Nuevo Amanecer

Perrozompopo


Para Erick Aguirre
Abajo, la olla de agua hirviendo, arriba, nosotros, los futuros chicharrones, colgando, abiertos en canal, destilando sangre para las morongas, hablemos o no hablemos, nos hundirán un punzón en el corazón y nos meterán en el agua hirviendo para pelarnos. Después, nos tuquearán, luego a los peroles. Francamente no me hubiera gustado este infierno, pero tampoco era mejor el otro, el de las calles... pero, los gritos, chillidos, chirridos más bien, de los chicharrones, digo, niños, futuras bocas en el estómago de algún borracho o en la respetable boca de honorable dama, que los ingiera en fastuosa fiesta con caballo bayo, para al final, feliz, cagarnos convertidos en mierda, depositada en lujoso baño de rica o en un escusado de mercado, de a peso la cagada, pero todos juntos al final, en la cloaca del gran lago-cielo, por eso prefiero recordarlo...
¡Cuánto lo quiero!
Y claro que me gustaba, y creo que a él también. Era agresivo, y rugía como nadie, parecía perro.
Cuando nos conocimos, caminaba dificultosamente.
Al principio, el asfalto hirviente le quemaba las palmas de las manos. Con el tiempo, los callos lo protegieron de lo áspero y caliente de las calles. A fuerza de movilizarse en esa posición, sus ojos se volvieron saltones, como de batracio. El cuello, alargado: lo metía y lo sacaba, con obscenidad de tortuga. La frente, hacia atrás. La mandíbula, saliente. Dientes fuertes y labios gruesos. El inferior más grande que el superior. Quijada poderosa. Pelambre chiriza. Las orejas, móviles, agudas. Brazos largos y poderosos. Pecho angosto y nervioso. Sus piernas, flácidas: remedos de remos de rana mal reevolucionada. Entre las piernas, impúdico, el badajo descomunal.
Presumo por las calles del Mercado Oriental, luciendo mis nuevos zapatos de llanta de carro que me protegen las rodillas y los empeines. En mis manos, guantes de cuero, como en las películas de lucha libre. Pido limosna y comida entre las calles del mayor laberinto del país, pues es preferible pedir que robar.
Tiene sus ventajas ser así: en primer lugar soy único. No creo que se pueda encontrar otro como yo, por lo menos en todo mi mundo y por si fuera poco, les miro las piernas a todas las jañas y les güelo el chunche. ¡Ah, qué de olores!
Discreto, pero suficientemente visible, solicito el escapulario acompañando la lacrimosa, inventada oración salmodiada gangosamente:

Una limosnita para la tortillita, questa criaturita espera su ayudita.

Nuestro señor en la crucita y la Virgen, su madrecita lo anotarán en la cuentecita para la hora de la partidita.

