Nuevo Amanecer

¿Una visión nueva u “otra” sobre Sandino?


Ahora tenemos ante nosotros algo “nuevo” sobre Sandino ¿o debo decir “otro”? La diferencia entre lo “nuevo” y lo “otro”, no es tan irrelevante como parece. Es la misma que hay entre el tiempo y el espacio. Entre la modernidad y la postmodernidad; entre la igualdad y la diferencia. La una es sucesiva y la otra simultánea. Podemos coexistir con el “otro/a” en el mismo espacio, pero cuando lo hacemos en el tiempo, lo “otro” es jerarquizado por lo “nuevo”. A ambos los une la acción emancipadora, para cambiar hacia mejor en el tiempo, o para cambiar de lugar o coexistir en paz, en el espacio.
La corriente decolonial está desgarrada al responder a la pregunta clave sobre la globalización, para formular estrategias ante ella. ¿Hay algo “fuera” de la globalización o no? Arturo Escobar, uno de los fundadores de la escuela, como buen antropólogo dio un paso al frente y dijo que sí hay algo fuera de la globalización y son los grupos étnicos. A partir de ahí se pueden derivar muchas cosas, pero está claro que hay algo “puro” en marcha que se defiende de una agresión.
El otro, Walter Mignolo, ha dicho que no, para unos casos (cuando se apoya en el pensamiento de fronteras de autoras “chicanas”) y que sí (cuando presenta a Guamán Poma de Ayala, un mestizo peruano de la primera hora, como un pensador étnicamente puro y a Ottoba Cugoano, ex esclavo, un admirador del pensamiento liberal inglés, como gran contribuyente de algo propio) para otros. Como coartada, usa la expresión de Fausto Reynaga, un intelectual aymará, que dice «No soy Indio, carajo, pero Vds. -refiriéndose fundamentalmente a la tradición castellana mantenida por las élites criollas en Bolivia- me han hecho Indio y cómo me voy a liberar». Y, en verdad, lo que está diciendo Mignolo, son tres cosas a través de la cita: a) Mignolo sabe, al parecer, algo que ni el propio Reynaga sabe, o quiere decir (y está en su derecho estratégico de subalterno), sobre su identidad; b) que no hay nada “afuera” de la globalización; y c) que la estrategia subalterna de Reynaga, una entre miles, es usada para liberarse de algo o de alguien.
En general, la Escuela Decolonial, donde se inscribe este estudio, cree que todavía hay grupos “puros” en América (o Abya Yala) en proporciones significativas (como los afrodescendientes y los aborígenes) y comprenden también, sin mayor contradicción, a los híbridos (como los “hispanos” en Estados Unidos) sin hacerlos extensivos al resto del continente.
Al revés de los museos, de los que habla Boris Groys, que convierten lo nuevo en diferente, los decoloniales han convertido la diferencia en novedad, cambiando el estatuto ontológico de lo “otro” (llegado de la “diferencia” postmoderna), en coordenada espacial cartesiana (locus de enunciación, como si el espacio hablara solo), en crisis y recombinación en esta época de desterritorialización, a través de las redes. Acaso se le deba a esta confusión, su desinterés hacia los medios de comunicación, las comunidades tecnológicas y la publicidad.
La obra de Carlos Midence “Sandino y el pensamiento otro” (2009) tiene, a mi juicio, un mérito y varias consideraciones que despiertan mi interés. Si el autor hubiese empezado por las frases siguientes, situadas muy adentro de su obra, hubiese ganado en centralidad para transmitir su mensaje, porque enmarca a Sandino en un espacio exacto y con unos actores concretos:
“El referente de Sandino en lo que respecta a sus propuesta político-epistémicas son, además de los pueblos indígenas de la Costa Caribe, los de las riberas del Río Coco, los campesinos de Nueva Segovia, los mineros del norte del país y sus alrededores. Este universo forma parte de lo que podríamos llamar nuevas geografías, nuevas topografías, distintas a las regiones centropacíficas nicaragüenses las que siempre han definido no sólo el imaginario, sino las narrativas político-económicas.” (Midence, 2009:173).
Y más adelante:
“Sandino expresa la propuesta de lo periférico, de los intersticios y a su vez despliega y dinamiza las fuerzas de la cultura popular, asimismo representa la heterogeneidad histórico-cultural-estructural a través de la cual diversos segmentos sociales aportan a la construcción de contrarrelatos y cosmovisiones cuyos planteamientos y localizaciones adquieren relevancia en la medida en que representan los loci y prácticas “otras” soportadas en las capacidades y potencialidades de los actores locales.” (íbid: 175).
Primero, el mérito que tiene es haber conjugado todos los Sandinos que nos han transmitido los letrados que lo han canonizado, desde el clásico de Gregorio Selser hasta los más esotéricos de Alejandro Bendaña, pasando por los marxistas de Carlos Fonseca, Jaime Wheelock, Oscar René Vargas, Edelberto Torres, y los novelados de Abelardo Cuadra y Sergio Ramírez.
