Nuevo Amanecer

“Sandino y el pensamiento otro”


No soy indio de las montañas de Matagalpa, soy indígena, y allá por los años 60 del siglo pasado, cuando todavía vivía en esa zona, se oía hablar de bandidos y bandoleros, para denigrar, tal como me enteré después, a los guerrilleros sandinistas, todo con el ánimo de borrar del imaginario colectivo la huella que pudiera dar lugar a identificarlos como héroes. Ya viviendo en Granada, donde a principios del siglo XX algunos ciudadanos habían escrito “una serie de cartas que brindaban la bienvenida, presentaban agradecimientos y a la vez incitaban a los norteamericanos a irrumpir de forma directa en el territorio nicaragüense” (157), caminando por la calle La Calzada, vi acercarse hacia mí a unos guardias, de la institución creada por los marines norteamericanos al ser expulsados por Sandino; venían en jeep con garands y cascos en sus cabezas, y a punto de acercárseme me percaté que llevaba en mi mano un libro sobre Sandino (“Sandino”, por Nelly Macaulay).
Por supuesto, si estoy contando este cuento, es porque no me pasó nada, pero para ello tuve que poner el libro en el hueco de una pared de una casa de adobe con la velocidad del rayo y una serenidad jamás experimentada por mí. Finalmente, vino la Revolución del 79, y todos aquellos revolucionarios que habían continuado la lucha de Sandino entraron a la plaza 19 de julio y se fundieron con el pueblo, luego vinieron las tareas de la Revolución donde yo ya cargué sin temor alguno libros no sólo sobre Sandino, sino de autores revolucionarios. Y ya en la actualidad ha llegado a mis manos un libro del escritor Carlos Midence: “Sandino y el pensamiento otro” (Amerrisque, 2009), del que me ocuparé en este escrito.
Leyendo este libro experimento la sensación de que estoy ante una de las obras más importantes del pensamiento latinoamericano escritas hasta hoy, en cuyas páginas el autor arremete contra los hoyos negros de la historia, para usar un término de la física, pues es el caso que la historia que se nos ha contado sólo se corresponde con los intereses de unos cuantos, no con los intereses de todos los nicaragüenses. Es la historia contada por los historiadores canónicos que no han tomado en cuenta a los de abajo, a los marginados, a los de la periferia, a los indios, a los negros, a los sambos, a los subalternos, etcétera. Es decir, a todos los habitantes de los sectores que no pertenecen al centro, como la Costa Caribe o las montañas de Nueva Segovia, escenario desde donde Sandino emprende su lucha libertaria. Y esto no es de ahora, esto es así desde que vinieron los españoles, y Midence, tras hacernos ver que en la etapa precolonial había contradicciones no antagónicas entre los miembros de la sociedad, pasa a desentrañar los hilos de la sociedad colonial donde sí ya las contradicciones no sólo se vuelven antagónicas, sino también aparece el otro, el salvaje, el indio, el explotado y oprimido, etcétera. Y todo por obra y gracia de la modernidad/colonialidad impuesta por este imperio.
Aparece, pues, por un lado, el dominador y por otro el dominado, y tal lógica, para cuando se da la independencia, no cambia. En tal sentido no es casual que en la novela “El General y su laberinto”, de García Márquez, después de haber peleado por la independencia se le pregunte a Bolívar: “Ya tenemos la independencia, general, ahora díganos qué hacemos con ella”. La independencia, como dice Midence citando a Francisco Barbosa, fue la conclusión de un largo proceso de luchas políticas violentas contra los españoles, donde tuvo lugar la resistencia indígena y las luchas populares (109). A la vez el comienzo de un proceso de diferenciación en donde se excluiría de la construcción del proyecto de nación, guiados por el patrón de modernidad/colonialidad, a todos aquellos que no supieran leer o no tuvieran propiedades, tal como lo plantea Midence citando un fragmento de su obra “La invención de Nicaragua” (112). Es por eso que las luchas no concluyen, antes bien vuelven a comenzar, y en el caso de Nicaragua acontece de por medio una guerra contra el filibustero William Walker, en la que se enrolan descendientes de indígenas que lograron sobrevivir a las tecnologías de exterminio de los españoles como aperreamientos, acuchillamientos, esclavitud, herraje, venta, corte de cabeza, quema de códices, entre otros. El cogito ergo sum cartesiano que guía a la modernidad/colonialidad se mantiene intacto, lo mismo que el ego conquiro, a los cuales hace mención Midence. Es decir, con la independencia se acabó el sistema colonial, pero no la colonialidad.
