Nuevo Amanecer

Su vida ya era un calvario


“Ve, y dónde está”… En el trece. “Cómo que en el trece, no te entiendo”. Pues en el trece, vos no entendés nada, papá; todo tengo que explicártelo más de mil veces. Sos cerrado como el culo de un macho. “Es que vos escogiste este número jodido que se las trae; pues algo ha de tener; por algo lo maldice la gente. “Pero yo, para nada, lo estoy usando de esa manera.” Seguí el hilo de la cosa y basta. Te acordás de Julián, el que te rompió la nariz y el hocico, por la Josefita; y eso que estaban en el quinto grado, y vos siempre dijiste que era quien en verdad te había vergueado; pero lo que yo no sé es cómo llegaron a tromponearse, si eran muy buenos amigos. Me supongo que algo malo contra vos le dijo esa chavala, que no te gustó, y él te lo dijo para que le dieras con los cuadernos en la cara; pero el jodido agarró a pecho la cosa y la defendió y te jaló de la camisa, por lo que no pudiste sostenerte y caíste al suelo, y ahí te agarró a patadas y vergazos; y yo que creí que cuando te levantaste ibas a coscorronearlo, pues a todos nosotros nos domaste a punta de verga. Pero no, en un santiamén ya sangrabas y te tragaste la mierda roja. “Sigo sin entenderte”. Ya vas a darme la razón; seguí el hilo… seguí el hilo…
Después que subimos de la playa, allá en Monimbó, a César Tapia se le ocurrió que nos quedáramos arriba, en mitad del bajadero, agazapados para espiar a la Tomasita García, la chavala de don Cairo; vos sabés cómo era arisca, y no se zafaba la combinación por nada del mundo mientras estuviéramos cerca, pataleando desde la orilla de las piedras. Vos decís que era presumida, mojigata, mentirosa, pues esa vez su mamá nos corrió de donde pescábamos; la mocosa le dijo que la estábamos espiando y que sólo vulgaridades le decíamos; pero yo sabía que eran puras babosadas las de ella. “Ya recuerdo, pues, en el nocturno de Masaya, mientras la profe Sandra nos leía la Sonatina nos cruzamos los papelitos y dimos un número a cada uno, y a vos te tocó el trece. Y todos los jodidos, incluyéndome yo, nos sentimos agüevados cuando le diste vuelta a la carta y estaba tu nombre escrito en ella…
Te acordás del seis, Ramiro, ese se hizo policía. Dicen que lo tienen en Matagalpa, es uno de los compas curiosos pues sólo era tocar y tocar su guitarra en los recreos; hasta que le pusieron un chicle en la banca de cemento cerca de la cancha de basquetbol, y vino y se vergueó también con Julián; y ya que te hablo de Julián, este maje me contaron que se dedicó a vender droga, y que hace como dos años lo vieron en una acera del mercado Huembes, en Managua, todo hecho leña el baboso… Pero te estaba hablando del seis, acordate que Julián… Ve cómo son las cosas, a vos te vergueó éste, y Ramiro se lo cocinó en un santiamén; le inflamó los ojos; era flaquito y callado… Lo que no sabíamos era que estaba en una escuela de boxeo en Paisesbajos. Yo no sé cómo le resististe a Ramiro; yo siento que quedaron empate, durante la pelea en el salón comunal de Monimbó; lo que pasa es que, pienso yo, te robaron la pelea… y como que les agarró culillo a los dos, pues ninguno siguió en el boxeo”. Yo, fue porque mi mamá no quiso; dijo que eso era para vagos y que iba a terminar ahogado en drogas, mujeres y guaro. De Ramiro resulta que fue la novia la que también le metió carbón y lo amenazó que si no dejaba el boxeo lo “quebraba” y que jamás volvería a cruzar palabra con ella. “Es curioso que los dos le hayan hecho caso a dos mujeres”.
