Nuevo Amanecer

El bolero de Rafael


Si vivir es peligroso, amar puede ser mortal. Disentimos de Octavio Paz cuando define al amor como “la libre elección de un vértigo”, es dudoso que el torbellino, la vorágine de la pasión sea un asunto de escogencia antes que de cauces ignorados que el destino tiende a los amantes para arrastrarlos.
En su libro, Rafael Vargarruiz mata a medio mundo o lo suicida, accidentes aéreos suceden tupidos y seguidos, de dos, uno tiene que morir o alejarse para que el otro se quede sollozando con una canción de fondo; esta forma inédita de tocar el bolero para réquiem y misa de difuntos se la debemos a un apasionado, en primera instancia, del amor, y por ende del cuerpo musical que lo narra como un organismo vivo, autónomo y completo, género revelador de las gracias y desgracias amorosas de un continente, pues no existe país latinoamericano que no haya llorado a moco tendido y sonreído con las congojas de las canciones corta pulso o felices (las menos).
Las voces cálidas, templadoras, cachondas desfilan en el relato más que como pistas sonoras, como genuino acompañamiento en ese vasto repertorio de abandono, reproche, ausencia y muerte. Aquí no cabe la división de géneros ni de preferencias sexuales, tanto lo playo como lo hetero, lo macho o lo maricón, tienen sus buenas angustias y desgarrones, que bien pueden testimoniarse indistintos dejando marcas indelebles perdurar registradas en la letra de una canción.
El tiempo interrumpido por la hora fija del reloj obsesivo, el momento coincidente en que un avión explota en el aire y el que se queda se hiere las muñecas, es también el del discurso musical que se oye persistente en cualquier roconola de barrio. Esta tragicomedia popular entre el aserrín de los bares, botellas de cerveza y oleadas con olor a berrinche, o a nivel clase mediero en cuartos de hotel, calles peatonales de urbes y aeropuertos, en un semitono de parodia aparta el tremendismo para resaltar lo cursi, el sentimiento kitsch maravilloso que suena en el bolero. Aquí, personajes y tonadas se restriegan, fusionan, bailan de cachetito en un solo ladrillo, apretándose las nalgas, se derraman, arropan o desnudan con la parte de dolor que les toca cumplir, decir, llorar, gritar.
No es negro, tampoco incoloro el humor de cada pieza del set, el narrador testigo, cómplice, partícipe, se distancia, deja que el disco de acetato suene, que la aguja lo surque, lo rasgue y saque la melodía o queja que un corazón estrujado escucha, siente, sufre y reclama, que en el acto de morir o matar se junte la crónica con el lamento. En este coro se oyen las voces de María Luisa Landín, Shakespeare, Julio Jaramillo, Olga Guillot, Ernesto Cardenal, Chaplin, María Victoria, Guillermo Cabrera Infante, rejuntados en la cantina de Pepe Arias para ver a la Evelyn bailar su tango cantándolo a capella.
El cochonazo del cantinero fue a comprar chancho con yuca para las bocas y vio en una rotonda a unas loquitas medio plásticas agitar una gran bandera color arco iris, que le recordó los sorbetes de “La Hormiga de Oro”, reivindicación elemental de derechos humanos tan naturales como los de tres perros y diez chocoyos, pero ajeno a la política y a la trasgresión le valió madre y pensó en los riales que le birló su chivo para irse de viaje.
Cuando estalló el avión y se esparcieron por Campo Bruce los tucos de su querido, el cantinero ya tenía la gillette en las coyunturas y la roconola atronando a todo volumen sonando su canción favorita, eran las cinco de la tarde, la hora de Federico, a las cinco de la tarde, el lapso en que el tiempo se detiene para que paren los relojes y se produzca el milagro del arte, el de la instantaneidad de lo eterno, La Gran Ilusión, Entre Candilejas, como deben tocarse los boleros.