Un buen día apareció por el basurero del lado del Paloegato, por donde las putas, dormía donde me agarraba la noche, entre pedigüeños, viejos, ladrones y playos bazuqueras, pirucas y cipotes huelepega. Al principio me tuvieron miedo, pues decían que yo era así de contrahecho por castigo del diablo, digo yo.
Los primeros que se me fueron acercando fueron los chigüines, les contaba historias como la del zopilote que me robó cuando era chavalo, sólo que yo no era guelepega como ustedes, cipotes chanchos (¡tu madre!), y como mi mamá me quiso salvar de las garras del querque, me agarró de los brazos, entonces el zopilote me ensartó las uñas en las piernas, bien duro, los brazos se me alargaron y como mi mamá vio que a ella también la levantaba el zopilote, me tuvo que soltar y del somatón se murió.
El zopilote se elevó y voló y me vino a botar desde el pueblo hasta aquí. O la vez cuando vi que una vieja se convirtió en chancha y que andando por las calles un hombre se la robó y después de chuncharle el chunche la mató para hacerla chicharrones, moronga, frito y venderlos, pero cuando la tenían colgando, de cabeza, recobró sus formas humanas, se dio cuenta que era su madre (¡la tuya!), no importa dicen que dijo, pues de todas maneras ya está muerta, y la hizo chicharrones y toditos, toditos los vendió, ¡ja, ja, ja!
Los chavalos mucho nos divertíamos y olvidábamos nuestras penas, pero al dormirnos soñábamos las historias y entonces nos daba miedo y nos veíamos colgando de cabeza, estilando sangre, sobre la olla de aceite hirviendo para preparar los chicharrones. Entonces buscábamos protección entre las piernas de Perrozompopo, y él nos juntaba contra su chuncha y nos decía que no gritáramos porque si no, nos echaría a la policía.
La policía es mala porque nos pega unas hamaqueadas que no es jugando. Perrozompopo es bueno, nos contempla de noche y nos cuida. La Sultana se pone celosa pero no dice nada. Sólo nos mira, pues sabe que después será el turno de ella y a nosotros nos da risa cuando los vemos enchutados; ya nos los imaginábamos trabados, arrastrando a Perrozompopo por todas las calles de mercado, al principio se ponía furiosa pero después de dos apaleadas, se compuso.
Al amanecer salimos a peguear a las calles pues hay que ajustar para el golpe, la pega, y el tapi del maje ese.
Un día, unos pirucas lo encontraron y le hicieron una broma: le pusieron, a la fuerza, una bolsa plástica con pega, en la boca y en la nariz, la agitación de la lucha lo obligó a aspirar profundo varias veces y pronto sintió que caía en enorme hoyo.
Otra noche, andando solo, volvió a encontrarse con los pirucas. Esta vez no le pusieron ninguna bolsa, pero lo golpearon y uno de ellos, Pichacha, intentó violarlo, pero cuando vieron que en lugar de nalgas tenía un par de huesos salientes a los lados de un extraño orificio, le metieron una botella.
Cuando despertó, estaba herido. De todo se acordaba. Su bolso de comida lo tenía alrededor del cuello, el del dinero estaba tirado, vacío, cerca. Si hubiera andando la Sultana, otro gallo le hubiera cantado.
Como pudo llegó al lugar donde dormían los niños y la Sultana. Ellos lo cuidaron todos esos días para que no muriera.
Cuando se recuperó, empezó a recorrer todo el mercado, buscando a los pirucas. Como sabandija se escabullía cada vez que le parecía reconocer a alguno.
Finalmente, una tarde-noche, vio que uno de ellos orinaba detrás de un carretón, con cuidado lo vigiló y lo siguió hasta el lugar donde dormían, un cascarón de camioneta. Allí estaban los otros dos bebiendo guaro y oliendo pega.
Durante varios días con la ayuda de sus secuaces, “los sisimites”, como él les llamaba a los niños roba cualquier cosa, come-cuando-hay, güelepega, chupa-mocos.
Una noche, uno de los niños le fue a avisar a Perrozompopo que Pichacha había salido, parece que a conseguir más guaro lija. Al doblar por la esquina vio una luz muy fuerte y después todo fue oscuridad. Con la cabeza rota Pichacha cayó casi inconsciente. De entre la oscuridad salió Perrozompopo y le hundió varias veces un punzón, para luego meterle una estaca por el mismo lugar que a él le habían metido la botella.
Cuando Tortilla Seca salió a buscar a Pichacha, lo encontró ahogado en su propia sangre. Le quitó el envase de aceite donde tenía el guaro, se lo tomó en señal de duelo y ya bien loco agarró para la línea del tren y amaneció bien destripado.
A Tonel lo agarramos a la pura impresión: estaba bien sorneado de tapis. En su borrachera nos dijo, chavalos hijos de la cien mil putas, ahora verán, y nos quiso agarrar.
Como no pudo, nos corrió, trastabillando, por los callejones del barcasal de chinamos, truchas y basura, pero no nos pudo alcanzar. Se regresó y de cansado se durmió, tal vez en el sueño no sintió el olor de la gasolina que le echamos. Soñó que estaba en el infierno, sintió una gran sed, ha de ser la goma pensó, pero cuando quiso levantarse sólo vio el mismo infierno a sus pies. Empezó a gritar pero nadie lo oyó, llama que llama y nada de oídos.
Al amanecer el cadáver quemado de Tonel, fue la comidilla: “Lo dejaron bien frito”: “A todo tonel le llega su aceite”.
Perrozompopo desapareció de las calles del eme O.
Los niños allí andan, robando y oliendo pega.
Unos dicen que han visto a Perrozompopo en una camioneta de tina, con un viejo chele. Dicen que hizo riales.
Ahora yo, solita, aquí, pues parece que me olvidó. De vez en cuando miro a los muchachos pero no les hago caso: me tiran piedras. Sólo uno de ellos, bien loco me quiso jincar a la fuerza, pero no me dejé, no fuera a ser que lo supiera Perrozompopo.
De vez en cuando la policía hace redadas y los agarra para interrogarlos sobre el paradero de Perrozompopo. Los cuelgan sobre el perol de aceite hirviendo para hacerlos chicharrón, entonces desean que aparezca un zopilote gigante y se los lleve para otro basurero, a otro infierno menos duro, no como este mío, que es más grande, pues clarito oigo el rugido de amor de Perrozompopo, cuando me fornicaba, parecía perro de verdad, sólo que no se quedaba pegado como los otros. Ahora no está conmigo... con otra andará: ¡Ruge el perro con otra perra!

Franz Galich (1951-2007)
De su libro inédito “Perrozompopo y otros cuentos latinoamericanos”.