Nuevo Amanecer

La narrativa de Salomón de la Selva


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Si bien es verdad que Salomón de la Selva (1893-1959) fue un poeta fundador de la poesía vanguardista en Mesoamérica y el Caribe, también es verdad que fue un humanista, helenista y latinista, a la manera de los imaginistas; versátil y delicioso ensayista, periodista con una amplia visión sociopolítica y artística de lo que ocurría en las Américas anglosajona y latina y en el resto del mundo, orador y conferencista con dotes histriónicas, autobiógrafo y hasta se dispensó incursionar en la novela. Coetáneo de los autores y de las obras precursoras de la renovación de la narrativa, cuento y novela, en inglés, una de sus lenguas madres, que se presentaría desde los veinte hasta los cuarenta, no participó de las técnicas, experimentaciones y descubrimiento del Ulises de James Joyce (1922, recuérdese que El soldado desconocido apareció ese mismo año), Willian Faulkner, 1897-1962; Francis Scott Fitzgerald, 1896-1940; Ernest Hemingway, 1899-1961; John Steinbeck, 1902-1968.
Su narrativa pudo haber sido un aporte sustantivo no sólo para el desarrollo de la narrativa centroamericana sino latinoamericana, pero resultó como una zona menor y desdeñada para el mismo autor. Su concepción de la novela deviene del poema épico en verso. Muy de su formación inglesa, es el romance en prosa, medieval, con resabios aún de la gesta clásica. No en vano para De la Selva “la novela es dionisíaca. Todo en ella empieza jubiloso y lozano; se engríe, peca, acaba en tragedia”; no es apolínea, es orgiástica con las formas y las cosmogonías; orgía verbal, nada fría ni equilibrada ni racional; sus referentes son Dafnis y Cloe, las novelas pastoriles, Pigmalión y Galatea…[1]
Solía mezclar géneros y formas elocutivas con una gran soltura y dominio en sus obras, como en el cuento “Mi judío errante” (México, 1949). Otro ejemplo, sería la III parte de La Dionisíada. En la que inserta el cuento de los sátiros en la natividad, apócrifo dariano; otro ejemplo es la novela inconclusa Vida y milagros de San Adefesio, que incluye poemas paradigmáticos de la cultura latina: Pervigilium Veneris (la vigilia o el nocturno de Venus) y por último, la célebre y escasamente leída Ilustre familia, que incluye poemas en prosa y un poema en tercetos de arte menor, “Pregón de la muerte de Helena”.
No es gratuito que en sus tres novelas hayan tramas de amor y que al darse a conocer en los Estados Unidos lo haya hecho con un texto que equipara el poema con el cuento o viceversa, titulado “Cuento del País de las Hadas”. El maestro dominicano y continental, Pedro Henríquez Ureña, su amigo de los años iniciales, llamó la atención sobre este acontecimiento:[2]
Las Novedades desea no dejar sin mención el reciente triunfo del poeta Salomón de la Selva. Aunque nació en Nicaragua hace apenas veintiún años y aunque maneja con elegancia el Castellano, su verdadera lengua literaria es el Inglés. Se le conocía y se le estimaba en los círculos literarios de los Estados Unidos; pero el triunfo que lo coloca en la primera fila de los poetas norteamericanos es el que acaba de obtener con la publicación en la aristocrática revista The Forum, de su poema a A Tale from Fairyland (Cuento del País de las Hadas).
El poema ha sido comentado con gran aplauso en todos los cenáculos neoyorkinos. El distinguido antologista Mr. Braithwaite, que recoge en un volumen las mejores poesías cada año, ha decidido darle el honor en la colección de 1915.
