Nuevo Amanecer

Salomón de la Selva en Costa Rica (1930-33)


Tras su expulsión de Nicaragua por motivos políticos, en octubre de 1929, y de una anterior estada breve en Nueva York por razones económicas, Salomón de la Selva pasó a Costa Rica sin su familia, dejando esposa e hijo bajo el amparo de su cuñado Salvador Castrillo Gámez en Managua. Él mismo lo cuenta en una especie de memorias: “Cuando me dejaron en libertad en los Estados Unidos fue por seis meses, en calidad de visitante, teniendo al cabo de ese tiempo que buscar asilo en otro país. Costa Rica me permitió llegar a su suelo, pero los periódicos y las autoridades costarricenses me creían mal visto de la Legación Americana, y ganarme la vida en ese pequeño medio fue problema angustioso”. Esto sucedía desde finales de agosto de 1930, cuando había llegado a San José en compañía de su amigo Adolfo Ortega Díaz (1892-1962).
La cena en la legación con el Ministro Eberhart
Don Justo A. Facio, Ministro de Instrucción Pública --de quien Salomón había recibido cartas admirativas por traducirle sus sonetos al inglés en 1914-- paladinamente le negó empleo. Pero, a la entrada de un cine en San José, una nochecita de miserable llovizna, Salomón topó con el Ministro de los Estados Unidos, Charles Eberhart, a quien conocía porque había desempeñado en Managua ese cargo cuando lo expulsaron, y charlando de ésas y otras cosas, al enterarse que se le tenía por “apestado”, le invitó a cenar en su Legación. También invitó a diversas personalidades costarricenses para que los acompañasen.
La consecuencia inmediata fue haber obtenido un puesto de redactor en el Diario de Costa Rica y todas las clases de inglés del adorable Colegio Superior de Señoritas, más clases privadas de latín e inglés bajo el patrocinio de la Logia Masónica, siendo uno de sus alumnos el futuro novelista “tico” Joaquín Gutiérrez (1918-1996). El impacto emotivo de esa “liberación” lo llevó a traducir el célebre coro de Las Bacantes, de Sófocles, que publicó don Joaquín García Monge en su Repertorio Americano, cuando dicho semanario de proyección y prestigio continentales también se sintió libre de acoger sus colaboraciones.

Sus Persiflages

Ciento cuarenta y cinco de éstas se compilaron en una bibliografía. En primer lugar, aludo a sus ensayos derivados del essay inglés que, principiando con Bacon —imitador de Montaigne—, llegó a ser la forma favorita artística inglesa, alcanzando en Walter Pater su más notable desarrollo y perfección suma. De aquí que consagrase unas líneas elogiosas a la estructura y al ritmo de la prosa de Pater, sobria en palabras y austera en adjetivos. Salomón, gran lector de Pater, admiraba su estudio sobre el culto a Dionisio (1873) (¿no sería este ensayo la primigenia fuente de La Dionisíada?), sus Greek Studies (1895), traducidos completos al español por Pedro Henríquez Ureña en 1912.
Pues bien, Salomón asimiló en sus “Persiflages” la modalidad ensayística de Pater, infundiéndole su sello personal. En esa línea, inventó un personaje, “Gissing” —un viejillo cultísimo, inglés naturalmente— que le servía de consultor e interlocutor. Estos ensayos, amenos y concisos, eran verdaderas lecciones y de ellos podría afirmarse lo que el propio Salomón dijo acerca de otro de los intelectuales europeos que más admiraba y reconocía: “Qué impetuosa corriente de cultura la suya, buscando siempre sobre el mar de los saberes...” Lo mismo podemos aplicar a la avidez intelectual desplegada por Salomón en sus “Persiflages”, firmados con el seudónimo de Persiles. No en vano alcanzaron gran popularidad.
Ante todo, cabe distinguir entre ellos los exegéticos, dedicados a filósofos y científicos (Plotino, Galileo Galilei, Spinoza, Einstein, Bertrand Russell), humanistas y literatos de Occidente (Petrarca, Erasmo, Keats, Goethe, Blake, Menéndez Pelayo). Otros versan sobre figuras hispanoamericanas (Montalvo, León de Greiff, Alfonso Cortés) o tienen de títilo “El clavel bajo la influencia de Sarah”, “Desventajas de la erudición”, “Directorio de la poesía italiana anterior a Dante”, “Defensa de la Iglesia” y “Elogio de Elena Petrovna Blavatsky”. No podían faltar los de temática anti-intervencionista o anti-yanqui, relacionados con la política exterior de los Estados Unidos en Nicaragua (“El Macho-Ratón”, “El terremoto de Managua y los marines”, “Mejor la lepra que los marinos yanquis”, “Las mañas de Mr. Buell”, “Sobre las declaraciones del mercenario McDougal”). Ni los educativos, sobre teoría y obras pedagógicas (“A propósito de las matemáticas”, “Gissing mete su cuchara en la olla podrida de los libros de lectura”, “Los maestros y la política”, “Lecturas geográficas de don Manuel Obregón” y “Con los maestros de inglés”).
En el último “Persiflage”, Salomón cuestiona los manuales para aprender inglés editados en los Estados Unidos y elogia, recomendándolo, el Método progresivo para el estudio y enseñanza del inglés (San José, Imprenta Alsina, 1930) del profesor costarricense Arturo Chávez (sic) Castro. Para él, consistía en “un texto que debiera inmediatamente ocupar un lugar preferente en todas las escuelas de la República.”
El exiliado nicaragüense no sólo se preocupaba por la educación e instrucción de la juventud, sino por el gremio de los maestros —tan mal pagados— al que pertenecía. Por algo vivía en un cuarto de Heredia, saturado de libros y revistas. En esa ciudad firmaba sus colaboraciones periodísticas. Pero también en San José y en Puntarenas, puerto del Pacífico donde impartió una plática en la velada que la Sociedad Puntarenense de Amigos de la Literatura Alemana (S.PA.L.A.) había organizado en honor de su miembro honorario Abelardo Bonilla (1898-1969). Sin embargo, su residencia permanente fue Heredia. Allí estuvo con Gabriela Mistral, en compañía de intelectuales costarricenses —encabezados por Joaquín Monge— y de Palma Guillén, profesora de psicología y de lógica de la Universidad de México.