Ahora, a lo lejos de los años, pienso que tenían la razón conmigo, pues yo no creo que hubiera aguantado tanta corrupción que hay detrás de un entarimado. No creo que hubiera soportado tanta cochinada. “Y contame, qué fue lo que viste esa vez, pues cuando llegaste a donde nosotros venías como que te había salido el diablo… Pero antes contame si has vuelto a saber de Tomasita… qué se habrá hecho… Recuerdo que la vi en una procesión, como a los cinco años, con un jodido de San Jerónimo; pero recordá que siempre se comentó que no le duraban los novios, que tenía una sal de los mil diablos; algo tenía esa chavala que ningún jodido pegaba con ella…” Yo creo que nunca nadie se la cogió, pues se mira a lo largo cuando una mujer ya lo ha prestado. “Voy a contarte algo que nunca supo nadie, ni vos mismo cabrón, pues hasta hoy seguimos siendo amigos. Lo que voy a decirte tiene que ver con lo que me pasó esa vez, cuando volteé la carta con el número trece, y se me llenó la cabeza de fantasías y los mil diablos… Yo me fui asomando despacito, sí… muy despacito, sin que el aire que exhalaba pudiera mover el zacate requemado… Estaba hecho un manojo de nervios. Me resbalé a como pude y, a gachas, arrastrándome entre los troncos y piedras fue como llegué hasta la peña donde ponían la ropa lavada. Ahí esperé, sentí que el corazón se me salía; yo sentí que me cagaba del miedo. Estuve a punto de devolverme, pero me puse a pensar en lo que ustedes iban a decir; y que yo era un culista, un maricón y que por qué mejor no lo dije de una vez y hubiera dado la carta a otro de ustedes.
Vi el cielo, donde andaban unos zopilotes que me parecieron pelones y viejos, una lagartija quedaba viendo con ojo de piedra, inflando y desinflando el pescuezo, y muy clarito escuché a doña Julia, la mamá de Tomasita…: “Hija, andá cambiate la ropa, que ya es hora para que nos vayamos; parece que va a llover”. Y sentí el plac… plac… plac… en el pecho otra vez. Y a como pude aparté la macolla de zacate, como si lo hubiera hecho con un cuchillo, y asomé un ojo; para qué más, bastó con el izquierdo aunque me quedara torcida la cabeza… El camisón era un ángel de nube; escurrió el agua del apretado moño de trenzas; y como que si sospechara volvió a ver hacia donde yo estaba, con recelo; pero no… volvió a su afán de zafarse la prenda por debajo de las rodillas. No andaba, como siempre, sostén ninguno. En eso cayó un garrobo del palo de chilamate a las aguas de la laguna, lo que espantó a unos pájaros zanates que arponeaban el manto verde de la poza. Asomó su cabeza detrás de las hojas de higuerón… y vi la espalda desnuda, lisa, brillante, dulce, como si le hubieran pasado lija y pasta de lustrar. Se agachó sin volver la cara; dejó caer el trapo y las dos caderas aparecieron henchidas con una redondez terrible…
Acordamos que quien sacara la carta premiada tenía que masturbarse; me abrí el pantalón y metí los dedos, mis testículos estaban tensos, calientes, escupí saliva… Lo lógico era que por comodidad se diera vuelta en algún momento, pero no lo hizo; fue subiéndose el calzón de hilo blanco, se puso la falda que era amarrilla como el sostén, prensó bien las trenzas, colocó una peineta de cacho en su pelo, repitió la mirada hacia el lugar donde yo la vigilaba y salió como si algo temiera. Me quedé intrigado, esa vez, con la jodida…
“¿Porqué decís eso? Nos mostraste la mano húmeda, y estuvimos de acuerdo en que te habías masturbado, y por consiguiente que habías visto desnuda a la Tomasita. Recuerdo muy bien que estuviste contando, por varios días, las delicias de la desnudez de la chavala. Acordate bien que el siete, Román Gómez, quien ahora es un empleado del banco, y a quien un bus lo golpeó después de la revolución, y le quedó un pata chueca; el muy hijueputa es más creído que un culo de yegua. Yo lo veo y no vuelvo ni a verlo, hasta me dan ganas de burlarme. Pues acordate bien que nos dimos cuenta que lo agarraron una noche con un perro que le lamía lo coyoles, en un callejón donde doña Tina, la que vendía tortillas. Algo de lo que estás diciendo lo manejó como un chisme, pero ninguno de nosotros le hizo caso”.