“El Cuento del País de las Hadas” es un poema de exquisito corte prerrafaelista. El poeta narra cómo tuvo una visión deslumbradora, y tejió con palabras una tela maravillosa”, adviértase la función narrativa que recalca Henríquez Ureña. Pero su narrativa está determinada por los paradigmas de su otra cultura, que es la hispanoamericana: Rómulo Gallegos, José Eustasio Rivera y Ricardo Güiraldes y los fundadores (Carpentier, Vasconcelos, la novela de la Revolución Mexicana, cuyos autores eran en su mayoría sus amigos o conocidos, Andrés Henestrosa, Agustín Yáñez, Asturias). Casi todas sus ediciones son póstumas y lo tardío en la literatura que es una actividad histórica, pierde su prioridad y ubicación. El rescate de dos de sus tres novelas, responde al interés de los investigadores de De la Selva. A su hora, hubo cumplidos de políticos: Harry S. Truman, ex presidente de los Estados Unidos, en un acuse de recibo le escribió a De la Selva: “…este maravilloso libro (Ilustre familia) ocupará lugar en mi biblioteca…”[3].
Marco Antonio Muñoz, gobernador del Estado de Veracruz, exalta: “Aun cuando conozco la sapiencia extraordinaria del doctor Salomón de la Selva, estoy admirado con la lectura de las acróasis que preceden a la novela de la Ilustre familia, así como con la novela misma, por las profundas observaciones filosóficas que paso a paso y con el conocimiento del mundo helénico va expresando en maravillosa conjugación de saber y de observancia práctica de la vida…”.
Clarence R. Decker, Rector de la Universidad de Kansas City, Missouri, afirma: “La Ilustre familia es un libro de belleza como no es dable ver sino en los museos”. El novelista Agustín Yáñez, de la Academia mexicana, agradece el “regalo principesco (Ilustre familia)…biblia de sensibilidad e inteligencia, de amores e informaciones caudalosamente decantadas en años y años, y luego sublimados por la temperatura de altísima poesía…al mismo tiempo joya bibliográfica y obra de madurez gloriosa”.
Pero estas opiniones pertenecen a la cortesía y en el canon de la narrativa centroamericana moderna De la Selva si no está fuera, aparece precariamente citado. El crítico y catedrático portorriqueño Ramón Luis Acevedo, ni siquiera lo menciona en su obra La novela centroamericana (1982). El joven crítico nicaragüense, Nicasio Urbina en su estudio, La estructura de la novela nicaragüense (1995) tan sólo cita La Dionisíada, como ejemplo del narrador extradiegético. Y el escritor clave para el desarrollo de la narrativa nicaragüense, Sergio Ramírez, ha valorado que sus tres novelas “no alcanzan, sin embargo la calidad de su poesía”.[4] Mariano Fiallos Gil, Carlos Tünnermann Bernheim, Carlos Chamorro Coronel, Jorge Eduardo Arellano, José Emilio Balladares Cuadra, Nydia Palacios y José Argüello Lacayo, asimismo se han referido a la narrativa de De la Selva.

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Su primer intento novelístico: Vida y milagros de San Adefesio, se quedó inconcluso, y se publicó en 1932 fragmentariamente en revistas centroamericanas como Repertorio Americano que editaba en Costa Rica don Joaquín García Monge. Fiallos Gil afirma que es una novela autobiográfica del poeta. “Adefesio hace el papel de Celestina, papel sumamente útil cuando hay prohibiciones de por medio”. Se desarrolla en León. “El protagonista, estudiante del Seminario es como el vivo retrato de Salomón, o de su primo Miguel Jerónimo de Escoto y Muñoz que también fue seminarista y hombre misterioso, que aún lleva preposición postiza y un título injertado: “Conde de Escoto”, por cierto un gran señor, más señor que muchos condes verdaderos [5].
En esa misma década de los treinta, se dispuso a redactar una segunda novela, Pueblo Desnudo o (La guerra de Sandino), paralela a los sucesos o acciones que se protagonizaban en las montañas segovianas de Nicaragua; al parecer la comenzó en el exilio de Panamá, en los años del Digesto Latinoamericano y Las hijas de Erechtheo (1933), y la finalizó acaso en 1935, ya en México. Pero, aunque concluida, quedó inédita por razones políticas quizás, tal vez escondida por falta de entusiasmo en la causa nacionalista que había sido exterminada desde marzo de 1934. Hasta en los setenta se me concedió, como un favor muy especial, examinar los originales, leerlos y publicar un fragmento en La Prensa Literaria, Managua, 21 de abril de 1974.
