Nuevo Amanecer

Un clásico nicaragüense


La obra que hoy presentamos al público ha sido literalmente rescatada de las llamas de la incuria y el olvido y reúne lo que aún  perdura de un naufragio literario. Pallais mismo no solía conservar sus  escritos, y en una ocasión escribió a Pablo Antonio Cuadra, preguntándole si guardaba acaso su glosa de los ladrones, pues se la pedían de Costa Rica. “Nada de lo que poseía estaba en orden. Papeles, revistas, libros sacados de las vitrinas, permanecían días y días sobre la mesa. No guardaba en lugar seguro lo que escribía: quedaba por las gavetas, sobre las revistas o entre las páginas de los libros que tenía. Escribía mucho, a ratos, pero todo quedaba allí sin darle importancia alguna”, refiere el padre Mínguez, quien visitó personalmente al poeta en su casa cural de Corinto allá por 1950.
A este desaliño se suma la acción devastadora de guerras, terremotos, huracanes, inundaciones y exilios, que han asolado la exigua existencia de archivos desaparecidos para siempre.
La publicación de esta obra corresponde a un acto elemental de justicia a favor de alguien que lo dio todo por Nicaragua, y cosechó con frecuencia amarguras e incomprensiones.
Ahora que quienes escucharon de viva voz sus clases,  discursos y sermones no están ya entre nosotros, desearía revivir con este libro de nuevo al orador, predicador, maestro y polemista, para que las futuras generaciones puedan seguir aprendiendo de él, escuchándole, conociéndole, estudiándole.
Azarías H. Pallais es un clásico, un autor que aunque pertenece al pasado y paga el debido tributo a su tiempo y circunstancia, sigue interpelándonos y se convierte en nuestro contemporáneo al comunicarnos un mensaje capaz de sacudirnos y hacer reflexionar a sucesivas generaciones. Él es un escritor al que podemos recurrir para aprender el valor de las palabras, la musicalidad de la lengua y las riquezas expresivas del castellano, digno de sucesivas lecturas e interpretaciones. Un clásico porque posee la cualidad de que en sus escritos se reconozca a sí misma de manera inconfundible una determinada comunidad cultural --la nicaragüense--, porque refleja fielmente en ellos nuestra idiosincrasia, nuestra forma de ser y de actuar, y cuya lectura y asimilación puede conferirnos identidad cultural, siendo su vida y su obra como un haz en donde confluye lo mejor de nosotros mismos,  nuestras posibilidades más sobresalientes.
A la ejemplaridad de su estilo literario añadió Pallais, además, la ejemplaridad de su vida, consagrada por entero al servicio y amor de sus conciudadanos: primero como maestro de secundaria en el Instituto Nacional de Occidente, donde durante dos décadas consecutivas practicó la caridad intelectual que preconizaba Antonio Rosmini, ilustrando y formando a jóvenes de toda Nicaragua; finalmente, durante los últimos quince años de su vida, entregado a labores pastorales como párroco del puerto de Corinto, adonde fue enviado como si fuese condenado a una especie de ostracismo, para recibir allí, a cambio, el amor y la veneración de su pueblo a manos llenas.
 “Nosotros” --escribió Pablo Antonio Cuadra en el prólogo a la segunda edición del Libro de las Palabras Evangelizadas en 1968--, “amábamos la autenticidad de su vida --viviente poesía además-- y su alegría ingenua que se encendía ante un pájaro, ante una ardilla o ante un crepúsculo --como en San Francisco-- y su caridad ilimitada que todo lo daba y que le hacía darse todo para recibir el pago de la ingratitud; le llamábamos (los poetas vanguardistas de Granada) nuestro capellán, nuestro precursor, pero en nuestro cariño y aprecio --tanto como en el desprecio de quienes lo vilipendiaban y marginaban-- nos faltaba perspectiva para comprender sus verdaderas dimensiones. Se necesitaba que el tiempo cumpliera sus propios frutos para que comprendiéramos el espíritu de profecía que encendía su vida y su palabra, y el vasto alcance revolucionario que realmente tenía ese nombre de precursor que nosotros instintivamente le dimos en nuestros años de Vanguardia”.
La fisonomía literaria de Pallais como prosista es inconfundible. Su estilo alcanza altísimo vuelo entrelazando vigor y sobriedad, y decae por el contrario al incurrir en arabescos barrocos. Páginas suyas hay en este libro que merecerían figurar en cualquier antología de la prosa castellana. En sus escritos descubrimos exaltación, originalidad, exquisitez y hondura. Sus Glosas añaden a estas virtudes la contundencia epigramática, mientras que el humor alegremente irrumpe entre sus páginas cuando uno menos se lo espera.
Fascina con frecuencia su modo tan peculiar y poético de decir las cosas, aunque uno no siempre concuerde con sus puntos de vista. A veces expresa ideas sorprendentemente actuales –-tanto, que si las expresara hoy resultarían desafiantes-- y otras sostiene opiniones completamente caducas. Pero cuando el argumento no persuade, al menos cautiva su maravilloso estilo.
