Nuevo Amanecer

La Gioconda


El famoso museo “Le Louvre” en París, acoge cada año alrededor de diez millones de visitantes viniendo de todas partes del mundo para admirar la Gioconda, su famosa joya. En realidad, la pintura que mira la gente es solamente una copia.
¡La verdadera Gioconda de Leonardo da Vinci está en la iglesia del Calvario en León de Nicaragua¡
Le voy a contar esta increíble pero verídica historia.
En 1516, el Rey francés Francisco I invitó a Leonardo da Vinci a vivir en Francia, cerca de él, con la misión de “pensar, soñar y trabajar”. El ilustre genio italiano aceptó y llegó con algunas pinturas suyas, entre las cuáles se encontraba la famosa Mona Lisa y su fabulosa sonrisa.
Leonardo da Vinci estaba acompañado de varias personas y particularmente de un alumno muy talentoso llamado Giuseppe Boronali.
Este discípulo del gran Maestro, como ejercitando el arte, pintó, durante el invierno siguiente, una copia de la Gioconda sobre una pequeña tabla de álamo, con el acuerdo tácito de su autor real, quedando éste muy satisfecho por el resultado casi perfecto.
Cuando el Rey de Francia expresó su deseo de comprar la Gioconda, Leonardo da Vinci le vendió, por malicia, la copia realizada por Boronali, quien recibió, en recompensa, la mitad del dinero de la venta en piezas de oro.
Poco tiempo después, Leonardo recibió la visita discreta, en su humilde castillo del “Clos Lucé”, de un emisario del poderoso Carlos I, Rey de España y de las Américas Españolas y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Leonardo da Vinci tenía una gran amistad con este monarca y una gran admiración por su política. Él le regaló al emisario la verdadera Gioconda con la misión de remitirla a su Rey y Emperador.
El gran célebre pintor e inventor italiano murió en 1519, Francisco I en 1547 y Carlos I en 1558, en el monasterio de Yuste perteneciente a la congregación monástica de San Jerónimo, donde éste último residió después de su abdicación.
La famosa pintura fue legada por él, antes de morir, al abad superior del convento, hombre de austeridad y de penitencia, que la dejó en un desván del monasterio con otras obras profanas, sin ningún valor real para él.
Dos siglos después, el obispo de León de Nicaragua, a través de su jerarquía, pidió a España que le mandaran frailes de la orden de San Jerónimo para ayudarle a reorganizar su diócesis con reglas más estrictas. Este prelado, bien conocido por su avaricia, sabía que los monjes de esa congregación vivían muy sencillamente. En su petición a Madrid, él explicó también que el interior de sus iglesias estaba muy pobre y que algunos objetos de adorno serían bienvenidos.
Así fue que tres hermanos, con sus famosos vestidos blancos y negros, atravesaron el océano atlántico, con algunos obsequios de poco valor. Pero, entre ellos, increíblemente, se encontraba la incalculable Gioconda.
Los monjes se pusieron inmediatamente a orar y a trabajar, y los presentes traídos de España fueron guardados celosamente por el obispo en su Palacio Episcopal, al lado de la catedral.
En la misma época, la reciente iglesia del Calvario, construida gracias a la familia Mayorga, conocía sus primeros años de actividad religiosa.
El padre de ese templo nuevo, el Cura Antonio de la Cruz, quedó insatisfecho porque le faltaba una nueva colección completa de la vía sacra para reemplazar sus pinturas antiguas y en mal estado.
Él mandó a un buen pintor leonés para realizar una cotización por las catorce obras necesarias. Después se fue a encontrarse con el obispo para enseñarle el presupuesto. Cuando su superior vio la suma total, sus santos y benditos ojos se le salieron de su cara:
-¡Ustedes están totalmente inconscientes de proponerme semejante gasto fastuoso!
-Pero, Monseñor, mi nueva iglesia del Calvario necesita buenas representaciones del viacrucis…
-Yo sé, yo sé… Dile a tu pintor que venga por aquí. Yo tengo viejos cuadros que se pueden reutilizar fácilmente y vamos, de esta manera, a rebajar el precio.
Entonces el pintor, Bartolo Benavides, eligió algunos antiguos dentro de una pequeña sala oscura del Palacio Episcopal. La Mona Lisa fue seleccionada solamente por su buen estado de conservación.
El artista aceptó rebajar la mitad de su cotización y regresó a su taller para iniciar su trabajo. Tres meses después, las catorce estaciones de la vía sacra estaban finalizadas.
El Padre Antonio de la Cruz estaba muy feliz cuando las nuevas pinturas fueron colgadas en las paredes de la iglesia. Pero al siguiente domingo, el obispo fue a imponerse a la iglesia del Calvario y pronunció la homilía dominical. Él se atribuyó orgullosamente y sin ninguna vergüenza, el piadoso mérito de la esplendida realización.
Desde esa época y atrás de la capa de pintura de una de las catorce estaciones del vía crucis de la iglesia del Calvario, duerme la auténtica Gioconda, pintura de la propia mano de Leonardo da Vinci entre 1503 y 1506.
Para una persona atenta es fácil de reconocer este cuadro gracias a un pequeño detalle agregado por Bartolo Benavides a una escena bíblica. Él se sentía triste de ver una sonrisa tan linda desparecer debajo de los colores de su paleta y agregó, respetuosamente, una seña personal muy sentimental a la obra litúrgica.
Mire y observe bien cada una de las catorce pinturas, por supuesto sin tocarlas…

Patrice Venayre nació en Francia en 1950, y actualmente radica en León de Nicaragua. Su vida de escritor en Europa se divide entre la literatura (Premio francófono Sol’Air por “La pequeña Santa Virgen” en 2002, autor de “Olvidarla a ella es perderla dos veces” y de “Lagoon blues”) y el periodismo en los diarios franceses “Presse-Océan” y “La Nouvelle République”, como responsable de las rúbricas culturales. Escribió y coescribió también argumentos para el cine y la televisión. El cuento “La Gioconda” forma parte del libro “Mosaico Nicaragüense”, su primera obra en lengua español.