Nuevo Amanecer

Epi-Prólogo


Al portador de malas noticias lo mataban, por eso no quiero anunciar este número cinco/seis de Estrago como el último, basta con “El último cuplé”, “El último mohicano”, “El último tango en París” y demás filmes; Gregorio Samsa no tocará el suelo bajo su cama con patas de cucaracha, a lo mejor va a levantarse sin su angustia habitual, y echará un paseíto por el frío de Praga. Historia, todo deviene en, condenados a vivir los tres tiempos del verbo al decir de Einstein, insistimos en lo perenne, el time se encargará de amarillear las páginas blancas de los postreros ejemplares, donde la celulosa de un bosque noruego suple al papiro egipcio y el carbón a la tinta de calamar.
Todo comenzó con “Ideay puej”, ese plegablito nombrado con deliciosas interjecciones que con sólo la entonación denotan varios significados, no me queda ninguno a pesar de que ahí agarré la vara para escribir, cuando Elena, mi bella menopáusica del centro de Bulgaria, Kazanlück, protagonizó “La culpa de las rosas”. Como todo ser en desarrollo, el plegable creció cambiando de nombre y formato, presentándose en sociedad como “Artefacto”, producto ligado a la memorable “Artefactoría”, contiguo a la pulpería de Monseñor Lezcano. Una revista y un local para exponer es mucho en este medio precario, pero Venus se parió en un barrio populoso y purisimero, en donde una barata bien podía circular dando vuelta a la manzana perifoneando poemas de Neruda --y ello mucho antes de que las bienales nacionales o centroamericanas--, sin tener nada que ver con premios ni patrocinios privados u oficiales. Así fue, la aparición de números presididos por un Comité Central que nunca sesionó, entre inolvidables exposiciones como la Zambarambamba de la Teresa, el túnel rojo de la Patricia, los caballitos de Sandino galopando en el zacate recién nacido --reverdecido-- que Raúl plantó en los ladrillos, y hasta una muestra para ciegos de ver, oler y tocar, arte dirigido a los sentidos del tacto y del olfato en eventos acompañados con nacatamales de la Sarita y la sopa de siete espíritus que Dago hirvió con animales del aire, de la tierra y del mar.
Si había con qué, come cuando hay como los perros callejeros, el número podía salir bi, tri o semestral, inventiva, variedad, diseño gráfico de a cachimba, tipos de letras, diagramación, viñetas, grabados, dibujos, fotografías, artículos, relatos, cuentos, poemas, ensayos, crónicas, crítica, traducciones, todo el riquísimo material verbal visual que Raúl insertó/ensartó como un abalorio para “Cronopios”, chereque y collar caleidoscópico para colgar y dar placer a la memoria, destacando asuntos darianos raros, poco conocidos, resaltando el cariño a Rubén y a un Carlos Martínez Rivas concurrente algunas veces a Lezcano. El nuevo milenio vio el cambio de nombre, la “Artefacto” se llamó “Estrago”, el formato rectangular igualó sus lados, se volvió cuadrado, seguimos colaborando y Raúl elaborando, sacando todos los trapos y conejos del sombrero, justicia Señor Gobernador Tastuanes para el editor/productor y su mecenas. En este número honrando la futurología, la Teresa resucitará a Alexis, Raúl se tirará a las ninfas de Rubén en el sofá de madame Recamier, Freddy pondrá en cuatro patas la posmodernidad, Erick le dará sopa de Biblia a C.M.R., Consuelo estrenará ropa safari en Kenya, Ernesto exhibirá silogismos a granel, Dore Ashton y David Craven firmarán diez años más las páginas culturales del New York Times, Daniel retraducirá a Esopo, la Tania hará gestiones internacionales, la sirena apasionada de Javier Esteban no conocerá Ámsterdam, y la patria de Martín fluctuará entre culebras y gastronomía, el suscrito tendrá una vejez grecolatina. Y ahora, ¿qué?, “¿callaremos ahora para llorar después”? ¡Ni madre!, hay que echarle la vaca, Fellini dirige la orquesta que toca en el desfile “Qué bonito es un entierro, qué bonito es un entierro”, el sound track de “Fando y Lis” rebautizado por las momias como “Fango y chis”, seguiremos el circo en medio pueblo con nuestra mejor ropa de carnaval, porque nadie nos quita lo bailado, vida para que fuera eterna.