Entonces encontré adulteraciones que profanaban la “santidad textual”, procedentes de la mano de su heredero, que ahora se rectifican. En 1985 se editó completa, (122 pp.), bajo el sello de la Editorial Nueva Nicaragua, por gestiones del doctor Sergio Ramírez y mías ante la familia. Seis años después de haber echado al olvido y abandono Pueblo desnudo, entre 1941-42, compuso La Dionisíada, sobre las trifulcas de las provincias centroamericanas de mediados del siglo XIX. La Dionisíada, como mucho de lo suyo, se redactó rápidamente con el propósito de someterla al Segundo Concurso Literario Latinoamericano convocado por la Editorial Farrar & Rinehart, de Nueva York, por intermedio de la Oficina de Cooperación Intelectual de la Unión Panamericana y del P.E.N. Club de México en 1942. ¿Novela ocasional? Quizá. No obtuvo el ansiado premio, provocando que el autor no sólo se desilusionara, sino que montara en iras.
En 1973, 30 años después, me tocó ver los paquetes que los organizadores habían devuelto por correo; aún tenían los matasellos con tinta morada, las estampillas y los cables con que habían sido liados. Aquel paquete recibido en 1942, tenía impresa la suela iracunda del zapatazo de De la Selva. Esta novela también quedó proscrita, postergada entre cajas, papeles y libros, hasta que el Consejo Cultural de la Colección del Banco de América, de Nicaragua, por gestiones del jesuita, León Pallais Godoy, la publicó en 1975 (240 pp.), en su serie Literaria 3.
Doce años más tarde, en 1954 salió de las prensas la única novela que se permitió publicar en vida la Ilustre familia, un alarde de erudición e impresa en un alarde gráfico: papel malinche de 76 kilos, gran formato, pasta dura, tiraje numerado y firmado por el autor, ilustraciones a todo color, líneas uniformes y mayúsculas especiales diseñadas por artistas mexicanos, tales como Francisco Moreno Capdevila y Carlos Alvarado Lang. Dedicada al Presidente de México, licenciado Miguel Alemán, quien patrocinó su publicación y a cuyo grupo desde Jalapa, pasando por la Secretaría de Gobernación hasta llegar a la Presidencia de los Estados Unidos Mexicanos, pertenecieron los De la Selva, no en balde Rogerio fue Secretario del Presidente y se decía que De la Selva era el intelectual detrás del trono.

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Pueblo desnudo o (La guerra de Sandino), pertenece al ciclo de la novela nacional antiintervencionista y, por tanto, con dimensiones políticas: Sangre en el trópico (1930) y Los estrangulados (1933) de Hernán Robleto. Es acaso la mejor novela de De la Selva, breve, casi esquemática y eficazmente estructurada. Trata sobre los primeros meses de la lucha del general Augusto César Sandino, con el ingenio de las emboscadas, la caza de la mulita que el Partido Comunista Mexicano le había mandado de obsequio al General, los combates y la lealtad de sus hombres; y el afán de los marines por exterminar al “bandolero”, constituyen el centro al que circundan conflictos y personajes de la política, de la diplomacia y la sociedad de la década del treinta en Nicaragua. Su narrador es como se llamaba antes omnisciente, hoy, con la terminología de Gérard Genette se le llamaría narrador extradiegético, que en otro momento del discurso narratalógico se torna intradiegético.
