veíamos para alguna tarea, o nos encontrábamos casualmente en una casa clandestina, tomaba una actitud muy seria. Fue en el único asunto en que yo lo vi siempre serio. Leonel era libre. Era como un pájaro. Un día me dijo: Mirá Frita, guardame mis papeles, porque cuando me maten me voy a hacer un poeta famoso, y lo decía riéndose de sí mismo, y de los poetas que cultivan el hacerse famosos”.
Nunca se conocerá su obra completa, porque en los avatares de su existencia, Leonel escribía sobre páginas de libros o de cuadernos, en orillas de periódicos, y además, archivar lo escrito, no formaba parte de sus preocupaciones. Tita Valle guardó los poemas de Leonel y, cuando la Guardia lo mató, le entregó su legajo, su legado, a Jaime Wheelock, entonces director de la revista Taller, de los estudiantes de la UNAN, donde fueron publicados en la edición No. 4, poco después de su caída en combate.
El poeta Beltrán Morales, escribió: “Leonel es de esas personas que hablan rápido, porque piensan rápido, al extremo que la palabra suele adelantársele al pensamiento. (¿O es a la inversa?). Su lectura de Cabrera Infante apenas le ha servido para afirmar el don especial que posee de divertirse con las palabras, ese material plástico modelado por él con amor y maestría. Ejerce, como el mejor entre los mejores, las distorsiones lícitas. Siendo yo un corrector de pruebas me saluda preguntándome: qué tal te va de corruptor de pruebas. Y cuando en compañía de Franklin Caldera nos toca leer unos poemas en el Paraninfo de la Universidad, en conmemoración a los caídos del 23 de julio, Leonel dice que si vamos a leer en el Para-ninfas necesitaremos lentes de contacto sexual… o si en la cafetería tardan bastante en atenderlo, le grita amablemente a la dueña: ¡por favor, señora, mándeme 28 tazas de café!”.
El esteliano Uriel Sotomayor, su amigo de infancia, recuerda a un Leonel ácido, mordaz, vacilador, agudo, roconolero de la Sonora Matancera, jodedor, chilero, degustador de mangos y jocotes celeques... Carlos Alemán Ocampo recuerda que en el segundo semestre de 1969, a muy pocos meses antes de su muerte, ya había escrito casi todos los poemas que se conocen de él y, sin embargo, decía: “todavía no he llegado”. Aun no había llegado él a los niveles de profundidad a que debía llegar. Los niveles de profundidad, en la convicción del compromiso revolucionario, eran los niveles de la autenticidad y los logros de la creación de la poesía. Leonel decía que el compromiso con la poesía y con la literatura iba con la vida, con la actitud vital.
Para Pablo Antonio Cuadra “el poeta Rugama era más bien un hombre de conceptos. Lo sorprendente de él eran sus juegos de ideas. Poco jugó con la palabra, Rugama. Pero si a Rugama lo tomas a la edad en que entró en la literatura nicaragüense, y lo colocas en la literatura nicaragüense y ves cómo la asume y cómo está empezando a dar una nueva cosa, entonces sí, uno ve la grandeza de este muchacho… Yo lo que notaba en él era la capacidad de asimilación, que la había visto en Rubén Darío y la había visto en Carlos Martínez Rivas…”.
En alguna ocasión Coronel Urtecho confesó que “hasta que conocí su poesía me di cuenta de la importancia y de la calidad del individuo como hombre y como poeta, que es lo mismo al fin y al cabo”. Y con esa aguda erudición suya subrayó: “la poesía es la definición, la lengua, la experiencia plena de un hombre y su vida. Esto es lo que yo he entendido siempre por poeta, y este hombre --Ruga¬ma-- lo hacía de una manera perfecta, sobre cual¬quier acontecimiento. Es uno de los grandes santos de la revolución. Uno de esos santos de ella, posiblemente el más puro”.
“A mi juicio --apuntó Ernesto Cardenal-- Rugama es de los grandes poetas que ha producido Nicaragua… y me parece especialmente admirable que siendo él tan joven, siendo tan breve el tiempo que tuvo para escribir, y estando en ese breve tiempo tan atareado con su trabajo clandestino, incluso asaltando bancos, sin demasiados períodos de tranquilidad y ocio, a pesar de todo eso sea Rugama uno de los grandes poetas de Nicaragua, es lo que yo considero como algo extraordinario, como un caso de genio. Hasta podría decir que Rugama ha sido el más exteriorista de todos nosotros…”.
Leer los poemas de Leonel es abrir puertas y entrar a un mundo lleno de gente, donde él cuenta las cosas cotidianas, de esas que ocurren todos los días y en las se involucra la gente común y corriente, contadas sin sutilezas, sin eufemismos, de manera cruda y directa, como habla el pueblo nicaragüense. Leerlo hoy es acercarse a una poesía viva y saludable, soleada y vigente, profética y agitativa, a una poesía humana, quizá demasiado humana, que me hace imaginar lo que leo y ver lo que imagino, porque leer a Leonel es como ver un documental, de esos que uno quiere repetir y que, de tanto verlo o leerlo, se convierte en una especie de dejá vu, como si ya hubiera vivido lo leído o lo contado, y sus vivencias se van integrando a mi caravana de recuerdos, como si fuesen mis propias mundologías. Entonces, desde esa percepción y esa perspectiva, la poesía de Leonel tiene una inmensa facilidad para ser entendida y para encarnarse en quien la lee, y seguir vivo, y viviendo, reencarnado miles de veces, convertido en arquetipo, en paradigma.