Una obra literaria como la suya se presta a variadas lecturas y también vale por lo que aporta a nuestro conocimiento del pasado. Encontraremos aquí material para la historia de las ideas y prácticas religiosas, políticas y sociales en Nicaragua; también material para la historia literaria y artística. Asimismo, páginas de lectura inspiradora para la vida cristiana; páginas de denuncia profética; páginas para deleitarnos con su belleza y musicalidad. Encontraremos descripciones del paisaje nicaragüense, tan exquisitas como las de un Rabindranath Tagore. El libro de las Palabras Evangelizadas contiene pasajes primorosos donde el poeta vibra encendido contemplando los pájaros, los árboles y las selvas… Desde diversos ángulos y facetas, estos escritos de Azarías H. Pallais constituyen un valioso legado cultural.
Tras la publicación de este volumen finalmente será posible estudiar a fondo el pensamiento y la obra de Pallais.  
En este volumen reunimos los pocos sermones suyos que aún existen. Conocer ángulos de vista y perspectivas diferentes de los que adoptamos hoy será una forma de ejercer el diálogo entre generaciones, y, si somos humildes, podemos también aprender mucho practicándolo. Por medio de ese diálogo con generaciones pretéritas, nuestra vida puede enriquecerse y adquirir mayor profundidad. Pallais es, al fin y al cabo, portador de una sabiduría cristiana secular de la que cabe aprender lecciones esenciales. 
Como predicador, Azarías H. Pallais fue único en Nicaragua. No todos los países han tenido en el púlpito a uno de sus grandes poetas. Sus sermones y escritos reflejan una profunda familiaridad con la Sagrada Escritura, los Padres de la Iglesia y los testimonios de los santos y mártires. Él estaba al día en sus conocimientos teológicos y había obtenido un doctorado en esa materia tras  concienzudos estudios en París, Lovaina y Roma; su erudición en ese campo se refleja en sus Cartas a un joven artesano, escritos de carácter apologético en que afronta con altura el reto que planteaba al catolicismo el incipiente protestantismo nicaragüense. Varios de sus argumentos aún conservan validez.  
Igual que San Agustín,  también él quería insuflar en la vida diaria de las comunidades cristianas de su tiempo, el fervor de los mártires. Pallais mismo vivió con ese fervor y se empapó del espíritu ardiente de los místicos flamencos y españoles, tales como Santa Teresa de Ávila y Rusbroquio. Padeció en cierta forma un martirio incruento y prolongado, pues su exquisita sensibilidad sangraba ante los ataques infames que sufría. Fue acosado por los gobiernos liberales de la década de los 30, que lo redujeron al desempleo, siendo como era uno de los más brillantes maestros de Nicaragua. Fue también marginado e incomprendido por las autoridades eclesiásticas nacionales, pese a ser su más grande predicador y el sacerdote mejor preparado del país. Y por sus denuncias políticas y sociales, repetidas veces estuvo a punto de parar en la cárcel; si se libró de ella fue porque a la postre fue visto como loco, y sólo los locos y los niños pueden decirlo todo. 
En muchos aspectos, Pallais fue un precursor del Concilio Vaticano II y de la Teología de la Liberación.  “El cristianismo --proclamaba en sus citadas Cartas a un joven artesano-- es el Reino de Dios. Dios quiere ante todo y sobre todo que la justicia esté en cuarto creciente y en luna llena, y la injusticia en cuarto menguante y en eclipse total” (Carta XII). Para él la solidaridad con los pobres era la piedra angular de la autenticidad cristiana, primero en su vida y luego en su pensamiento y predicación.  
Clarividentemente,  Pablo Antonio Cuadra señaló que Pallais fue “un poeta que vivió en vaticinio el espíritu de Juan XXIII, un revolucionario de Cristo --incomprendido y marginado-- que abrió en Nicaragua el camino de la Iglesia de los pobres, que celebraba la Misa dialogando con el pueblo, que daba todo su sentido al ministerio de la Palabra, que tenía una sensibilidad evangélica a flor de piel para preferir siempre al humilde, para descubrir siempre el fariseísmo, para encontrar siempre el camino de la libertad, para inclinarse definitivamente, de palabras y obras, al lado de los pobres, clamando contra los ricos, contra los falsos cristianos explotadores, contra los tiranos de derecha e izquierda --“ciudadanos de la ciudad maldita”-- contra el imperialismo, contra los peligrosos y funestos compromisos con la Riqueza y el Poder, citando y volviendo a citar incluso contra los grandes de la Iglesia y con su gran voz profética, la palabra del Señor: ¡Muchos publicanos y meretrices os precederán en el reino de los cielos!” 
En su apasionado amor por los pobres él mismo llegó hasta el extremo de despojarse para hacerse uno más entre ellos.  