El teatro de operaciones, Jinotega, Matagalpa, Estelí…, resulta borroso, ante la presencia de la montaña segoviana, El Chipote, El Chipotón, cuya descripción alcanza momentos verdaderamente mágicos y fantásticos, que evoca la novela de la naturaleza salvaje de principio del siglo XX: sequías, inviernos torrenciales o lluvias cuasidiluvianas, ríos caudalosos, olor milenario de hojas podridas, valles y cumbres tupidas de lianas, parásitas, árboles altísimos y corpulentos, víboras inofensivas y culebras venenosas, insectos, jaguares, muladas, lagartos, pájaros canoros, charcas empozadas que con la luz cambian de colores, ruidos, rumores…
En cuanto a los personajes, llamados en su mayoría únicamente con el apellido, el novelista ajeno a cualquier objetividad, no se reprime de denunciar a algunos de ellos y de retratarlos con caracteres expresionistas, carnavalescos incluso, a punta de ofensa. Por ejemplo, un general favorito de sus fobias tenía una dentadura de pus y nicotina: Era un quidam de apellido Moncada; calvo, de cabeza en forma de berenjena, de piel blancuzca, con ojos de gargajo, rugoso de pescuezo; de estatura mediana y entrado en carnes, parecía estar borracho siempre. Este general Moncada es el arquetipo del entreguista liberal, cínico, cambiante y corrupto con su corte de intelectuales, señoritos serviles y saqueadores del Estado, uno de ellos se aprovecha de los encantos sensuales de su hija Gioconda, para obtener de la Presidencia de la República condonaciones de deudas. Un Somoza joven, sobrino de Moncada, aprendiz de político, abyecto y semimofletudo con fisonomía y glúteos feminoides. Alex Navas, el intérprete o traductor de los marinos, en tanto vende patria, colaborador de la intervención e integrante de las fuerzas armadas, lo evidencia como homosexual (cochón). En el mismo grupo, pero con otro signo ideológico se localizan Adolfo Díaz, anverso de Moncada, es igualmente vendepatria, pero conservador, refinado. Bebe whisky y no guaro como Moncada; el ex Canciller e intelectual Carlos Cuadra Pasos, Salvador Castrillo Knox, Julio Benard, los periódicos conservadores y los periodistas liberales Hernán Robleto, Juan Ramón Avilés y Andrés Largaespada… Los marinos norteamericanos —Coronel Hatfield, General Feland, Sargento Hemphill y los demás— pese a su arrogancia como militares del ejército mejor armado del mundo, viven la zozobra y el miedo del fantasma de Sandino, que es declarado muerto, exterminado después de cada combate y su sombra, su espectro insurge a cada momento, lo cual acentúa lo mágico y terrorífico; o de otro fantasma que es un posible grupo de guerrilleros mexicanos.
Managua es para De la Selva la ciudad “indigna” y urbana porque en ella se escenifican las negociaciones entre los vendepatria y los marinos para exterminar a los guerrilleros: mesas de prensa en los Estados Unidos, telegramas, radiogramas... Managua tiene vehículos, cines y hasta hotel de montaña para relaciones prematrimoniales. Todo esto significa para los prointervencionistas la modernización de Nicaragua, que implicaba la desmoralización pragmática y el desplazamiento de la antigua ética cristiana. Sin embargo, se contrasta con las proezas, ingenio y sacrificios conmovedores de los soldados y mujeres del ejército defensor de Nicaragua: Coroneles Estrada y Umanzor, Alejandro Ferrara (¿Miguel Ángel Ortez?), Simón Montoya, José León Díaz, Coronado Maradiaga, Peño que sugiere Peña, o sea, Piedra, cuya raíz es Pedro o Piedra y es una suerte de velada apología del general Pedrón Altamirano, es y no es su retrato verbal. Peño y su historia de amor con Felícitas, tiene su propia voz, modulaciones, léxico, pronunciación y particulares muletillas, que denotan la resignación del campesino o mestizo siempre desamparado y violentado. Por ejemplo: “Sería mi suerte”.
Altamirano se incorpora al final de la novela, con su banda, como un personaje fiel a Sandino. El héroe, Sandino, resulta el anverso de los militares y próceres del siglo XIX, humano, pequeño de estatura, jinete de mula no de caballo, de sombrero, sin casaca, seco por los fríos de la montaña, antiyanqui, antirracista y moralista, y casi genial como estratega. Para De la Selva Sandino no es un santón ni lo presenta nada maniqueo ni idealizado; aún más, es capaz de apuntar sus actos de crueldad y hasta de vandalismo que tendrían su explicación y justificación como tácticas de su guerra de guerrillas.