Algunos poemas del hijo de la Candidita y Pastor Rugama maestra empírica y oficial de carpintería, honorables ambos, son como pedazos de pláticas y de nostalgias eróticas. Los recuerdos de su infancia son abundantes, y te hacen recordar la tuya, si es que hiciste lo que él hizo en la suya, y que muchos chavalos no harán nunca, porque están viendo televisión, conectados a Internet o pegados quién sabe con qué. Y hay más juegos y crónicas del Estelí de los años 60 del siglo XX, donde ya está presente su ironía.
Y no podían faltar los recuerdos escolares. En 1969 escribió “Apuñando lápices y cuadernos”. De esa época es su poema “Y las casas quedaron llenas de humo”, dedicado a los héroes sandinistas Julio Buitrago Urroz, Alesio Blandón Juárez, Marco Antonio Rivera Berríos y Aníbal Castrillo Palma. Y no se hubiera equivocado Leonel si se lo hubiese dedicado a sí mismo (o quizá lo hizo), porque ese poema es una curiosa y sorprendente premonición de su muerte.
Después desbordó su genialidad en poemas como “O jugar ajedrez”, poema que yo siempre recordaba cuando, en tiempos de revolución, pasaba por el zaguán de la librería Argeñal, e imaginaba a Carlitos repitiéndole: amigó, aquí un error se paga con sangre / amigó, aquí un error se paga con sangre /… y miraba en el otro extremo del tablero a Leonel, pensativo, abstraído, creando estrategias, valorando probabilidades, aplicando matemática sobre las piezas talladas, respondiéndole: bueeno, bueeno, bueeno, bueno /… mientras con su movimiento se lanzaba al contraataque. O en esos otros muy conocidos, reconocidos: “La tierra es un satélite de la luna”, “Como los santos”, “El libro de la historia del Che”, genialidad suspendida en todos los que ya no pudo escribir, pero que estaban allí esperando ser alumbrados para alumbrar con su propia luz. Leonel Rugama fue un adelantado en su tiempo, quizá porque lo menos que tenía era eso, tiempo, porque vida la tuvo en abundancia.
Dice en Como los santos: “en las catacumbas / ya en la tarde cuando hay poco trabajo / pinto en las paredes / en las paredes de las catacumbas / las imágenes de los santos / de los santos que han muerto matando el hambre / y en la mañana imito a los santos…”. Y los santos de este seminarista que, como los mártires cristianos vivía en las catacumbas, (clandestinidad asociada a cueva, gruta, caverna, túnel, refugio, útero, subsuelo, ¿tumba?), son de carne y hueso, de vida y muerte: Sandino, el Che, Miguel Ángel Ortez, Jorge Navarro, Selim Shible, Jacinto Baca, Julio Buitrago; clandestinidad y veneración expresada por quien está consciente que ha decidido asaltar el cielo, aunque al abandonar definitivamente el aula/nadie percibió su ausencia…
Por eso, desde aquel 15 de enero de 1970, ¡Que se rinda tu madre! es más que el grito de un muchacho de 20 años que, encachimbado y alzado en armas, enfrentó a balazos a decenas de esbirros de la dictadura; es más que el rugido de aquel esteliano que, herido y desangrándose, continuó disparando; es más que la explosiva descarga de adrenalina y el estremecimiento provocado por mixturas de emociones; es más que el último grito enardecido de quien se sabe a las puertas de la muerte, y a un paso de la inmortalidad.
¡Que se rinda tu madre! es más que esa frase célebre o un verso épico con el que Leonel quedó encarnado en su pueblo, rugiendo en miles de jóvenes gargantas que, empuñando los fusiles, lucharon y murieron en las montañas segovianas, y en toda Nicaragua durante la década de los 80, en aquel pavoroso holocausto incoado contra nuestra tierna Revolución Popular Sandinista por los gobiernos norteamericanos de George Bush, el viejo matrero de la CIA, y Ronald Reagan. Y en la gallardía de aquellos jóvenes estuvo encarnado el espíritu combativo de Leonel, convertido en arquetipo del revolucionario nicaragüense, y conceptuado por José Coronel Urtecho como un joven tremendo, tan tremendo que se murió de tremendo...
¡Que se rinda tu madre! es el legado colosal del león-él, Leonel, símbolo y síntesis de la ancestral rebeldía de Diriangén, primer insurgente que, con sus armas y sus guerreros, enfrentó a los conquistadores; ancestral rebeldía heredada por los indios flecheros de Matagalpa, apoyo sustancial para derrotar a los filibusteros, pero que no entraron, no alcanzaron o no los quisieron, por indios, en la Historia oficial.
Ancestral rebeldía renacida y resucitada en Augusto C. Sandino, y su Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, quienes demostraron al mundo que “la soberanía de un pueblo no se discute sino que se defiende con las armas en la mano”; ancestral rebeldía reencarnada en Andrés Castro, quien con certera puntería mostró y demostró que el decoro nacional también se defiende con pedernales; ancestral rebeldía reencarnada en el poeta Rigoberto López Pérez, que selló con plomo el alfa y el omega de aquel dictador; ancestral rebeldía reencarnada en Carlos Fonseca Amador, indiscutible Comandante en Jefe de la Revolución Sandinista; ancestral rebeldía reencarnada en Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, mártir de las libertades públicas; ancestral rebeldía replicada en decenas de miles de nicaragüenses que convirtieron en semillas sus carnes y sus sangres, y las sembraron en su tierra, nuestra tierra, para que en Nicaragua, nunca más, nadie atropelle la dignidad y la libertad de pueblo nicaragüense...

y esto cuéntenselo a todo el mundo
platíquenlo duro
platíquenlo duro siempre
duro siempre
con la tranca en la mano
con el machete en la mano
con la escopeta en la mano
¡Ya platicamos!

Estelí, 29 de enero de 2010