Su “Canto a Costa Rica” y el “Romance
y cantar del 4 de junio de 1929”
Pero Salomón no hacía mucha vida social. “En un banquete de Rotarios —afirmó, tras asistir a uno de ellos— lo que se oye generalmente no vale la pena, o da mucha pena”. Se concentraba en sus escritos que abarcaban poesías y traducciones en verso y prosa. Entre las primeras figuraron su agradecido “Canto a Costa Rica”. Se trataba de un anticipo de la línea de cantor cívico que asumiría en plena madurez que contribuiría a la mitificación gloriosa de los costarricenses en su lucha contra el filibustero esclavista norteamericano William Walker (1824-1860). Un canto en que hace gala del hiperbatón y el perfecto uso del endecasílabo. Héroe digno de llamarse tuyo, / ínclita madre de héroes que prolífica / pudieras sola repoblar los cantos / de la epopeya griega si la Ilíada / se hundiera en el olvido: Que al llamado / tuyo supremo, fieros se erguirían / tus hijos tuyos todos de tu honor en torno: / [...] Ámalo tú que para amarlo tienes / derecho incontestable, porque vibra / la proclama de Mora en su lenguaje / de palabras aladas y flamígeras / y porque, entre tus manos de hombre humilde, / arde la tea que incendiara en Rivas / el patriota más puro de América...
Pero el verso octosílabo de sus romances y cantares se impuso. Uno de ellos era de índole biográfica: el del nacimiento de su hija Carmen, fallecida el 31 de marzo de 1931 en el terremoto de Managua. Vale la pena —para ilustrar el rumbo que llevaba entonces su producción poética y porque su texto no es conocido— reproducirlo. Su título es “Romance y cantar del 4 de junio de 1929” (fecha natal de su hija) y está fechado en “Costa Rica, setiembre de 1930”; además, fue el único poema de su autor en que manifestó, tiernamente por cierto, su amor conyugal.