Léanse estos tres episodios: 1) La muerte por machetazo en la nuca de un joven combatiente que enloquece al contemplar el festín de vísceras de cadáveres de los zopilotes, uno de los muertos era su hermano. 2) La amputación de la mano derecha de Peño y del Tata Cura como estratagema para engañar a los interventores y conducirlos a una emboscada. 3) Y el saqueo de la hacienda “La Germania”.
Si hay algunas exclamaciones admirativas, son pocas y no pasan de frases como éstas, que son reveladoras:
—Él no quiere ser presidente.
—¡Güevos de hombre!
—¡Güevos de hombre, los de mi General!
Así se construye un primer imaginario del sandinismo y propone un nuevo arquetipo de héroe: mal armado, peor comido, desarrapado, lo cual era muy importante en una lucha que desde la perspectiva de Sandino, profesada también por De la Selva, se pretendía magnificar al pueblo “indohispano” como lo llama Sandino. Los invasores veían a los indígenas como raza inferior: “Sólo aniquilando a los indios se puede salvar este país”, decían. Un indio no era más que un “pobre diablo”.
Novela histórica en tanto interpreta el enfrentamiento entre la latinidad y el anglosajonismo; la existencia de sus personajes es real, está plenamente documentada. El narrador intradiegético (Salomón de la Selva aparece como personaje con la misma posición ética en la que se ha mantenido: índice acusador de la depravación moral de un pueblo y voz defensora de la causa de Sandino). Novela polifónica: voz del invasor, voz del campesino, voz de los periodistas, voz citadina y voz de los políticos; mezcla un lenguaje culto, poético y patriótico en sus arengas (recreación de la retórica sandinista) y un lenguaje popular, oral (Tachitó, jodás, jodidó, hombré, última vocal acentuada); imita la fonética de los segovianos y usa el léxico general: Afusilar, atestado, bosticar, canía, calache, capotera, carajada, casimpulga, chichitote, chiflada, chimbilicoco, chismerío, chucho, chapiollo, enbarajustada, encuchillado, garuga, hoyanco, impasable, jicarudo, mataco, maletada, en paleta, patacón, puercada, sonchiche, tartamuda (ametralladora), tejaván (falso tejado), tetelque, trementina, ululante, yancada, zope (apócope de zopilote) zurrón… Como vemos, se maneja el habla nicaragüense con absoluta propiedad, gracias a ella se reafirma la naturaleza nacionalista del relato.
Cabe subrayar, que aunque permaneció inédita, se inscribe en la sustentación identitaria de la literatura nicaragüense, que ha dado obras que se perdieron como la novela de Pablo Antonio Cuadra, otras que estuvieron escondidas por razones políticas, como el testimonio de Sandino, Maldito país (1933-1979), recogido por José Román, y otras editadas como los cuentos: Contra Sandino en la montaña, de Manolo Cuadra (Managua, Nuevos Horizontes, 1942), los poemas “El innominado”, de Mario Cajina-Vega, y “Un nica de Niquinohomo”, de la Hora cero de Ernesto Cardenal (México, Imprenta Panamericana, 1960), y los relatos y estampas “Corte de chaleco” (1963) y “Cinco yardas de bandoleros” (1984) de Lizandro Chávez Alfaro, y “Retratos de hombres libres” de Jorge Eduardo Arellano.

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La Dionisíada comienza con una advertencia respecto de la invención de los personajes, la historicidad de dos de ellos y la general realidad de la América española que se trasmuta en realismo mágico. La nota dice así: Todos los personajes de esta novela son imaginarios. La obra toda es una ficción. Solamente el Rubén Darío que aquí aparece se ajusta a una de las diversas y contrarias leyendas acerca de su juventud. Los demás personajes pudieron ser en la realidad. Cualquier semejanza con individuos reales es enteramente accidental. Es de advertir también que sólo a grandes rasgos se ajusta esta novela a la Geografía y a la Historia. Con ligeros cambios podría haberse colocado cualquier acción de la que aquí se desarrollan en casi cualquier país de Hispanoamérica.