Las insurgencias, por lo tanto, siguen, y una de las rebeliones más emblemáticas, como dice Midence, es la de los indígenas de Matagalpa en 1881, y en verdad, como bien apunta, fue en el marco de la modernidad/colonialidad, pues para entonces estaban en proceso de modernizarse las vías de comunicación con la puesta del telégrafo en esa zona y a los indígenas, por ser indígenas, los maltrataban; lo cual abrió de nuevo algo muy importante que señala Midence: La Herida Colonial (116), que hizo que se rebelaran.
El otro, por lo tanto, sigue siendo el excluido de todo en la sociedad, y así se llega al periodo de los 30 años conservadores en un afán de modernidad. Con tanto afán de modernización es obvio que la presencia del otro no se pierda de vista, tomando en cuenta que ya para entonces los Estados Unidos estaban próximos a convertirse en el imperio que desplazó al español al arrebatarle en 1898 sus últimas posesiones que le quedaban en el continente americano. La caída de José Santos Zelaya del poder en Nicaragua es precisamente una de sus manifestaciones, porque éste va contra la norma que está estableciendo en esos momentos el nuevo imperio, y así continúa siendo motivo para que las luchas intestinas se mantengan, hasta llegar a las intervenciones directas de Estados Unidos, pedidas en un primer momento para traer a Walker, y después la vuelven a pedir los vendepatria para imponer a Adolfo Díaz como presidente, habiendo sido nombrado para el cargo por la Asamblea Nacional el general Luis Mena, a quien Zeledón brinda “un amplio apoyo” (135), hasta morir en combate.
El cadáver de Zeledón fue exhibido por los interventores yanquis y al ser visto por Sandino, cuando apenas tenía 17 años, lo hizo decir: “La muerte de Zeledón me dio la clave de nuestra situación nacional” (258). Este cuerpo de Zeledón en la obra de Midence constituye el cuerpo de la nación, lo cual es, como dice el poeta Iván Uriarte, “un verdadero hallazgo metafórico-conceptual”. Tal como podemos observar, Midence logra un recorrido contrahegemónico de la historia en Nicaragua, e incluso establece vínculos compactos entre esas primeras luchas indígenas: Sandino, el FSLN, la Revolución del 79 y la nueva etapa revolucionaria.
De manera que entra al escenario Sandino, el heredero y máximo exponente de todas las insurgencias que se han dado desde la época colonial en nuestro país, y en su estrategia de lucha libertaria contempla su acercamiento con el otro, y para eso, como señala Midence, se aleja de las fuentes ilustradas que proceden de lo grecorromano, del eurocentrismo, de los autores clasificados dentro del canon, y todo para beber de las fuentes populares, de ese otro que ha estado marginado o desplazado por el proceso de modernidad/imperio/colonialidad, para el que no cuentan y son vistos como cero a la izquierda; también para beber de acontecimientos no tan influidos por lo eurocéntrico, como la revolución mexicana y, finalmente, para nutrirse de las enseñanzas de autores fuera del canon como Joaquín Trincado, alguien a quien Sandino considera de “los grandes maestros filósofos” (275). De esta forma Sandino proyecta, al mismo tiempo, con su lucha armada para expulsar a los invasores yanquis, una manera de pensar otra, precisamente porque nace su pensamiento de lo más profundo de lo nicaragüense, y esto habrá que subrayarse en la obra de Midence, ya que es parte medular del pensamiento otro de Sandino, que apenas estamos conociendo, y lo que marca el modelo de ruptura epistémica para “entender las relaciones coloniales, colonialistas e imperiales” (11).
El proyecto de Sandino es, entonces, darle participación al otro en todos los campos de la vida en la sociedad, darle voz, hacerle ver cómo hay que ser en un medio donde se impone la colonialidad, que “es el lado oculto de la modernidad, lo que articula desde la Conquista los patrones de poder, de raza, saber, ser y naturaleza de acuerdo con las necesidades del capital, y para el beneficio blanco-europeo, así como de la élite criolla” (240). En tal sentido los postulados de la escuela decolonial “han significado un quiebre, una escansión y por lo tanto implican una vuelta de tuerca en los estudios y la visión de la producción del conocimiento en América Latina” (241), sin perder de vista los postulados de pensadores de América como Martí y otros. En otras palabras, hay herramientas con que combatir la modernidad/colonialidad, porque hay pensadores, hay filósofos en América, y la negación de ello significaría estar dentro del discurso de esa modernidad//colonialidad/imperialidad.
Uno no puede dejar de reconocer también que, a la par de todos los grandes pensadores de América, Sandino es uno más de ellos; es un “pensador que produjo pensamiento desde la herida colonial y desde el otro lado de la diferencia colonial/imperial, con una claridad original y categórica” (258), por eso mismo está ligado, como demuestra Midence, con las corrientes del pensamiento más importantes de América en estos comienzos del siglo XXI.

* Licenciado en Artes y Letras y Master en Literatura Hispanoamericana y de Centroamérica