Nuevo Amanecer

Albert Camus revisitado


Motivo de regocijo fue para los entusiastas del existencialismo la reedición, después de muchos años, de los primeros escritos de Albert Camus (1913-1960), Premio Nobel de Literatura en 1957. Agrupados bajo el título desconcertante (El revés y el derecho, L’envers et l’endroit) estos cinco ensayos del gran escritor francés (“La ironía”, “Entre sí y no”, “Con la muerte en el alma”, “Amor a la vida”, “El revés y el derecho”) revelan la precocidad de su admirable talento reflexivo, las grandes líneas y rasgos de su original estilo literario, tan estimado y gozado por las generaciones surgidas en la post-guerra. Pese a ser páginas escritas en 1935 y 1936, es decir, en la primera juventud de Camus, hay en ellas no sólo el resplandor de la gracia poética propia del joven mediterráneo que deambulaba en busca de los dioses ausentes, sino la sabiduría del filósofo que sopesa visiones, juicios y conceptos.
Admirable sino de un escritor que revela ya su estilo personal, su definitivo estilo personal, al filo de sus 20 años. Y es que el inolvidable autor de El extranjero, más allá de su incursión por las ideologías, más allá de su aprendizaje y conocimiento de las técnicas y el vocabulario de la filosofía de su tiempo (la fenomenología, el existencialismo y el marxismo), era fundamentalmente, y desde sus inicios, un poeta templado en el espíritu y la lengua de Séneca y Pascal, de Montaigne y La Rochefoucauld, de Racine y La Brúyere. Un poeta y pensador que ha creado probablemente la mejor prosa en lengua francesa de nuestro tiempo.
Por supuesto que estos deliciosos ensayos-relatos o relatos-ensayos o como quiera llamárseles no forman parte de la obra más representativa de Camus, pero son absolutamente indispensables para comprender la génesis y formación de su estilo y de su pensamiento que, como sabemos, brillan con interminable fuerza propia dentro de las corrientes existencialistas, diferenciándose claramente de un Sartre o de un Merleau Ponty, aunque tenga afinidades ideológicas con éstos.
Esta edición de Alianza Editorial, que dicho sea de paso es una reedición de la de la Editorial Losada (1958), incluye el prólogo que Camus escribiera poco antes de su muerte, y en donde explica por qué se había negado a autorizar la reedición de estos ensayos primerizos. Con la extraña humildad que lo caracteriza, Camus decía: “No reniego de lo que he expresado en estos escritos, pero su forma siempre me ha parecido torpe. Los prejuicios que, muy a pesar mío, abrigo acerca del arte, me han impedido durante mucho tiempo considerar la posibilidad de su reedición... zanjada la cuestión de su valor literario, puedo confesar, en efecto, que para mí el valor testimonial de este librito es considerable. Y digo bien para mí, pues es ante mí ante quien testimonia y es de mí de quien exige una fidelidad cuya profundidad y dificultad sólo yo conozco”.
Sin embargo, reconoce más adelante que en ese librito está su fuente, su cantera inagotable de artista. “Cada artista conserva así, en el fondo de sí mismo, una fuente única que alimenta durante toda la vida lo que es él y lo que él dice”. En el luminoso prólogo de Camus no solamente encontraremos referencias directas a las circunstancias que produjeron la obra que comentamos (los años de su adolescencia pobre y difícil en Argelia, años de desconcierto y búsqueda de la identidad personal, años de errancia, soledad y comunión), sino una serie de reflexiones que atañen a toda su obra, a su verdad intransferible de escritor testigo de nuestro tiempo y, por supuesto, a las siempre actuales relaciones entre literatura y sociedad, al eterno conflicto entre el artista y la comunidad, equivalente, en términos de psicoanálisis existencial, al conflicto entre el Yo y los Otros. De ahí su conocida afinidad con Sartre, afinidad que será la clave de la amistad entre estos dos genios de la literatura francesa: El infierno son los otros.
La lectura y relectura de estos escritos primerizos de Camus son saludables: nos comunican un temple moral y espiritual de primer orden, las reflexiones e inquietudes de un joven escritor que desde que tomó en sus manos la pluma supo revelarnos, bajo la ilustre y vigorosa luz del sol mediterráneo, el sentimiento trágico de la vida, la conciencia desdichada del hombre moderno en toda su despiadada dimensión. Una percepción del drama humano cotidiano expresada a través de una forma breve, absolutamente concisa y lapidaria, que participa por igual del relato, el ensayo y el poema en prosa; el testimonio maravillado y, a la vez, analítico de un hombre lleno de mundo, habitado por el mundo y creyente sólo en el mundo como salvación y trascendencia:
“No me quejo, puesto que me veo nacer. A esta hora, todo mi reino es de este mundo. Este sol y estas sombras, este calor y este frío que viene del fondo del aire: ¿voy a preguntarme si algo muere y si los hombres sufren, puesto que todo está escrito en esta ventana en la que el ciello derrama la plenitud yendo al encuentro de mi piedad? Puedo decir, yo lo diré ahora mismo, que lo que importa es ser humano y sencillo. No, lo que importa es ser verdadero. Y entonces todo se da en ello naturalmente: la humanidad y la sencillez. ¿Y cuándo, pues, soy más verdadero que cuando soy del mundo?”.
Esta fidelidad a la vida es la que marca toda la obra de Albert Camus, sus novelas, dramas, relatos, crónicas y ensayos. Esta fidelidad es la que explica su compromiso con los hombres de su tiempo que sigue siendo, hay que decirlo, el nuestro. Compromiso no con las agrisadas y sepulcrales ideologías cuyos altavoces no nos dicen ya nada, sino con el hombre concreto: el hombre que siente, goza y sufre en cualquier rincón de la tierra y que en cualquier rincón de la tierra (bajo la cobertura de no importa qué ideología, partido o religión), aspira a la libertad irreductible e inalienable.