Nuevo Amanecer

Escritor hasta la muerte


Allá por comienzos de los años setenta, cuando yo vivía en Costa Rica, recibía puntualmente los paquetes de novedades que me enviaba desde Buenos Aires, Fernando Vidal Buzzi, director de la Editorial Sudamericana, y entonces fue que me encontré por primera vez con el nombre de Tomás Eloy Martínez en la tapa de su novela “Sagrado”, que era la primera que publicaba, y que años después, cuando llegamos a ser amigos entrañables, él solía desechar con sonrojo a la primera mención, porque la consideraba una novela en la que se había dejado seducir por las palabras más que por la pasión de contar una historia.
Nunca nos vimos en mis visitas a Venezuela para los primeros años tan deslumbrantes de la revolución sandinista, cuando él dirigía el memorable Diario de Caracas, pero sabía que detrás de las preguntas que sus periodistas me hacían cuando enviaba a entrevistarme, estaba su mano de exiliado de una dictadura militar, que veía en los acontecimientos de Nicaragua la esperanza de que pudiera haber por fin en el continente un cambio genuino, lejos de los moldes ideológicos. Cambio que al fin, por desgracia, no se dio, y tanto que lloramos los dos sobre aquella leche derramada cada vez que nos acordábamos.
Nos conocimos en Buenos Aires en noviembre de 1988, cuando, en esa extraña escisión que me imponía mi cargo en el gobierno revolucionario, llegué para cumplir con una visita al presidente Raúl Alfonsín, y a la vez para estar presente en el lanzamiento de mi novela Castigo Divino, publicada también por Sudamericana, y que Tomás Eloy presentó una noche en el Centro Cultural Belgrano, con público del mundo político --las madres de la Plaza de Mayo a la cabeza-- y del mundo literario, clara consecuencia de la propia dualidad de mis oficios.
Pasaron años sin que volviéramos a vernos, hasta que nos encontramos otra vez en Buenos Aires en 1998, diez años después, para la Feria del Libro, cuando se presentó mi novela “Margarita está linda la mar”, que había ganado la primera convocatoria del Premio Alfaguara, con él entre los miembros del jurado; pero fue un encuentro muy fugaz porque Tomás Eloy regresaba a la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, donde estaba ahora enseñando.
Es desde entonces cuando estuvimos lado a lado de cerca y de lejos, en proyectos, complicidades, alegrías y tribulaciones, como la muerte trágica de su esposa, Susana, que le descalabró en tantos sentidos la vida, encontrándonos en tantas partes del mundo, en New Brunswick, o en su apartamento de la avenida Pueyrredón en Buenos Aires, ya de regreso para siempre en Argentina, o en mi casa en Managua, cuando vino por una única vez en toda su vida a Nicaragua, y ya no quedaban ni rastros de la revolución, compartiendo asientos en el Consejo Rector del Premio de Nuevo Periodismo Iberoamericano, en la Junta Directiva de la Cátedra Julio Cortázar, en las sesiones anuales del Foro Iberoamericano. Largas jornadas en librerías de Madrid o de Lisboa, largas sobremesas en México o en Sevilla, su voz de timbre tucumano convocando a la risa, llamadas sorpresivas desde lugares distantes, mensajes electrónicos como cartas, ahora que ya no se escriben cartas.
Su presencia siempre fue una iluminación feliz para todos sus amigos, preocupado por la suerte ajena, siempre con algún libro cuya lectura recomendar, y con algo nuevo y deslumbrantemente divertido que contar, dueño de eso que yo llamaría una maledicencia edificante, unas historias en las que, igual que en sus novelas, nunca se sabía dónde comenzaba la mentira y dónde terminaba la verdad, pero nunca faltaba la risa.
Una presencia transparente la suya, alejada de las mezquindades que suele teñir el oficio literario; generoso con los más jóvenes y generoso con sus pares, como cuando, ya bajo los estragos del mal que se lo ha llevado, y venciendo todas las dificultades de un viaje así, voló desde Buenos Aires hasta México para estar presente en la celebración de los ochenta años de Carlos Fuentes. Hasta que la enfermedad lo fue inmovilizando, pero nunca dejó de contestar los mensajes electrónicos, por mano suya o por la de alguno de sus hijos, siempre fiel hasta el final al gentil deber de la correspondencia como todo un caballero antiguo, mensajes suyos en los que nunca declinó el ánimo, ni perdió el optimismo ni el entusiasmo por la vida. “Les he dicho a los médicos que quiero calidad de vida y no cantidad de vida”, me escribió.
En el balance de su vida colocó al final la literatura por encima de su otra pasión visceral, el periodismo, aunque en sus novelas nunca abandonó el periodismo que quedó en el entramado de la narración. Un clásico de nuestras letras contemporáneas, maestro en el arte de borrar todo espacio o frontera entre la historia pública y la imaginación, hasta crear una realidad paralela mucho más creíble que la realidad real, tanto así que inventó una historia de Argentina en “La novela de Perón” y en “Santa Evita”, que sobrevivirá a la de los libros de texto. Ningún otro triunfo mejor para una novelista que inventar la historia de su propio país.
“Tenemos que estar agradecidos por cada momento en que la historia nos deja en paz”, dice Philip Roth en alguna parte. A Tomás Eloy la historia nunca lo dejó en paz, y agradecido, cargó a la Argentina a lo largo de toda su vida como en peso vivo, como si se tratara del cadáver mismo de Eva Perón. Era su destino latinoamericano. Un destino hasta la muerte, y un escritor hasta la muerte que nunca cejó en escribir porque era su oficio sagrado. Ya casi imposibilitado, siguió escribiendo sus lúcidos y siempre aleccionadores artículos, y cada vez que yo abría el diario en Managua los domingos y me encontraba su firma, era como si recibiera un mensaje suyo, estoy aquí, sigo vivo, sigo trabajando, lo haré hasta el último aliento.
Y así, escritor hasta el último aliento, siguió adelante tratando de terminar su última novela sobre el Olimpo, dictándola cuando ya no pudo con los dedos, sin dejarse nunca amedrentar por la muerte.