No obstante, no son ni Darío ni el joven Luis H. Debayle las figuras estelares, sino Dionisio. La obra empieza y termina con la tensión y las expectativas o amenazas de las constantes guerras de un liberalismo que se expandía por Centroamérica: estallidos de arsenales de armas, escaramuzas, conspiraciones, expulsiones de obispos y cleros, pero desemboca o alcanza su mejor momento en la creación del mito de Dionisio. Jorge Eduardo Arellano afirma que “La Dionisíada pretendió infundir a la convulsa realidad política-social de la Nicaragua de finales del siglo XIX el sentido grandioso de la epopeya homérica, pero Salomón fracasó en su intento. Sin embargo, tuvo aciertos y elaboró páginas que no desdeñaría ningún narrador moderno” [6], rescata Arellano para ponernos en la perspectiva del pensamiento primitivo de aquella sociedad rural y provinciana que desata Nichito. El narrador es el tradicional omnisciente o extradiegético, con una focalización panorámica, que va desde León de Nicaragua, con su catedral, la plaza, el río Chiquito, cuadras largas, puentes, cementerios, funerales oratóricos, Hualica, el volcán Telica; Guatemala y sus negocios; El Salvador y sus historias familiares y de amor con desenlaces trágicos como los suicidios; Honduras como paso de nicaragüenses; y Costa Rica o Puntarenas, como estampa caribeña: mar, puerto, sol, ron, casas de maderas, negros, alcahuetas, burdeles y prostitutas, con algún contrapunto europeo. Mezcla de costumbrismo y regionalismo occidental como en Cosmapa (1944) de José Román, de sentimentalismos y romanticismos de la novela decimonónica; relato bélico como en Sangre Santa (1940) de Adolfo Calero Orozco.
Consta de tres partes: I. Nacimiento y crianza de Dionisio, II. Historia de Gonzalo Quirós y III. Historia de Dionisio; no se piense que por el nombre de la divinidad grecolatina Dionisio y dada las aficiones de De la Selva, el protagonista es este dios o el primer obispo de Atenas, Dionisio, sino un niño mestizo o quizá aborigen que crece en Hualica, junto con otro niño esmirriado llamado Nicolasito y creados por un grupo de mujeres. Dionisio queda huérfano al nacer, perdiendo a su madre en un incendio. Adoptado por la familia de Gonzalo Quirós, vuelve a quedar huérfano porque la madre adoptiva fallece por causa de un cáncer, mientras lo arrullaba por primera vez.
Este personaje infantil, Dionisio, llamado con el diminutivo de Nichito, forma parte por sus acciones, atmósfera y tono de lo que en el siglo XX se ha llamado lo real maravilloso o realismo mágico, que revela la imaginación, la hipérbole y la verdad, de la realidad americana. No en vano elementos del realismo mágico se detectan desde las cartas de relación de cronistas y conquistadores españoles del siglo XVI. Dionisio fue una suerte de infante prodigioso, dotado de extraños dones, como sobrenaturales: ángel del Señor, sanador de enfermos, jinete veloz y precoz, diablillo bailarín al frente de la legión de pordioseros de León que se emborrachan en las terrazas de Catedral. Veamos uno de esos episodios de la intrepidez y candor mezclado con burla e inconciencia de Dionisio niño —como un San Jorge o San Miguel Arcángel— enfrentándose con un palo de escoba —a manera de lanza bufa, rasgo de humor— al dragón infernal o serpiente que tenía aterrorizado a su pueblo.
La niñez vence a la bestia: Hasta que una mañana, en víspera de la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, en agosto, mientras la Petra ayudada de la Chinta barría la iglesia parroquial y le ponía adornos a la Virgen, pobres este año por la miseria que la sequía había causado, las muchachas brincaron de las escaleras en que se habían trepado para colgar una guirnalda azul y blanco, de papel, de las que habían quedado de otras fiestas: el Nicolasito había pegado un alarido aterrador. Corrieron adonde habían dejado a las criaturas, que ya andaban y comenzaban a hablar. El Nicolasito parecía de cera, tal era la palidez de su rostro moreno. El Nichito, al contrario, reía y decía, ve, ve, y se apoyaba sobre un palo de escoba pequeña, la que se usaba para barrer el altar, que le había metido en la bocaza a la enorme serpiente. La serpiente trataba de librarse de esa carnada en la boca, retorciéndose o como queriendo tragarla, sin poder, y el Nichito no aflojaba y decía alegremente ve, ve. La Chinta salió despavorida gritando que la culebra se comía a los pequeños. La Petra había alzado al Nicolasito y lo apretaba contra su pecho, pero no se atrevía a acercarse donde el Nichito seguía encantado conteniendo al animal.
