Nuevo Amanecer

La prosa de Azarías H. Pallais


Azarías H.  Pallais es sobre todo un poeta que sustenta a un escritor y  su obra integral, quiero decir, es un poeta en verso y en prosa y un prosista moderno, que trascendió su modernismo procedente de la banda menor del simbolismo, para ser un autor contemporáneo, principalmente por lo que tiene de heterogéneo:   arcaico, clásico, medieval e innovador o revolucionario,  sencillo y complicado,  transgresor de los géneros literarios y las formas elocutivas mayores y menores y a su vez, con un gesto lúdico, alegre, unificador de los mismos para abrirlos a otras funciones, generando una dinámica extraña, contradictoria y armónica y un estilo muy particular, encantador. La obra de Pallais, como dice él mismo, es “una gran fiesta, una fiesta de primera clase, con vigilia y octava y ornamento blanco y todas las luces encendidas y vinos de cruz de Bourgogne, Corton y Chambertin”…
Por ello, confirmando su modernismo es más que un modernista y más que  un precursor del movimiento  nicaragüense o granadino de Vanguardia (1927-1940),  para ser un poeta que salta con la vanguardia y sobre la vanguardia (léanse a esta luz sus Caminos (1921) y Baladas, un tributo a Paul Fort,  que datan desde 1926).   Si bien es verdad que es un poeta extraordinario, también es cierto que no es menos extraordinario como prosista. Aún más, en muchísimos momentos, el prosista supera al poeta; fue uno de los pocos sacerdotes modernistas, que como pocos modernistas poseía una cultura clásica, bloque de mármol cargado de vida y de una blancura con jaspes rojos  a veces y jaspes ocres otras veces, humanística y teológica, transida de teología moral y dogmática, de  los Santos Padres de la Iglesia y de los santos; como casi todos los modernistas, era un verdadero artista de la prosa, orfebre como gustaban decir ellos; recordemos que al fin y al cabo su cultura era de ascendencia francesa: Catulle Mendès, Emile Zola, Alfred de Musset…     
Como afirma Octavio Paz (1914-1998)  del mexicano  Ramón López Velarde (1888-1921), no sería el prosista  que es, si no fuera el poeta que es.  El poeta ratifica al prosista, lo potencia y se funden en ascenso.
No fue un prosista circunstancial, produjo  prosa simultáneamente a su poesía, en una labor constante y sostenida; dos líneas paralelas que en varios puntos llegaron a juntarse;  prueba de ello son sus sermones, discursos,  cartas, oraciones fúnebres, glosas de diversas formas, ensayos y a su vez anti-ensayos literarios….
En la solapa de El libro de las palabras evangelizadas (1927), Pallais anunciaba otros tres libros en prosa, que no  llegaron a imprimirse: Mis sermones,  El libro de las salutaciones y Peregrinando, a los que nosotros tendríamos que agregar sus Cartas a un joven artesano y suponer otros cuadernos manuscritos y periodísticos de crítica a España y Francia, extraviados o hundidos en  periódicos y revistas de la época e inéditos hasta hoy como libros.1
No se crea que el poeta gozó o que goce hoy de  mucha fama; el olvido  lo difumina y el desdén por sus ideas descontextualizadas no lo hacen simpático; igual ocurre con el prosista. Pocos aprecian su candor de niño, su ingenuidad, su marginalidad de poeta,  que fue también social y hasta eclesiástica, su denuedo, su entusiasmo, su alegría por las cosas divinas.  Acaso su poesía, ausente de muchas antologías hispanoamericanas, sólo haya sido valorada en Nicaragua y en El Salvador; pero la trascendencia de su prosa sigue siendo desconocida incluso en su propia tierra. J. J. Mínguez señalaba esta realidad desde los años sesenta: “La prosa del Padre Pallais no tuvo pues, el impacto colectivo de su poesía. Ni aún hoy que sólo es admirada entre nosotros. Y una página de prosa fue siempre la mejor obra de arte, la más humana, la más asequible y la más representativa”.
