Nuevo Amanecer

Poeta de la celebración


Poeta solar y gozoso, festivo y celebratorio, sabio y sensual, que escribe incesantemente sus poemas al ritmo de sus vivencias cotidianas inmediatas, utilizando tanto el epigrama como la parábola, la oda libre y el soneto, la anacreóntica báquica y la severa y sosegada reflexión moral: poeta de lo vital y sensorial, pero a la vez poeta de la acendrada y autocomplaciente inteligencia.
Octavio Robleto (Chontales, 1935) es uno de los poetas con mayor vocación y autenticidad de su generación. Su celebración de los sentidos ha sido impactante entre nosotros, con una frescura y un tono directo que pocas veces se había percibido antes:

“Éstos son mis pies
en reposo absoluto como los de Buda.
Afuera está la calle,
el ajetreo citadino,
el anonimato inconsecuente, el número.
Yo admiro el reposo de mi cuarto,
el cariño de mi cama y el consejo de mi almohada.
Nada me falta mientras tenga pura el alma, claros los sentidos.
A veces mi corazón está estrujado
y otras veces henchido y luminoso”.

Un poeta reconciliado consigo mismo, reconciliado con la placidez y el agua fluyente de los sentidos, de acuerdo con la vida y su tiempo, fiel a sus raíces y a su tierra natal. Así, Sergio Ramírez, en el prólogo a Vacaciones del estudiante, uno de sus primeros libros, dice:
“Poemas de siempre, desde que existe el llano, el cielo abierto de Chontales, el paisaje nicaragüense vuelto canción, el olor a tierra recién llovida, a leche fresca... sabe de memorias las noches de Oluma, la música con que corre por entre las piedras el Mayales, hasta qué punto la carretera, puntada de la civilización, con sus trastos mecanizados corriendo encima de ellas, va volviéndose también paisaje chontaleño...”.
Un poeta que se regodea con lo elemental e instintivo, discurriendo con un lenguaje coloquial que no excluye la expresión culta, la máxima aforística o el apotegma sabio. Poeta de la celebración, no como Jorge Guillén, cuyo erotismo es intelectual, sino como Khayam y los epicúreos, mostrándose alegre y sonriente hasta en la tristeza o en la melancolía o ante la presencia de la muerte.
Además de Sergio Ramírez y de Fernando Gordillo, quien dijo que “Mi novia” era uno de los poemas líricos más bellos escritos en Nicaragua, han escrito sobre él Jorge Eduardo Arellano, Mario Cajina Vega, Carlos Tünnermann Bernheim, Beltrán Morales, Julio Valle Castillo, Franz Galich y otros.
Según Arellano, “es un poeta de una sola visión de un solo mundo, construido a partir de la experiencia cotidiana. Canta, dionisíacamente, la sensualidad en todas sus manifestaciones, principalmente a través de la carne femenina y el licor, aceptando con estoicismo la inevitabilidad de la desaparición”.
Para Cajina Vega, “su trémolo se trasmuta en un doble coro pagano: la exaltación y el desengaño, la pureza y lo orgiástico, lo libre por natural palabra propia de un soñante, aire desnudo creado en la entraña abierta del amor mismo, amor del cual el poeta es desdicha y espejo, cara a cara, con toda su sonrisa de felicidad rural”.
En su estudio sobre las humanidades en la poesía nicaragüense, Julio Valle lo ubica “entre la granja sabina y el laberinto cretense”, o sea, entre sus primeros libros (“Vacaciones del estudiante” y “Noches de Oluma”) y “El día y sus laberintos” y “Nómina de oficina”. Para Tünnermann, su poesía “si bien es cierto nació en la zona ganadera de Chontales, puede ser leída y gustada más allá de sus fronteras”.
Refiriéndose a “El buscador de paisajes” (libro de textos en prosa que incluye verdaderas lecciones de geografía y zoología, reveladoras del gran observador y analista que es) afirma el académico Francisco Arellano Oviedo que son “una sucesión de estampas, de instantáneas vividas, quizás próximas a desaparecer o tal vez ya inexistentes”.
Después de ganar el Premio “Rubén Darío” de poesía en 1958, Octavio Robleto inició la carrera de derecho en León, incorporándose a la Generación de la Autonomía y participando activamente en la vida cultural de esa ciudad, dirigiendo la importante revista Cuadernos Universitarios, e integrándose a las actividades del Frente Ventana.
A mediados de los años 60 residió en Alemania y en 1968 se casó con la conocida actriz Socorro Bonilla Castellón. Desde entonces mantiene una viva presencia en todas las publicaciones del país, publicando no sólo poesía, sino textos de prosa creativa y artículos. Además se ha destacado como autor teatral con una ya nutrida producción.