Dionisio programado por las autoridades eclesiásticas que desde su más tierna edad habían visto por él, lo destinan al Seminario de León para que estudie el sacerdocio. Desde su adolescencia hasta su adultez, como los Buendía, Dionisio es monaguillo, tipógrafo, hijo de casa de la familia Quirós, mengalo según la estratificación y modo de vestir de la época, viajero, hijo falso o calumniado de un cura o de la Santa Madre Iglesia, oportunista prospecto de Pastor protestante, termina convirtiéndose en un caudillo militar triunfador de una de las contiendas leonesas contra los conservadores y granadinos, cuyo primer acto de poder lo constituye el fusilamiento de sus adversarios contra los muros de catedral. En el fondo toda esta apología de Dionisio o Nichito acusa una reivindicación clasista de la criatura que ha crecido en medios precarios y bajos estratos, que por su propio esfuerzo, audacia y arrojo alcanza la preeminencia. En este particular, establece un nexo con Pueblo desnudo y Sandino.

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Si Pueblo desnudo y La Dionisíada utilizan el entorno inmediato y la historia, Ilustre familia es posiblemente en uno de sus aspectos una novela arqueológica, datada milenios después de acaecidos los sucesos que narra. Consecuente y contradictoriamente (dionisíaca) con su concepción es producto de “La Diosa Blanca”, la Musa, la razón, el intelecto... Como antetitula y subtitula el mismo autor: es “Poema de los siete tratados”, y “Novela de dioses y de héroes”; lo cual hace de la pieza una ópera aperta a las lecturas más heterogéneas. ¿Quiénes forman la Ilustre familia? Cabe preguntarse en el intrincado proceso de creación y configuración de la novela. ¿La Ilustre familia, quizás enmascaradamente, son los De la Selva, que estaban en la cúspide del poder en México, y que más de alguno, según el autor debió de haber firmado uno de los poemas o los capítulos, porque es una obra de cierta manera escrita o realizada en colectivo? ¿Es la conjunción de dioses y héroes que procrearon a Helena de Troya? ¿O es la sociedad intelectual leonesa llena de poetas, oradores, jurisconsultos, cronistas, historiadores, catedráticos...?
Estilísticamente es la culminación de una prosa escritural densa, académica, culta y especializada, epítetos, largos períodos alternados con versículos y poemas en prosa: Libresca a más no poder, esta novela —¿será novela?— se pregunta el propio autor, es el resultado de infinidad de lecturas. A nadie como a mí se le podría aplicar aquel latinajo de doctos cum libro. Nada hay aquí que no se halle —disperso, eso sí— el no sabría decir cuántos centenares de obras de la Antigüedad, de la Edad Media, del Renacimiento, Edad Moderna.
Vislumbra acaso la antinovela futura, De la Selva tiene cierta duda de que su “novela” lo sea, precisamente por la heterogeneidad formal. Si algo es narrativo o novelesco de la obra, lo constituyen los siete extensos capítulos o libros, a saber: El libro primero que trata sobre los antepasados olímpicos de Helena, para convertirse simultáneamente en un Tratado de Amor, la política y la religión. El libro segundo aborda a los Reyes de Atenas y desemboca en un segundo Tratado de la Política. El libro tercero retoma Las hijas de Erechtheo o segundo Tratado del Amor, que ya se había publicado en Panamá en 1933. El libro cuarto es sobre la Elevación de Thespio o tercer Tratado de la Política. El libro quinto trata sobre El decimotercer trabajo de Hércules o Tratado de la Lujuria, que exhibe pasajes eróticos de delicada intensidad, pero la hipérbole y la naturaleza mítica del personaje le hace perder el temblor, calidez y el encanto humano para quedar Hércules convertido en un atleta sexual. El libro sexto versa sobre las mocedades de Helena o Tratado de la Moral. Y el libro séptimo describe la muerte de Helena o Tratado de la belleza, de la guerra y de la muerte. Su desaparición en abrazo del fuego de la lujuria con el fantasma de Aquiles, extinguiéndose así su estirpe. Coito entre cadáveres, el Amor y la Muerte como gozo y castigo.