”En prosa hablan las madres y los gobernantes, los sabios y los trabajadores, los literatos y los analfabetos. El normal y constante revelador del alma de un pueblo son sus páginas en prosa; cercana unas veces al grito, otras a la plegaria, unas al susurro y otras a la arenga, unas al llanto y otras a las risas y canciones. El humor, la ingenuidad, la timidez, la osadía, el constante compartir humano, son tejidos en prosa”.
”Por eso precisamente, porque es el más fiel detector del alma de un pueblo, la prosa vive en su misma sangre y va sufriendo todos los repliegues, arrugas, cicatrices y renovaciones de los hombres. Así viven las páginas de prosa el ritmo de los seres humanos en un proceso de constante actualización”.
Pero quien acaso haya sido el primero en llamar la atención sobre la prosa de Pallais en general y sus Glosas en particular, fue Pablo Antonio Cuadra, quien afirmó ante un grupo universitario, Mínguez entre ellos: “Sus famosas glosas, mezcla de salmo y de sermones, pero sujetas a unas leyes fijas construidas por él, algo como la legislación de un soneto aplicada a la prosa, que no hacía ni hará falta su firma para reconocerlas”.  Y añadió a continuación: “Tales glosas, dispersas, abordantes de los temas más dispares, esencialmente poéticas, deben ser recogidas como una de las formas más originales y bellas en que se ha expresado la literatura nicaragüense”.
Ya J. J. Mínguez pudo compilar sus Glosas extraviadas y las editó bajo el sello de la Universidad Centroamericana; a su vez, el costarricense Guillermo García Murillo hizo en 1992 una valoración general de su prosa2. Y ahora, el intelectual, ensayista e investigador José Argüello Lacayo logra la más completa recolección y ordenamiento de su prosa, para el debido estudio y difusión, porque debe quedar claro que, por diversas razones, la prosa de Pallais era hasta ahora inaccesible.
Si Pallais con sus Glosas hace literatura escrita, como orador sagrado con sus sermones entremezcla literatura y oralidad. Hablaba, según Pablo Antonio Cuadra, con una gran voz griega. Si el escritor necesita lectores y el orador requiere de auditorio, el estilo no es más que el reflejo de los seres humanos en lo que hacen: su humanidad expresada. Evocan que cuando Pallais  pronunciaba sus sermones o decía sus discursos, parecía una figura gótica por lo alto y espigado, cubierto por un gran manteo negro y calzando también un guante negro. Al abrir sus delgados brazos y alzarlos desde la alta copa del púlpito, parecía en las Iglesias pueblerinas un murciélago con el rostro de un querubín. Un ángel  vehemente, inspirado, al borde del vuelo, vestido de negro. Un orador sagrado a  principios del siglo XX, máxime con estos atuendos y fisonomía, debe de haber sido visto como cosa sobrenatural y fantasmagórica, en aquel ambiente de recogimiento, fragante a incienso y flores e iluminado por velas, candelas y cirios chisporroteantes, en las iglesitas de El Realejo y de Corinto, o en la misma majestuosa Catedral de León con sus cinco naves monumentales…
Su prosa denota voluntad  artística, tanto en la elaboración de imágenes como en la mezcla de  ritmo y música; a veces es esquemática, enumerativa y en otras ocasiones  se extiende por períodos largos. Sus Glosas acusan algo de periodismo al consignar noticias de distintas índoles y al comentar situaciones o generar criterios sobre los mismos; pero su erudición, su intensidad,  su factura artística, las acercan al ensayo. Resultando mucho más que periodismo. En esta diversidad formal es donde radica su modernización, su originalidad y su modernidad. Devienen del primor artístico y de la delicadeza del modernismo y desembocan en el espíritu lúdico de la modernidad.

(Fragmentos del epílogo a “Palabras Evangelizadas. Prosas de Azarías H. Pallais”).