Nuevo Amanecer

El canto llano o el llano chontaleño

El escritor Octavio Robleto, querido y admirado por las generaciones literarias nicaragüenses de los últimos tres cuartos del siglo veinte, falleció en Managua el pasado 8 de octubre, dejando un vacío literario y de afecto entrañable en las letras de Nicaragua. En su homenaje publicamos textos de Julio Valle-Castillo, Alvaro Urtecho, Kiko Báez y Rafael Vargarruiz, así como una breve selección de su obra poética

Desde a mediados de los cincuenta y los primeros sesenta, Octavio Robleto (1935) publicaba Vacaciones del estudiante (1964) y Enigma y Esfinge (1965), poemarios ambos que prolongan y profundizan lo que ya eran dos constantes en la poesía nicaragüense: el epigrama como forma de la crítica (“Tu caparazón es duro./ No temas, pues, mi agujita”) y Chontales como tema y refugio ante la ciudad, imagen de la modernidad, su horaciana granja sabina, su bucolismo virgiliano y su diálogo con la naturaleza:

Dejadme la carretera,
dejádmela para correr
que vengo alegre y nadie
me podría detener.
Aquí respiro mi llano,
mi buena hierba, mi olor,
iabridme paso, amigos,
me revienta el corazón!

Chontales en Robleto es canto llano, es decir, un llano hecho canto, expresión toda lisura, tersura y transparencia hacia los horizontes, donde el mugido de una ternera se puede confundir con el llamado y la respuesta de una muchacha:

Mariyitaaaaa
¿Queeé?
Mariiiitaaa
¿Queeé?
-Nada, nada,
quería oírte decir queeé!

Símil que no resulta antojadizo cuando recordamos que en la literatura griega se solían comparar los ojos de la mujer con los de la lechuza o con los de las becerras y el mismo poeta nos dice:

Mi novia se parece a una vaca,
es mansa y apacible, es dócil y es láctea.

Tampoco son gratuitos Horacio y Virgilio, leídos por Robleto en edad formativa en las traducciones de Lorenzo Riber, de la Real Academia Española (Madrid, Aguilar, 1945):

Mi novia tiene miedo a las tempestades
y busca refugios en su casa como las vacas en la loma.

Estos versos remiten de inmediato al primer libro de las Odas, número 9, a aquella muchacha asustada por la tormenta que se esconde en la cueva. Robleto como Horacio y Virgilio, ahora en Cuisalá, se la pasa en una constante celebración y consumo de la parra y del vino, “se echa en su hamaca y se adormece”; y la poesía que produce “es maternal y tierna, ( ... ) cuidadosa y brava”. El paisaje, la novia y la vaca se funden Y son inconfundibles:

Mi novia es arisca y orejana y sin fierro,
sin embargo es inconfundible
y con ella iré a sestear un día
bajo el elequeme.

Esa es su vida plena y su canto, porque su convivencia y su tiempo en la ciudad, se le vuelven infernales o laberínticos, se pierde en los vericuetos urbanos y tiene que enfrentar a los Minotauros de traje y corbata (Nómina de oficina, 1981), de aquí, su contradicción, capital y campo, civilización y naturaleza, modernidad.

Desde El día y sus laberintos (1976) hasta su Laberinto de vigilias (1999), Robleto, Ulises moderno casi sin aventuras, retoma la letra (Séneca, Virgilio) y los mitos grecolatinos (Proteo, Sísifo y Penélope), para interpretar y expresar su complicada vivencia citadina o capitalina, siempre opuesta y distante a las tranquilas, lunares y mágicas Noches de Oluma (1972 y 1999).