Nuevo Amanecer

El bizco Suazo


A Erick Aguirre Aragón
Rodolfo Suazo creció encaramado sobre un barranco. Frente a su casa el vacío esperaba. Al fondo flotaba un callejón que moría doscientos metros abajo, grato bañadero inundado por el rumor de mujeres desnudas. Arriba del farallón vivía a salvo, gracias a su prematura astucia de cóndor. De vez en cuando bajaba de esa ladera, desguindándose cauteloso por un sendero arquitectónico elaborado con precisión incaica.
Tiempos hubo que quiso planear junto al chiflido visceral de los zopilotes, amaba la temporada migratoria de las golondrinas becquerianas que llegaban a soplarle al oído versos románticos; eran tiempos de murciélagos trasnochadores, época que espantaban su alma hacia otros sitios de Dios más abandonados. ¿Era mejor quedarse en casa, subiendo igual que Sísifo la carga de su eterno destino?
El sitio escarpado afligía tanto, que los hijos de su tía Laura, cuando alcanzaron la planicie de la calle, alegres de tal proeza, ya no quisieron regresar. Mientras el prematuro Marino y su hermano se fueron a navegar otros rumbos, Rodolfo se quedó en esa cúspide que le recordaban los picos armenios. Allí se quedó acompañando a su madre Socorro y a su tío Alberto, sin pensar que las palomas diluvianas le llevarían algún ramito de hierbas para consolar su tristeza.

Dos
Desde temprano Rodolfo aprendió a defenderse de los obstáculos de la llanura; en tierras bajas los peligros eran otros. Con su puño y sin ninguna letra -todavía no había aprendido hacerlas- se ganó el respeto de los vecinos.
Un combate de numerosos raunds en el Parque Central con el trompeador invicto, William “Perro Flaco” Castrillo, llamó la atención de los cronistas deportivos Noel Nigua Deleo y Tulio Chicharrón Suárez, quienes en forma vertiginosa informaron al pueblo de tan parejo acontecimiento: salieron empatados. Es mas, muchísimos espectadores creíamos que Rodolfo Suazo saldría corriendo a meterse debajo de las naguas de su progenitora, pero no, el joven Suazo demostró rapidez y contundencia con sus rectos al hígado que neutralizaban al atacante, concluyeron los sabihondos habladores del evento pugilístico.
Con eso de subir y bajar esas crestas rocosas, se mantenía Rodolfo en perfecta condición física. Los franqueables riscos lo transformaron en un alpinista anclado en medio del trópico, ya que nunca dejó respirar el aire templado que lo cobijaba. Gozaba de las tardes, los atardeceres y las sombras. Bebió la sopa negra de los antiguos griegos. Entendió que además de sus ágiles piernas, tenía dos brazos que ejercitar. Se hizo sastre.
La Singer dominó sin tropiezos, pero la corta distancia entre su ojo y la costura afectó el ángulo visual, a tal grado que los músculos retractores del globo ocular no jalaban parejo: se volvió estrábico, es decir, bizco. Desde entonces a Rodolfo lo conocen como el Bizco Suazo, situación que ha querido corregir con cirujanos especialistas, ya que dinero le sobra y ganas también.
El sabía que la presbicia fisiológica compensatoria ocasionada por la altura, lo había obligado a rastrear obstáculos en un foco posterior a la retina; las águilas y los gavilanes pueden ajustar la distancia de su presa a una velocidad de descenso regulada, pero él no pudo acercar los objetos cerrándoles el paso. Todo eso, Saint-John Perse ya se lo había explicado en hermosos prosemas sobre los pájaros.
Graduado de sastre en diferentes talleres artesanales, Rodolfo alcanzó la dignidad de Ricardo Deleo, Caimo León y Chepe Cruz, costureros del pueblo, ajenos a las pasarelas y escaparates de moda, pero de ellos dependía la holgura otorgada al ruiseñor y del roce posterior de las masas musculares.
Rodolfo Suazo nunca hizo pantalones desfachatados aunque el cristiano tuviese el fundillo torcido, tampoco entregaba la costura a media noche para evitar reclamos. Era un ser positivo. Si un cliente indeciso pedía le enderezara los pliegues del pantalón, desaparecía con gusto los paletones; si una dama se quejaba del gallo corto, se lo agrandaba; si quedaba brinca-charco le bajaba el ruedo, si le apretaba la cintura, se la aflojaba. Las complacencias laborales lo convirtieron en sastre cumplidor: entregaba los compromisos a su debido tiempo.

Tres
Rodolfo heredó de su madre un costado de esa pirámide donde había nacido. Patio o solar, el declive faraónico era el mismo. Ahí construyó su casa. Antes de iniciar los cimientos rebanó de un tajo el trauma de su infancia, cambió la topografía del terreno raspándolo a nivel de la calle, así podía sacar todas las noches la mecedora a la acera sin temor de caer al vacío. Ahora podían verse cara a cara los vecinos.
El laborioso sastre casó con Juanita. Y al rato aparecieron dos chigüines escaneados del genoma de su padre. Para esa época Rodolfo ya sabía contar; había aprendido frotándole el rostro a su amigo Francisco Hernández de Córdoba. Un billete tenía dos caras y las monedas también. Un número comenzaba y terminaba en el grosor del papel o en el canto del metal.
Veinte córdobas iniciaba en uno y tenía que llegar al diecinueve para alcanzar el veinte. Trescientos era una cifra de varias unidades. $50,000.00 era menos que $200.000.00. Rodolfo acumulaba su fuerza de trabajo convirtiéndola en el rostro encantador de Francisco Hernández de Córdoba, fundador de Granada y León en Nicaragua. El homónimo de F. H. de C. establecido en Yucatán, ese le valía madre.

Cuatro
El interés de Rodolfo por acaparar la moneda que asoma al nicaragüense sol de encendidos oros, tenía el mismo interés por conservar el billete del encomendero barbas de chivo. Sin presentir siquiera algún aire levantisco por tacaño, Rodolfo se quedó a vivir tranquilamente en su nueva casa con la sana intención de Arquímedes, pidiendo un punto de apoyo para mover al mundo. Su lana es maldecida y a la vez suplicada. Algunos beodos lo amenazan con los pecados capitales, porque creen que llegan de Managua, mientras otros los refieren a la capitalización del piste.
Sin poner obstáculo el sastre reconoce que el orgullo, avaricia, glotonería, lujuria, pereza, envidia y la ira, habitan otros corazones más ingratos que el suyo, se necesitan muchos siglos de teología para llenar el alma con tanta mierda. Lo que si aprendió de buena gana fue una virtud capital: callar.

Callar pero no negar su vida y las circunstancias que lo ablandaron o endurecieron a la medida ejemplar de los vecinos. En cierto modo nada inventó como para salir corriendo a patentarlo. Sus múltiples espejos le revelaron una realidad reproductora de algarabías perniciosas, tristezas palúdicas y conmociones faranduleras que todos padecemos.