Nuevo Amanecer

Rubén Darío y el Congreso de la Poesía en Valencia


La Exposición Regional Valenciana de 1909 adquirió una resonancia mayor de la esperada. Además de los expositores, donde se dieron a conocer los logros de la agricultura y la ciencia, celebraron congresos, conferencias, conciertos, deportes y se estrenó el ya célebre Himno de Valencia, letra del Maestro Chapí y letra del poeta Maximiliano Thous. Los periódicos dieron eco del evento y hasta Rubén Darío, en La Nación de Buenos Aires (15 de agosto de 1909), dio a su artículo semanal el título de “El Congreso Universal de la Poesía”.
La Exposición Regional fue inaugurada en Valencia por el rey de España, Alfonso XIII, el 22 de mayo de 1909 y se prolongó hasta el 13 de noviembre de 1910. En el abultado programa existió el proyecto de llevar a cabo un Congreso de la Poesía, en el marco de esta Exposición. Pero no se llevó a cabo. De haberse realizado hubiese tenido lugar en el mes de octubre y habría contado con la presencia de poetas españoles, europeos y americanos.
El promotor de esta feliz idea se llamó y se llama Mariano Miguel de Val (1875-1912). Rubén Darío trazó de él su perfil, en un bello artículo, titulado “De Val”, que puede leerse en su libro Todo al vuelo (Madrid, Renacimiento, 1912), donde escribe:
“Mariano Miguel de Val es terrateniente, mundano, abogado, ex secretario del Ateneo; de la familia de Castelar, ex secretario de Moret; amigo del rey, de los infantes; redactor en varios periódicos, director de un diario de provincia, director de la respetable revista Ateneo, director y editor de la biblioteca Ateneo; pertenece a la legación de Nicaragua; fue iniciador del Romance de los Sitios; colabora en Caras y caretas, de Buenos Aires; en El Fígaro, de La Habana; ¡inicia, realiza y colabora en cien cosas más! No tiene aun automóvil; va a comprar uno muy pronto; pero no hay que temer, este poeta no es futurista. Tiene un santo en su familia ancestral. Tiene un castillo en Zaragoza. Es lírico de paz y de hogar. Tiene una bella esposa y unos lindos niños. Su padre era republicano. En su casa se conspiraba. Llegaba allí el tío Emilio y hacía discursos de música. El niño Mariano oía todo eso, observaba, tras los cortinajes. El niño creció, y el hombre es hoy monárquico, católico; y cuando se va a veranear, para que diga la misa en la capilla de su castillo, tiene un capellán. De Val es cuerdo”.
La cita es larga, pero contiene casi todos los ingredientes que van a servirnos en este entramado que se llamó Congreso de la Poesía en Valencia. En primer lugar, Mariano Miguel de Val, amigo personal de Darío, fue nombrado Secretario de la legación (embajada) de Nicaragua en España, por el propio Rubén, tras presentar las cartas credenciales ante su majestad, el rey de España, Alfonso XIII, el 2 de junio de 1908. Es decir, un año antes de la fecha que reseñamos. La razón es clara. De Val es amigo del rey y es una rica personalidad, muy influyente en el mundo de la política y la cultura. Es más, Rubén Darío, cuando es nombrado Ministro (Embajador) de Nicaragua, no tiene plata para pagar una sede diplomática. Es Mariano Miguel de Val quien ofrece su propia casa, ubicada en la calle Serrano, número 27, de Madrid, para sede de la Embajada.
No cabe la menor duda de que el señor De Val se siente revestido de un nuevo rango que le confiere más poder y autonomía en sus relaciones. Esta posición le permite publicar en el Heraldo de Madrid (21 de febrero de 1909), el artículo “El Congreso de la Poesía en Valencia”. Por entonces, se ha publicado en los diarios de Madrid el programa de actividades que van a realizarse con motivo de la Exposición Regional Valenciana. De Val escribe: “Los periódicos de Madrid publicaron estos días el lúcido programa de Congresos que durante la Exposición de Valencia han de celebrar en la hermosa ciudad levantina”.
De Val tiene experiencia en este tipo de eventos. En 1905 había organizado los actos de conmemoración del Centenario del Quijote, que tuvieron lugar en el Ateneo de Madrid, y, en 1908, el homenaje a Los sitios de Zaragoza, dentro de otra exposición, donde se expusieron los adelantos, siguiendo el modelo de las grandes exposiciones de París. En el citado artículo el autor hace un llamado a lo poetas animándoles a emular su Batalla de Flores del mes de julio e insiste: “Hay que ir a Valencia, poetas, para que en sus batallas espléndidas de flores no falten las de la inspiración”. Su llamada va dirigida a todos los poetas de España.
Tres días después; es decir, el 24 de febrero, dicho artículo fue reproducido por el diario Las Provincias, de Valencia. Mientras la idea adquiere forma en los foros literarios de Madrid, en torno a reuniones que se dan cita en el Ateneo, Mariano Miguel de Val publica, en el Heraldo de Madrid, un segundo artículo, titulado “El congreso de la poesía”, que data del 19 de marzo de 1909. Empieza por elogiar su proyecto, en los siguientes términos: “La idea que tuve el honor de lanzar no hace muchos días en estas mismas columnas, relativas a la celebración de un Congreso de la Poesía en Valencia, ha tenido la fortuna de ser acogida con entusiasmo (…) Muchos han sido los poetas residentes en Madrid que me han hablado de este asunto, proponiéndome la convocatoria a una reunión; muchos los poetas de provincias que me han escrito y comunicado su adhesión; la prensa de Valencia ha reflejado también el admirable efecto producido allí por la iniciativa”.
En otro párrafo De Val dibuja el panorama literario español y los poetas que han de viajar con él a la cabeza:
“Pónganse al frente de esta original peregrinación a la sagrada tierra levantina, Meca de las sugestivas bellezas naturales, el gran Rubén Darío, amante predilecto de las Piérides, gran revolucionario de la métrica; Salvador Rueda ─ya nuestro viejo amigo─, mago del ritmo, poeta de los claveles, incomparable forjador de soberbias ataujías; Fernández Shaw, depositario de la clásica tradición lírica española; Martínez Sierra, que hila con singular maestría áureo hilo del idioma, paladín afortunado de la juventud triunfadora; Juan R. Jiménez, “sabidor” de almas, cantor de los augustos silencios campestres; el plácido, el nostálgico, Pérez de Ayala, que posee la virtud de animar con su propio espíritu aún las cosas inanimadas; Amado Nervo, autor de las cosas inanimadas, “Galardón” y “A Kempis”, indicadores ellos solos de un robusto temperamento poético; Eduardo Marquina, poeta pensador y pensador poeta, que ha heredado, sin duda, el plectro grecolatino; Ricardo Catareu, al que deben agravios las musas y con ellas quienes sabemos cuán correcto versifica, por privarnos ─por dedicarse al periodismo militante─ de sus composiciones cálidas, tiernas, humanas; Antonio de Zayas, el orfebre que al labrar ricos joyeles de distintas épocas hace dudar quién fue el verdadero artífice, si el joven poeta del siglo XX o un contemporáneo de Gonzalo de Berceo, porque Zayas pinta como el Greco y escribe con la naturalidad del arcipreste de Hita…”.
El 22 de marzo tuvo lugar una reunión en la Secretaría del Ateneo de Madrid, de la cual dio información el diario El Liberal del día siguiente. Es decir, el 23 de marzo de 1909, con título reincidente, “El Congreso de la Poesía en Valencia”. Entre los asistentes figuran José Francos Rodríguez, José Joaquín Herrero, José Antonio Cavestany, Amado Nervo, Cristóbal de Castro, Enrique Díez Canedo, Pedro de Répide, Joaquín Vaamonde y De Val. Algunos excusaron su ausencia, pero enviaron adhesiones, como Rubén Darío, Salvador Rueda, Rodríguez Marín, los hermanos Álvarez Quintero, Pérez de Ayala y Carlos Fernández Shaw, entre otros.
Se elogió la importancia del congreso y se propuso la creación de una Comisión que estudiase el proyecto. Mariano Miguel de Val resultó elegido para encabezar la Junta y éste, a su vez, nombró a los restantes miembros, hasta un total de siete, entre ellos, Amado Nervo, Antonio de Zayas, Gregorio Martínez Sierra y Manuel Machado.
El siguiente artículo, “El Congreso de la Poesía”, publicado en el Heraldo de Madrid (5 de abril de 1909), es una reflexión en torno al acuerdo que debe existir entre la comisión de Madrid y la de Valencia. De Val propone darle mayor relevancia al Congreso con la presencia de los grandes maestros de la literatura, como Marcelino Menéndez y Pelayo, quien podría ostentar la presidencia.. En el Congreso estarían representadas todas las regiones españolas, formando Sección, que dependerían de la Comisión de Madrid. Cada una de las Secciones leería una ponencia “histórico-crítica de la Poesía en sus respectivas regiones o países”, seguida de la antología de poetas participantes, cuyos textos servirían, posteriormente, para confeccionar una Antología.
El Congreso tendría una duración de dos o tres días, en cuyo seno se fundaría la Sociedad de Madrid, que sería “algo así como Las Cortes de la Poesía Nacional”, con el fin de mantener vivo “el ardimiento lírico y el fuego sagrado de la inspiración”. La sesión de clausura estaría presidida por el rey e intervendrían los grandes poetas, como el provenzal Frederic Mistral, Rubén Darío, Teodoro Llorente, Salvador Rueda, Menéndez Pelayo y Echegaray, entre otros, actuando como mantenedor el “grandilocuente orador” y poeta, D. Segismundo Moret. Para asegurarse del éxito, el Congreso coincidiría con el gran homenaje, que organizaba la institución valenciana Lo Rat-Penat, al poeta Teodoro Llorente.
En una “Nota”, a pie de página, se anuncia que las adhesiones y solicitudes se dirigiesen a la calle Serrano, 27, de Madrid, sede de la revista Ateneo y de la Legación de Nicaragua. A tres días del artículo anterior y a dos meses escasos del primero, la idea del proyecto ha tomado cuerpo. El Heraldo de Madrid (8 de abril de 1909) informa de los acuerdos tomados ese mismo día por la comisión organizadora, reunida en el Ateneo. El Congreso se realizará en el mes de octubre, en una o dos sesiones. En una de ellas se planteará la fundación de una Academia Nacional de la Poesía, extensiva a los poetas americanos, a fin de defender los intereses de la poesía, un “mutualismo editorial, constitución de un Montepío, medios de facilitar el transporte terrestre y marítimo de libros de poesía a países extranjeros y manera de difundir en el nuestro las lecturas poéticas”. El proyecto de De Val es bueno y se adelanta en muchos años a la defensa de los intereses de los derechos de autor y a lo que es actualmente Cedro.
Ese mismo día, Mariano Miguel de Val salió de Madrid con destino a Valencia. Las autoridades y personalidades valencianas se volcaron en apoyo al Congreso de la Poesía. El Alcalde, D. José Maestre, convocó una reunión, que tuvo lugar en el Ayuntamiento, la tarde del sábado, 10 de abril, a la que asistieron, entre otras personas, consejales y directores de prensa. Se acordó aplazar el Homenaje al poeta Teodoro Llorente para que coincidiese con el que le tributaría el Congreso. Se nombró, ese mismo día, una Comisión Valenciana, presidida por el Alcalde, D. José Maestre; D. Tomás Trenor, por el Comité ejecutivo de la Exposición Regional Valenciana; D. José Martínez Aloy, por la Comisión del homenaje a Teodoro Llorente; D. Tomás Jiménez Valdivieso, por el Ateneo de Valencia; D. Leopoldo Trenor, por la institución Lo Rat-Penat; D. José Clemente Lamuela, por la Asociación de la Prensa Valenciana; D. Carlos Testor, Diputado a Cortes; D. Alejandro Settier, Secretario de la Sección de Congresos de la Exposición, D. Vicente Calvo Acacio, escritor español, y D. Luis Cebrián Mezquida, escritor valenciano.
En este magno proyecto de difusión de la poesía se invita a los gobiernos americanos a mandar a sus mejores poetas. Se cursará invitación a Fréderic Mistral, de la Provenza francesa: a Guerra Junqueiro y Eugenio de Castro, de Portugal, y a D’Anunnzio, de Italia. Pero no todo tiene el color rosa que venimos exponiendo. Rubén Darío era escéptico a la idea que sostenía el Congreso, puesto que iba a celebrarse la poesía clásica, sin tener en cuenta los caminos nuevos que tomaba la poesía. El modernismo rubendariano había alcanzado su cúspide con Cantos de vida y esperanza (1905) y las luces mecánicas del futurismo de Marinetti sacudían los cimientos más sólidos de la poesía europea. Una de las primeras voces en alzarse contra el Congreso fue la de Azorín. El diario ABC de Madrid (10 de abril de 1909), justo el día en que De Val llegaba a un acuerdo con las autoridades valencianas, publica el artículo, “El Congreso de los poetas”, donde arremete contra los poetas que se reúnen en asambleas y congresos y apunta:
“El Congreso no servirá para nada. La poesía no es, como la ciencia o la industria, susceptible de adelantamiento. En cuanto a las innovaciones métricas (tema de que se va a tratar en esa asamblea) hay que decir que ellas son producto de la intuición, del genio; que se realizan muy de tarde en tarde; y que cuando se realizan, el poeta que felizmente las realiza no tiene necesidad para ello de la autorización de Congresos y de Academias”.
El día siguiente, 11 de abril, el diario Las Provincias, de Valencia, publica, en primera página “Una interviú con Mariano Miguel de Val”, donde el periodista, que firma Mateo, a secas, define a De Val como “un enamorado de la poesía”. De Val no dice nada nuevo que no sepamos, pero anuncia que el Congreso estará presidido por Menéndez Pelayo, luego se “tributaría un homenaje a Zorilla, simbolizando en él a la poesía española contemporánea”. Luego agrega que “si los valencianos acceden a ello”, tomarán parte en los festejos en homenaje a Teodoro Llorente. Tres días después, el 14 de abril, De Val escribe una carta a Rubén Darío, anunciándole que “El Congreso de la Poesía va organizándose. Resultará magnífico”.
Pasarán varios meses, mayo, junio, julio, agosto y septiembre. El verano ha pasado y también el grueso de los festejos valencianos. Llega octubre, la fecha anunciada para el Congreso. El 20 de octubre, Mariano Miguel de Val escribe una carta a Rubén Darío, que empieza:
“Acaban de telefonearme que tengo con bronquitis a la gente menuda. Mi mujer no ha salido al teléfono y sospecho mal. Salgo, pues, en el expreso para Zaragoza, a las seis de la tarde. Mañana escribiré a Vd. lo que ocurra”.
En otro párrafo de la carta anuncia la muerte del proyecto acariciado tantas veces con ternura: “El Congreso se aplazó definitivamente. Hablé con Valencia y allí lo deseaban. Igual sucede con el de Ciencias que iba a celebrarse en los mismos días”. Seis días después, el 26 de octubre, De Val escribe a Rubén, desde Zaragoza:
“Hoy a las tres de la madrugada falleció mi pobre niña Victoria. Siento que Vd. no la haya conocido, porque de no haber visto lo bonito y buena que era, no cabe comprender toda la inmensidad de mi dolor. No me queda retrato suyo. Sólo unos pendientes que le compré del color de sus ojos”.
Desgarrado por el dolor de su propia tragedia, Mariano Miguel de Val, a la edad de 34 años y a sólo tres de su muerte, poco a poco, fue recuperando la moral y, dos meses más tarde, volvió al intento de recuperar el viejo proyecto frustrado. Para ello contó con el apoyo de Amado Nervo. Pero como nunca segundas partes son buenas, sintió el peso de la soledad. Del 28 de diciembre de 1909 data la carta en que De Val le pide a Rubén Darío reunirse con Nervo y recobrar el tiempo perdido, que tuvo su comienzo en el mes de febrero: “Mi ilustre amigo: Nervo me acaba de llamar por teléfono para decirme que antes de media hora vendrá para que trabajemos a (en) lo del Congreso de la Poesía.// ¿Podrá Vd. venir o iremos a verle? Nervo me dice que no está bien y desea retirarse pronto.// Muy suyo devotísimo, Mariano”.