Traducciones
en cuatro lenguas
Asimismo, Salomón realizó en su intermezzo costarricense versiones al español de cuatro lenguas. Del griego habría que destacar “Electra” de Sófocles, y “Coros” del mismo Sófocles y de Eurípides; del latín el Pervigilium veneris y poesías de Horacio y de Catulo; y del francés Aucassin et Nicollette. Igualmente, del inglés el ensayo de Gilbert Murray sobre “Eurípides”, tres de Francis Thompson (“La Iglesia y la Poesía”, “La cuarta orden de la humanidad” y “Shelley”), dos de Bertrand Russell (“La religión de un hombre libre” y “El estudio de las matemáticas”), uno de Albert Einstein (“Pacifismo militante”) y el tratado “La Iglesia y la guerra” de Franziskus Stratmann, de hecho un libro. Otra traducción del inglés fue el capítulo de una novela del ruso Leonidas Andreiev (“El día de la crucifixión”).
Más traducciones, siempre del inglés, deben enumerarse: muestras de poesía egipcia (“De El libro de los muertos”) y judía (“Himno litúrgico” de Judá Ha Levy), primitiva de los Estados Unidos (“Canciones de los indios de la tribu Osage, de Norteamérica) y japonesa (“Un poema japonés”), composiciones de William Blake (“A la primavera” y “Al verano”), Mathew Arnold (“Playa de Dover”), William Rose Benet (“El Halconero de Dios”) y Edouard Du Baron (diez), un bailarín extraordinario y culto.

Con The Nation
Al respecto, Salomón se hallaba integrado al grupo del Repertorio Americano, en el cual colaboraba desde 1919, publicando además en sus páginas fragmentos de su novela en chant-fable “De la vida de San Adefesio”, desarrollada en su León natal. Por ello tenía interés en vincularlo con otro semanario, pero en inglés, editado en Nueva York: The Nation. Colaborador en más de una ocasión de The Nation, a solicitud de los editores —amigos suyos—, se identificaba con este órgano que le había enseñado a procurar ser universal, tolerante con las ideas ajenas y fiero en la defensa de la justicia cuando le era negada al débil. Y concluía Salomón su iniciativa americanista. “De lo mucho que hay que podemos querer en los Estados Unidos, The Nation es una concreción semanal y seminal”.

Visita y carta de Gabriela Mistral
Pero el documento más significativo sobre Don Sal durante su estada en Costa Rica fue una carta de Gabriela Mistral, quien visitara este país del 5 al 16 de septiembre de 1931. Salomón fue a recibirla al caribeño Puerto Limón, adonde llegó con otros profesores y maestros. Gabriela, cuyo viaje fue costeado por los maestros ticos que cedieron un día de trabajo para ese fin, captó la situación personal del exiliado nicaragüense, sin duda, como lo revela la carta que transcribo a continuación, ambos se reconocieron en sus verdaderas dimensiones. Dirigida a Julio Vicuña Fuentes, una autoridad educacional chilena, la Mistral recomendó a Salomón, el 16 de septiembre del año referido desde Puntarenas, para que lo contratasen y aprovechasen su “grande y verdadera cultura literaria, clásica y grecolatina” en el país del cono Sur.

El duelo con el Ministro León Cortés
Pero su estancia en Costa Rica llegaría a su fin, tras la polémica que sostuvo con León Cortés, Ministro de Educación, quien le retó a batirse porque se creyó atacado en la defensa que Salomón hizo de unos maestros que el funcionario había echado de sus puestos. La frase que había herido a Cortés era que “un león cortés debe ser, inevitablemente, un león de circo”. “Acepté el reto —recordaría Salomón— porque no podía dejarme amedrentar, y como él no pudo matarme, y como yo desdeñé dispararle siquiera, el odio de Don León Cortés puede imaginarse”. El duelo había tenido lugar en Alto Ochomogo (entre Cartago y San José). Salomón escribió: “Alto personaje político, pues al año siguiente (1933) llegó a la Presidencia de la República, su enemistad fue por lepra que el temor que los Estados Unidos infundían en el pequeño país. Se me cesó en el Colegio Superior de Señoritas. Se me cesó en el Diario de Costa Rica. Y tuve que irme de esa preciosa tierra…”
Poco antes, en junio de 1932, su esposa Carmela Castrillo y el primogénito Salomoncito (de cinco años) se habían regresado a Managua, quedando Salomón solo con su hermanita Mélida, quien acompañaba al matrimonio. Y el 13, 14 y 15 de octubre había criticado, con suficientes percepciones estéticas, la “Cuarta Exposición de Artes Plásticas” que los pintores costarricenses organizaban, desde 1929, anualmente. Se trataba, en realidad, de un ensayo pionero en la temática a nivel centroamericano.