Nuevo Amanecer

Los supermestizajes en Carlos Fuentes


Me declaro incompetente para valorar la ruta artística de Carlos Fuentes, porque no soy crítico literario, aunque algunas veces sus simulaciones de habla popular mexicana me recuerden las chifladuras de Cantinflas, los grititos afrancesados de “El Loco Valdés”, el spanglish de “Que Feo Mateo”, las gamberradas de Eugenio Derbez y las expresiones de Nacho Libre dirigidas a “Little Chancho”.
Después de leer las últimas novelas de Carlos Fuentes, thrillers con su huella literaria, sospeché que diría algo nuevo sobre el mestizaje enmarcado en las intrigas urbanas (más allá del lugar común dialógico y armónico) que le asignan sus predecesores en la narrativa y la filosofía latinoamericana, desde José Enrique Rodó hasta Leopoldo Zea, pasando por José Vasconcelos y Octavio Paz. Imaginé encontrar en Fuentes a un pachuco reflexivo, especie de Tin–Tan espiritualizado. Algo, por lo demás, que vengo de observar en pensadoras “chicanas” como Gloria Anzaldúa, quien todavía piensa en Aztlán como utopía pluricultural, pero ya combina todo y no duda de su condición ni busca grupos puros. Norma Alarcón y “Chelo” Sandoval que profundizan las estrategias de género en condiciones de subalternidad cultural. Emma Pérez, de la mano de Homi Bhabha, que aborda los imaginarios decoloniales y María Fernández, quien cruza postcolonialidad con medios de comunicación.
Lo que para mí es una virtud de esa mirada fuentina, poblada de frases que el autor prodiga con generosidad y creatividad, a veces sin saberlo él mismo, para algunos de sus críticos constituye un defecto de Fuentes, quien siempre está viendo México como desde un aeropuerto y arriba con las últimas novedades de Europa y EU, aprestándose para salir de nuevo con técnicas rulfianas de narradores desde el aire (La región más transparente), desde la agonía (Artemio Cruz), desde antes del nacimiento (Cristóbal No Nato), dobles (El Naranjo, La Familia Lejana), desde dentro (La Silla del Águila) o deesde la muerte (La Voluntad y la Fortuna).
Siempre me ha sorprendido cómo Carlos Fuentes enfoca México y las urbanidades subterráneas combinando crueldades, ternuras y violencias, lejos de la armonía mestiza que él defiende, con la cosmovisión de las clases medias, desde sus sueños euro-norteamericanos y las perversidades de la clase política mexicana.
Temo confesar que, al final de las lecturas de sus ensayos más fecundos: El Espejo Enterrado (a ratos, aburrido recordatorio de clases de historia para educación media), Geografía de la Novela (memorable por esa frase que los hace creerse dioses, “¿por qué no se me ocurrió a mí primero?”, cuando son sorprendidos por sus iguales) y Valiente Mundo Nuevo (cruce eurocéntrico entre Vico y Bajtin), no encontré lo que buscaba. Y quizá sea porque sigue siendo fiel a la tradición de ese mestizaje, del que en Nicaragua son tributarios desde Rubén Darío hasta Lizandro Chávez Alfaro, pasando por PAC y JCU.
Lo que descubre Carlos Fuentes, en esos cruces salvajes, escépticos y sin destino, que ve en el México de sus novelas (muy parecidos, en pequeña escala, a los países mesoamericanos), es a pesar, y no por, su paradigma blando y amable de mestizaje, derivado de sus sensibilidades diplomáticas sobre aborígenes y afrodescendientes.
Al final, pienso que busqué en Carlos Fuentes lo que yo mismo pensaba, y tengo que decir hoy, sin su respaldo: las mezclas epistémicas y de fronteras, que hoy nos cubren a todos en el planeta, de modo desigual y combinado, son un supermestizaje estratégico, escéptico e irrepresentable. Doy las razones desprendibles de sus novelas que no brinda, a pesar de sí mismo, Carlos Fuentes:

I. Mestizaje estratégico
Las estrategias del débil no sólo son de lucha, sino también de sobrevivencia. Las estrategias de los mestizos subalternos son versátiles, elásticas y simulables. El dualismo con que los definen los hegemónicos (obediencia o desafío total) y los intelectuales (diálogos gentiles y armonías idílicas) es apenas uno de los momentos (excepción y no norma) alrededor de los cuales no giran las estrategias subalternas, al menos no en tiempos “normales”. Los mestizos subalternos se mueven con un esencialismo estratégico (Spivak) que hacen como si la identidad fuera una cosa de vida o muerte, pero la ocupan para negociar con ella; y con las tácticas del débil (Scott), que recorren todo el espectro de reacciones al dominante, desde escupirles la comida y decirles “sí señor” a todo, hasta burlarse de ellos apenas le ofrecen la espalda o preparar una alianza episódica con unos, en contra de otros. Las pensadoras de fronteras “chicanas”, como Gramsci con el marxismo, se enfocaron más en las estrategias que en los fines emancipatorios. El supermestizaje de las “chicanas” no se siente desgarrado como el mestizaje clásico latinoamericano. Tampoco quiere construir “otro” pensamiento que despegue de cero. Ni se angustia por un sentido ni le interesa repetir todo desde cero.

II. Mestizaje escéptico
La lectura tradicional del mestizaje es que viene de una historia llena de dolor para los vencidos de donde descendemos, pero la mezcla, el sentido emancipador y armónico, donde el lenguaje heredado es central, nos deja sin vencedores ni vencidos y con la posibilidad abierta, a través del diálogo y el intercambio mutuo, de convivir en paz y solidaridad. En efecto existe una mezcla heterogénea y desigual entre varios grupos. Pero, sólo uno es el que impone a los demás su horizonte como deseable y digno de morir o matar por él. No hay prueba empírica que tal horizonte, eurocéntrico para mayor seña, sobre hombros mestizos se haya cumplido alguna vez. Tal evidencia hace del mestizaje contemporáneo, glocal e híbrido, una amalgama escéptica, o desconfiada al menos, de cualquier certeza (ciencia), promesas (política) o posibilidades (arte) que se le ofrezcan.

III. Mestizaje irrepresentable
En virtud de las multitudes que componen las mezclas híbridas y el grado de desfiguración, retorcimiento y alteración que le imprimen a la episteme dominante, es imposible representarlas, por el cambio y las diferencias continuas entre unas y otras que se generan. No se puede girar infinitamente alrededor de cómo nos imaginan los colonizadores (postcolonialidad), ni cómo imaginamos nosotros a los vencidos (decolonialidad). Son dos vacíos donde construimos, sin saberlo, nuestra residencia desigual y combinada. Y ya no podemos colocarnos en el punto de vista de los vencidos, porque siempre usaremos recursos (como la escritura y los archivos) para explicarlo, del vencedor. Y tal cosa nos lleva al verdadero problema, tema de otro ensayo: el pensamiento.

Las obras de Carlos Fuentes las encuentra en: