Nuevo Amanecer

Alma de Pachamama


Para muchos era la gran voz popular de América. De ésa a la que los vecinos del norte le expoliaron hasta el nombre. Nadie como Mercedes Sosa ha cantado de una forma tan conmovedora Gracias a la vida, Alfonsina y el mar o Volver a los 17. Con sólo una guitarra y un bombo. Pura emoción.
La tucumana fue esa voz con conciencia que llevó por el mundo las canciones de Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Horacio Guarany... Ritmos de chacareras, zambas, milongas, guajiras, cuecas...
Cantó con Pablo Milanés, Chico Buarque, Charly García o Milton Nascimento. Por los desaparecidos en las dictaduras latinoamericanas y en defensa de los derechos humanos y la libertad. Una mujer de izquierdas que aseguraba no haberse alejado nunca de Dios y que grabó la Misa criolla, de Ariel Ramírez.
A principios de los ochenta halló refugio en Madrid, cuando tuvo que dejar Argentina porque los militares ya no podían soportar el efecto de su voz profunda. Cuando cantaba la Serenata para la tierra de uno, de María Elena Walsh (“porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy”), no hacían falta más explicaciones: decía que las canciones debían ser honradas.
Estuvo muy enferma y se pasó meses sin poder salir de casa. El Senado argentino le rindió homenaje con un galardón por su trayectoria y su compromiso social. La mujer que conmovió con su canto de timbre oscuro y cálido al público del teatro Colón de Buenos Aires, el Olympia de París o el Carnegie Hall de Nueva York, nos ha dejado. Su vida era cantar. Y no podía estar sin hacerlo. Porque La Negra, con su aire de Pachamama, de Madre Tierra, llevaba en su voz un pedazo del alma de la humanidad.