La obra de Midence rescata el pensamiento de Sandino, corriendo el riesgo de canonizarlo más todavía y no, como parece ser el propósito del autor, relevar la periferia, combinar sus matrices y subalternización de sus fuentes, en contra de todos los autores anteriores, que giraron alrededor del eurocentrismo. Es un buen énfasis en el pensamiento de fronteras de Sandino, parecido al que han trabajado algunas autoras “chicanas” en Estados Unidos.
Es un mérito, también, resituar a Sandino como pensador y no sólo como luchador y héroe. Un pensador que recombina, a su vez, un conjunto de lógicas que van desde el indohispanismo (de suyo una mezcla dominante en nuestro medio) hasta el anarquismo sindical (el mismo del que se nutriría en su momento Mariátegui, para beneficio de sus sucesores como Quijano, Dussel y Mignolo) pasando por el cooperativismo agrario y el espiritualismo de Joaquín Trincado, todo, dentro de un arco de pensamiento dominado, algo que Sandino no desconoció y antes bien hizo suyo, por los grandes conceptos libertarios modernos de soberanía, nación, identidad y decoro nacional, además de ética política y sacrificio emancipador.
No es un pensamiento que descoloca al eurocentrismo, sino que lo recombina dentro de las estrategias del subalterno, que lo acepta, lo incorpora, lo asimila, lo degrada, lo traga y lo devuelve “otro”, irreconocible para unos y superficial, fragmentario y menor para otros:
“Sandino exige reconocer en las lógicas otras, un amplio abanico de posibilidades y emergencias, a partir de otras formas de conocimiento, como la oralidad, lo popular, y tradiciones que, en sentido moderno/colonial, no eran aplicables a la constitución del saber/poder” (íbid: 199) Y más adelante: “Sandino armoniza narrativas disímiles como lo eurocéntrico, lo nacional/popular y lo espiritual con una avidez fuera de lo común” (íbid: 261)
No interesa, y entiendo que tampoco es el propósito del autor, construirle a Sandino un pensamiento especulativo y catedralicio que rivalice con el pensamiento eurocentrado. El mérito, suficiente de suyo, está en señalar las partes que lo componen y que lo sitúan no solamente en unas coordenadas decoloniales, sino también supermestizas, como el eurotaoísmo de Sloterdijk, el pensamiento de fronteras de las “chicanas”, el pensamiento intersticial de Bhabha, el híbrido de García Canclini y otros.
En cuanto a las consideraciones que han despertado mi interés, capto una coherencia forzada que despega desde Nicarao y, literalmente, cierra con Daniel Ortega, haciendo creer que hay una larga marcha de resistencia, entre unos y otros, contra los hegemónicos colonizadores que, al mismo tiempo que nos dominaron, nos enseñaron a liberarnos. Creo, más bien, que sería lo contrario: luchas que se fundan sobre discontinuidades, rupturas, simulacros y mímicas, y no encuentra continuidades mostrables a filósofos de la historia occidental seguros de flechas emancipatorias universales. Es un esfuerzo, igual de moderno y colonial como el que ataca, de construir un discurso de resistencia tan magno como el hegemónico que desafía, distinguible de él, por los fines liberadores perseguidos. En lo personal no creo que la resistencia sea un espejo de la hegemonía.
Hay también una simplificación de puntos de vistas, abiertos todavía en la agenda decolonial, que Midence los cierra, de seguro por su impaciencia de convertirlos en banderas para la acción del partido al que sirve. Deja de ser un intelectual, por la acción que propone, y ya no duda de los fines que presenta como certezas. Por su lado, la “herida colonial” es más bien una cicatriz que nos recuerda siempre de dónde venimos y en qué lugar estamos, sin duda, pero no podemos desangrarnos infinitamente con las venas abiertas, esperando una redención, aunque sea “otra”, y esta vez en el espacio, acompañada por unos intelectuales ebrios de certezas, que ya no desean discutir con quienes les enseñaron a pensar.
El pensamiento de fronteras, más interesante que el decolonial, con el que a veces quiere confundirse, se alude, por su parte, pero espera ser más explotado desde las perspectivas de pensadoras como Gloria Anzaldúa, Norma Alarcón, Chelo Sandoval y últimamente, María Fernández, con sus exploraciones entre el postcolonialismo y los medios de comunicación, que los decoloniales renuncian a examinar. Por último, creo ver un peligro de repetir a Jaime Wheelock (sobre todo su obra marxista dependentista “Las raíces anticolonialistas de la lucha indígena en Nicaragua”) bajo versión decolonial por su defensa de la emancipación, esta vez de aborígenes, afrodescendientes y mestizos, junto a la de antropólogos “duros”, como Mario Rizo y Jeffrey Gould, que creen en la pureza de nuestros grupos étnicos que se disfrazan de “mestizos” para sobrevivir.
¿Por qué “otro” discurso sobre Sandino? Su discurso pequeño, fragmentario y mezclado, no ha tenido resonancias en los historiadores que lo han investigado, porque no han sabido ver que una cosa es lo que propone el hegemónico y, otra, cómo lo dispone el subalterno. Sandino, el mensajero, ha sido siempre el mensaje.