En su libro de memorias, Retrato de Familia, el poeta Fernando Silva evoca instantáneas inolvidables del ya anciano padre Pallais: relata que cuando era estudiante de medicina en León, llegó un día a la estación del ferrocarril para tomar el tren que venía de Corinto hacia Managua, y pudo presenciar cómo éste,  encaramado sobre un banco de la terracita de la bodega y rodeado de pordioseros, lustradores, vendedoras, cocheros y toda esa pobre gente que rondaba la estación, muy animado les recitaba lindos versos suyos con toda la gracia de que era capaz, haciéndoles reír y gozar. Recuerda también Silva que cuando Pallais bajaba en las estaciones del tren se ponía a saludar a los pordioseros, abrazándolos y llamándolos por sus nombres, y a veces por sus apodos, y les daba monedas de un viejo tarro de avena Quaker que cargaba consigo siempre lleno de dinero en sencillo. Cuenta que a veces el padre Pallais viajaba en la Góndola, el viejo vagón destartalado, a cielo abierto, donde se acomodaban las comerciantes y vendedoras de los mercados, con sus canastos de frutas y verduras y sus pollos y gallinas. Y allí iba él conversando con ellas. “El padre Pallais iba hablando con todos, por todos lados iba señalando a unos y a otros, y les iba diciendo cosas y a la gente le gustaba eso”, acota Silva.  
En tiempo de mutuas excomuniones, en que el diálogo y el respeto fraterno entre católicos y protestantes estaba vedado, cultivó una amistad entrañable con el pastor bautista de Corinto. Aseveraba en 1984 el reverendo Francisco Fuentes, pastor bautista del puerto en la década de los 40: “El padre Pallais era un gran cristiano, un hombre atrayente por su manera de ser tan original y tan profundamente evangélica”. Y el propio Pallais escribió en 1937 en su Glosa de las Horas: “Me dicen que católicos y moravos conviven en Bluefields en decencia, en tolerancia, en la santa libertad de los  hijos de Dios. Fiesta para los ojos del alma…” 
El 19 de septiembre de 1954, pocos días después del fallecimiento del poeta, en una Meditación publicada en La Prensa por Ramón Romero, éste antiguo compañero suyo de juventud lo retrató con estas palabras: “Vimos sus zapatos deformados, su sotana brillante por el contacto permanente con las cosas de este mundo, su cabeza calva donde el cabello huía para dejar limpia la frente donde tantos pensamientos hicieran su nido. No la Patria nuestra, no la selecta minoría, sino la falta de orgullo nacional hicieron que ese gran Señor llegase a la meta cansado de correr por todos los caminos del dolor y del sacrificio”. 
“Lo conocí todavía joven, cuando comenzaba el vuelo de sus primeros sueños. Era silencioso y triste, de mirar un tanto vago y soñoliento. Seguramente ya sentía ese dolor de las meditaciones de cosas metafísicas que acaban dominando apasionadamente el espíritu. Cuando nos vimos, años después, me mostró sus libros y su sotana raída. Sobre estos monumentos de su vida --poesía altísima y sotana de color desvanecido por el tiempo-- encontré la estirpe nobilísima de los desventurados. Letras, pan y miseria. Y noté el cansancio de los años”. 
Sea, pues, este volumen mi tributo personal a la memoria del padre Pallais. ¿Cuántos textos suyos desaparecieron en el camino de las últimas décadas? ¿Quién podrá hoy saberlo? Pero lo que nos queda es suficiente para afirmar que de ahora en adelante estas páginas en prosa no deberán ser ignoradas por ningún nicaragüense que se precie de culto, ni por los y las jóvenes con genuinas inquietudes religiosas, literarias, políticas o sociales.  
La Iglesia nicaragüense necesita del fuego de un nuevo Pentecostés, y en la figura de Pallais  encontrará un punto de referencia insoslayable, pues este pobre de Jesús vivió ejemplarmente su  sacerdocio, fue predicador y catequista infatigable, y un fogoso evangelizador que alcanzó  el corazón de los jóvenes, los obreros, los campesinos, profesionales, artistas e intelectuales. Que nuestra Nicaragua de hoy, tan carente de modelos éticos convincentes, escuche de nuevo su voz, y que nuestros niños y jóvenes conozcan su inspiradora vida y reciban el aliento benéfico de su ejemplo.  
Espero que este libro sea como una semilla fecunda que algún día dé abundantes frutos. O para decirlo con las mismas palabras de Pallais: “Siempre, es la posibilidad de abrir el surco: la visión reposada de la vuelta de la siembra: ya vienen, austeros y risueños, los sembradores en la hora solemne del crepúsculo, mientras queda la semilla en las entrañas de la tierra, durmiendo su sueño vital, pudriéndose con podredumbre santa; la visión jubilosa de la cosecha; los cestos repletos, el himno triunfal de las gavillas, la gloria encendida de las espigas, la sonrisa alborozada de los racimos al libre compás de los pájaros que cantan, embriagados de azul, las maravillas de la tierra y las maravillas del sol”.

(Fragmentos del prólogo a “Palabras Evangelizadas. Prosas de Azarías H. Pallais”).