¿Reescritura de La Ilíada? ¿Aprovechamiento del intertexto? Las alusiones a Apolo, Baco, Ceres, Cupido o Amor, Diana, Furias, Hércules, Juno, Júpiter, Luna, Marte, Mercurio, Minerva, Neptuno, Ops, Plutón, Proserpina, Saturno, Sol, Telus, Ulises, Urano, Venus, Vesta, Vulcano….la cantidad de episodios y pasajes, a pesar de los riesgos, no logran perder a la heroína principal, que es Helena. Es una biografía novelada y poetizada, apología erudita de Helena; canto a Helena, como icono de belleza y pasión. Con todo, Ilustre familia desde América es una de las iniciadoras modernas de la novela mediterránea, que se dedicó a reinterpretar Grecia, Roma y sus religiones.
Comparte con Rubén Darío el ambiente de Oro de Mallorca (1914) y la galería de divinidades y héroes de Prosas profanas (1896). Guardando las debidas proporciones y distancias, el caso de De la Selva y en el particular de la novela mediterránea, que es también novela histórica europea, coincide cronológicamente con Robert Graves (1895-1986), poeta, ensayista y novelista, autor de Yo Claudio y Claudio, el Dios (1934), posteriores en un año a Las hijas de Erechtheo… (1933). Asimismo, Ilustre familia de Salomón de la Selva, es contemporánea de La hija de Homero (1955), año en el que Graves publicaría su diccionario enciclopédico arqueológico, Los mitos griegos.
Sorpresivamente, De la Selva está tan próximo como distante de la nueva novela hispanoamericana: vislumbra el realismo mágico; intuye la antinovela, la novela mediterránea y la actual novela histórica con personajes de la vida real, incluso, se incluye a sí mismo; mezcla géneros y formas: ensayos, memorias y cuentos, cuentos dentro de novelas, poemas en prosa y en verso dentro de relatos; inventa personajes carnavalescos; pero no consigue crear un mundo narrativo nuevo y trascendente. Pesó más en él la novela de la naturaleza exuberante americana que las originalidades de la estructura verbal.

México, 1979, Managua 2007

[1] Jorge Eduardo Arellano: Literatura nicaragüense, 6a edición, Managua. Ediciones Distribuidora Cultura, 1997. Véase el capítulo la novela: “Etapa y obras principales” y en él el capítulo dedicado a Cosmapa de José Román.
[2] Las Novedades, Nueva York, 22 de julio de 1915, reproducido en Homenaje a Salomón de la Selva, 1959-1969, Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, León, Cuadernos Universitarios, No. 5.
[3] Tanto esta opinión como las seguidas proceden de las solapas del libro Canto a la Independencia Nacional de México, poema de Salomón de la Selva, precedido por una acróasis explicativa y apologética. México, D.F. Imprenta Arana Hermanos, 1955.
[4] Véase Enciclopedia de Nicaragua. España, Océano, S.F. El ensayo de Sergio Ramírez sobre la Literatura como antecedente, la poesía, la narrativa y el teatro.
[5] Mariano Fiallos Gil. Salomón de la Selva, poeta de la humildad y la grandeza, apuntes para una biografía. Cuadernos Universitarios, León, No. 22, febrero de 1963. p. 3-16.
[6] Jorge Eduardo Arellano, Literatura nicaragüense, 6a edición, Managua. Ediciones Distribuidora Cultural, 1997. Véase el capítulo la novela: “Etapa y obras principales”.