Bueno, voy a contártelo porque ahora ya no importa ni mierda lo que hicimos cuando chavalos, a lo mejor importe la vara, pero no viene al caso. Te decía que nadie, nunca, supo que yo me le acerqué a escondidas a la tal Tomasita; nos veíamos detrás de los tanques de agua en el barrio Pancasán, creo que así se llama, y varias veces le dije que fuéramos al motel que está en la salida hacia Granada, y nada. Me permitía besarla y acariciarle las tetas, que por cierto se le hicieron grandes y duras, pero hasta ahí. Muchas veces intenté meterle los dedos bajo la falda y saltaba como un resorte, y me amenazaba con que así no eran las cosas, que si yo la quería no tenía porqué andarle metiendo la mano donde no debía. Pasaron como dos meses y yo más embramado me ponía, porque vos sabés, ese traserote a cualquiera le sacaba las babas.
Una vez como que me sinceré y le dije que estaba bien, que no volvería a repetir mis intenciones y que hasta podría casarme con ella, y que yo la amaría y la iba a aceptar a como era ella. Ese día, en vez de alegrarse, pues siempre era lo que me pedía, se fue para su casa como con un saco de tristeza. Bajó los ojos sin decir nada, me dio un beso y se fue de prisa entre las calles del Barrio Loco. No quiso verme durante quince días. Pero fue tanta la insistencia de mi parte que terminó aceptando que volviéramos, con la condición que, pasara lo que pasara, yo debía amarla para toda la vida. Eso acordamos.
“Nada de lo que me has contado hasta ahora, lo entiendo con certeza; parece que te cuesta sacar esa cochinada que andás por dentro”. A lo mejor es lo que vos decís. Andrés, el uno, sabés bien que se hizo médico y todavía trabaja en el hospital de Masaya, me sacó de la gran duda. Esa primera vez que vi desnuda a Tomasita algo sospeché y me quedé cuitiado, a lo mejor embrujado, o embobado, pero no lo vi todo con certeza; lo extraño es que lo mejor era olvidarme de todo y desterrarla de mi vida, pero ocurrió lo contrario. La cosa es que decidió ir al motel, pero el que está cogiendo para los pueblos blancos.
Clarito lo recuerdo… Se leía en la canción de Los Babys, “el tiempo te dirá la realidad/ y yo te adoraré una eternidad…” El hilo de luz entre los bloques de cemento atravesó la botella de cerveza Victoria que se abrió en un capullo dorado sobre la cama. “Te quiero y no puedo negarlo…” La seductora simbiosis de recato y lo salvaje nos hizo ir rompiendo normas que frenaban los deseos; abrió el abanico de su cabellera y cubrió la almohada con un negro intenso, oloroso a jardines y paraíso, y sentí cómo cedió el último botón de su blusa celeste con diminutas florecillas blancas… Yo sé que vos no sabés nada de términos médicos; a lo mejor nada de lo que se refiera a la sexualidad.
Le lancé la pregunta a Andrés, el médico, y me respondió que había más de un cincuenta por ciento de que lo que yo había observado en Tomasita era cierto. Que eso era una tragedia, por todos los prejuicios contra la intersexualidad, y que iba a cargarla durante toda su vida; y sin duda, su vida ya era un calvario. “Acaso ya no era virgen, o quería agarrarte de pendejo”. No hombre, es algo peor. Andrés me aclaró que las hermafroditas que presentan clitorectomía pueden tener “turca” visible, aunque pequeñita”. ¿Querés decirme, entonces, que Tomasita tenía un pene... una verga, pues?