Nuevo Amanecer

Lontano


“E come quei che, con lena affannata,
uscito fuor, del pelago alla riva,
si volge all’ aqua perigliosa e guatta”
Dante, Infierno 1,22-24
Cierra los ojos:
la mermelada lisa del clausurado
párpado te temblará.
Hay humedad contigo.
Giras los brazos y palpas
la pared, miras arriba, abajo,
allá, al otro lado;
hilvanas una sombra larga,
los cordeles blanquísimos, calizos,
de un lento ataúd;
respiras incienso, masticas
una rata blanca, un polvoso pelo,
una ruidosa pelota de naftalina.
Hay manos que te agarran.
El pie que se hunde.
La pala fragorosa.
Dejaste todo atrás: familia,
iglesia, escuela, patria,
sellos envilecidos, mascarones
del pánico, cariátides amenazantes,
nombres que ya no nombras,
galerones de lejano olor marino,
fisuras, figuraciones, fugas...

Cierra los ojos,
que la médula hormiguea.
Es la una de la tarde
y saca sus uñas el diablo, saca
su frasco el cuerpo, tiéndese
franco, rechina
el cartílago intersticial
de la plúmbea persona.
Cierra...
que da pavor esa sirena afuera.

Sí, cierra los ojos:
contempla con un rigor jovial
la procesión de imágenes
de tu sepelio hermoso.
Algo como el fulgor de un día antiguo
te llega
y cubre de agua fresca,
de fresco amor,
esta tierra vasta, porosa, oscurecida.

Cierra los ojos de nuevo.
Al fondo vibran los tambores
y las guitarras eléctricas de tu tiempo.
Una ínfima luz roja -rojísima-
enciéndese y apágase.
Una estrella crepita desprendida.
Gorgotean distantes vertederos.
Censuran labios.
Un grito interrumpido regresa
y declina: gráfico gong
del absoluto en ondas entrevisto.
filosa inscripción, escritura:
lectura y sepultura.
Un solo de trompeta traspasa
el humo de la ciudad.
La ciudad se confunde con la noche,
la noche con tus visiones:
aquellos seres -¿recuerdas?-,
aquellos que te clavaban
todo el amor o el odio
con un palillo hediondo.
Aquellos mismos seres.
El muslo aquél de una mujer extensa
con su abertura enorme, deliciosa:
los crótalos del fandango, el sistro
entre sogas y cuchillos y la alta piel
redescubierta precipitándose,
la pulpa obscena reteniéndote,
el salobre aire... la mordedura rosa
del alba reiterada, la mañana profusa
en el extraño país, la pureza
de una tarde compartida, unos
árboles que retroceden suavemente
ante el crepúsculo cárdeno,
el milagro visible titilando...
túmulos, hechos, hombres, fechas...

Cierra los ojos.
Todavía perviven las visiones
y tienes mucha luz en el pecho.
Cuando salgas
llévate las olas del tumulto,
alza tu rostro, abre
sin fin la pupila, apresúrate,
salta, mídete con el viento,
lánzate sobre la hierba, sacúdete
tus ángeles,
embriágate del día que te evade
de ti mismo, muestra
tu lengua de ceniza,
la telaraña de los muertos borrachos
bajo tierra,
la baba inescrutable,
la sangre acusadora,
el encharcado corazón,
el cuerpo prolongándose en pedazos,
el barro, el polvo, tu cáscara,
tu risa, tu voz espantosa;
avanza, invoca, persigue
esas visiones, esas formas
que a ti, jardinero plutónico,
te conciernen.

Duerme, poeta, duerme.
Duérmete, niño.
Cierra los ojos:
¡Cuanto espacio en el sueño!

Álvaro Urtecho (1951-2007)
De su libro: “Tumba y residencia” (Poesía reunida, 2000)