Nuevo Amanecer

Los celos quedan


A Lilliam Valladares

Había terminado el relato que hacía noches no la dejaba en paz. La carcomía la intriga o el misterio de la mujer abandonada en un predio baldío. El cadáver lo encontraron varios días después de muerta, y los rasgos y la fisonomía de su rostro, el cuerpo entero, estaban preservados de la descomposición. No sabía cómo o por qué la occisa, antes de ser asesinada, pudo haberse empecinado en mostrar rasgos, rastros y evidencias, para facilitar la captura de su asesino. El cuerpo presentaba tres estocadas debajo del seno derecho, de seguro propinadas con un cuchillo muy fino o una navaja de punta larga. La encontraron inesperadamente unos carretoneros que llegaron a botar basura. El misterio de su relato se centraba no tanto en quién era la difunta ni siquiera quién era el asesino, ni los motivos que pudo haber tenido para matarla y tratar de hacer desaparecer el cadáver. El enigma que provocaron sus insomnios era la voluntad extrema de la occisa, aún más allá de su propia muerte, en dejar alguna huella que evidenciara cómo había sido asesinada. Tenía la cabellera intacta, y por los quiebres de la cintura y de la cadera había sido una mujer hermosa. Debió amar y gozó días y noches felices, y quizá también saboreó ser amada y correspondida, hasta la noche fatal de su asesinato. Ella exploró en el relato las reacciones defensivas de la desaparecida, sus reacciones mentales ante la fatalidad de un hecho inesperado y repentino, ante el cual no pudo huir ni defenderse. Releyó el escrito y le pareció bueno porque la historia estaba bien contada, era breve, limpio y discurría sin tropiezos. Podría enseñárselo a Pablo Cristo si llegaba esa noche a visitarla, y si no a Luis Pastor, que también tenía buen criterio, ambos gozaban de su aprecio y Ella cuidaba con esmero esa amistad. Si no, talvez vendría el tío Orontes el sábado por la tarde o domingo por la mañana, y se lo mostraría a él para que lo leyera y le diera su opinión. Estaba ansiosa por escuchar un juicio justo y ponderado de su trabajo, pues ellos no le tenían envidia ni eran rivales literarios.
Cultivaba el género desde hacía años y a criterio de Pablo Antonio eran buenos. Algunos habían sido publicados en la Literaria, pero la colección de sus cuentos seguía inédita y con la ambigüedad de varios títulos inacabados. Pero eso no la perturbaba, antes quería conocer el criterio de sus amigos. Se levantó y colocó los siete pliegos de papel carta escritos a mano sobre el pequeño escritorio de su cuarto, salió al corredor grande y espacioso, y miró su colección de máscaras, bellas y extrañas, colocadas en la pared que da a la sala de estar, en el orden de origen de procedencia desde los más remotos rincones del planeta, y notó que la mayoría representaban a la muerte o al demonio. Un guiño de ojo de una de las máscaras le recordó el rictus del rostro marchito de la asesinada. Fue a la cocina a pedirle a la Martina que le hiciera un té verde. Se sentaría en la sala y saldría a la acera a tardear y refrescar un rato, a ver pasar a los vecinos y a contestar los saludos y los adioses de rutina.
En el parque florecían los malinches y las acacias rosadas y amarillas. Un viento fresco caracoleaba por el parque de rato en cuando, y se paseaba por la calle de catedral viniéndose sereno hasta la acera de su casa. Era una casa grande, de argamasa, algo antigua, de corredores espaciosos, cuartos altos, anchos y frescos, empozados en una luz penumbrosa durante el día y una oscuridad cerrada por la noche. Esperó paciente y miró hacia el fondo de la calle que va hacia Subtiava. Oteaba de un lado y otro para ver por si acaso se aparecía Pablo Cristo o Luis Pastor. Una visión pasajera de un hombre joven, alto y de frente ancha, con el pelo liso peinado hacia atrás, le recordó a su hijo. Se había olvidado de él por completo concentrada en la intriga del relato de la hermosa mujer asesinada, y perdió la noción de la hora. Entró y fue a la cocina, Martina le contestó que no había regresado, pero es seguro que no tarda. Las veces que va a verlo, siempre regresa antes de las seis o las siete de la noche. El joven visitaba a su padre, al menos una tarde a la semana, que vivía con otra mujer.
Ella regresó a la acera a sentarse en la silla mecedora, contestó varios adioses y contempló la quietud de un atardecer despejado color naranja, con tintes grises tornasolados y un cielo opaco, cerrándose y a la vez abriéndose a la noche y a la tenue oscuridad de los últimos meses de la estación seca. No tardaría en llover y empezarían a caer las lluvias torrenciales. Recordó entonces sus dudas sobre cómo se habría preservado intacto el cuerpo de la mujer. ¿Un accidente de las condiciones climáticas botado el cadáver en aquel vertedero clandestino? ¿Pero, y los calores sofocantes y rigurosos del mediodía y de las tardes? ¿Y la humedad por el rocío de las madrugadas, no exponían el cuerpo a la descomposición? Ella prefirió pensar que a veces los muertos logran imponer su voluntad contra los vivos. La última voluntad expresada como ley de la vida: cómo desearon ser enterrados, testamentos y herencias, desgracias por bienes y por deudas, en fin, no en una ocasión en la historia y en la vida cotidiana los muertos se han impuesto a los vivos. Y las personas corrientes tal vez no dieran crédito a estas ideas, pero, en ocasiones, el culto racional del análisis forense no sirve para nada.
Miró otra vez al fondo de la calle, ninguno de sus dos amigos daba señales de vida, no desmayó en el intento de esperar paciente allí sentada y pensó que sería bonito que alguno de ellos se apareciera sin avisar, sin llamar por teléfono. Necesitaba de esa espontaneidad y ella no forzaría las cosas, esperaría hasta que ellos llegaran por su propia cuenta, porque se hubieron acordado de ella. Al rato volteó a mirar hacia la esquina opuesta al nuevo parque de los poetas, y vio a su hijo caminar despacio hacia ella. Era alto y bien parecido, de contextura recia, de ojos pequeños, mirada profunda y con un agudo sentido del humor. Estaba orgullosa de él, pero tenía celos, no de él ni de la relación con el padre, sino por la otra mujer. Las visitas, en ocasiones eran más frecuentes y tardaba más en regresar. ¿Acaso esa mujer sería capaz de expresar ternura y el amor que ella sentía por su hijo? ¿Él estaría encantado con ese trato afectuoso de amor ajeno?
-¿Terminaste el cuento? Se inclinó acercándose a su mejilla y la besó suavemente. Ella devolvió el beso filial.
-Sí, contestó, y creo que me quedó muy bueno.
-Me alegro que estés contenta. ¿Esperas a alguien?
-No, dijo, un poco azorada, no espero a nadie. Bueno, en realidad te estaba esperando para preguntarte, que ¿cómo te fue?. Alzó la vista y lo quedó viendo con una mirada aguda, penetrante. Él no se había sentado, y desde su altura, miró el rostro de su madre, había envejecido con la gracia sutil de una vida apacible y en armonía con los suyos. Salvo el conflicto ya cerrado con su padre.
-No sé, contestó él. Creo que bien. Me gusta ir a verlo un rato cada vez que puedo. ¿Parece que algo te incomoda?
Ahora ella se había olvidado del misterio de cómo se había conservado intacto el cuerpo de la occisa, también de sus amigos y de la ansiedad de que leyeran el cuento y le dieran una opinión.
-Bueno, verás, dijo ella. Es cierto que todo en la vida tiene un fin, y el amor se va, pero los celos quedan.