Nuevo Amanecer

El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón


Desde que descubrí a José Saramago, siempre tarde, siempre luego, no había pasado por un estado de invasión total como el que me ocurrió con El juego del ángel. No soy crítico, ni comentarista de libros, y peor aún se me olvidan los títulos, quién los escribió, se me confunden las caras. ¡Qué le vamos a hacer! Pero esta vez, cuando pasé la última página, ocurrió lo que ya venía temiendo desde cerca de la mitad de la obra, tal vez un poco más allá… como en la página 400: me iba a quedar con ganas de más.
Había reducido la velocidad de lectura casi a cámara lenta, para disfrutar más tiempo, pero terminó hace unos 15 minutos. Entonces me dije: lo voy a prolongar un rato dejando salir las palabras que quieran producirse. Mi susto mayor fue al caminar el tramo final. Me asaltaba el temor de caer en uno de esos finales trajinados cuando avanzaba por el tercer acto, y luego por el epílogo. No veía cómo más podría Carlos Ruiz Zafón sorprenderme… pero lo hizo de nuevo con una maestría increíble.
Disfruté cada página, cada párrafo, casi cada frase. Estoy seguro de que yo fui una presencia entre los personajes y ellos –o ellas- seguramente me sospechaban ahí. Involucrado. Sin dejarme ver. Caminé por la Barcelona de los años 20, propuse libros para el cementerio de los libros olvidados, entre ellos algunos míos; respondí preguntas y las hice; traté de aconsejar a David, a Cristina, a Isabella, pero no me hicieron caso; me enfurecí, me reí, me enamoré, lloré; me asusté varias veces y al final quedé con esa inmortal sonrisa de satisfacción temerosa.
A su vez los personajes, sus palabras, las imágenes, se salieron también constantemente de las letras de molde y se tomaron mis clases en la maestría, mis acciones de consultoría, mis reuniones de trabajo, mis conversaciones familiares y mis divagaciones varias. Hicieron cosas peligrosas. Los vi avanzando argumentos sobre los riesgos de la nueva época a la que nosotros estamos entrando, pero que ellos, salvo el patrón y David ni siquiera imaginan en la historia. Se arriesgaron a hacer algunas de las nuevas preguntas que se hacen necesarias. Cuestionaron a los gobiernos, a las religiones y a las instituciones terrenales, al poder, al bien y al mal, a la academia, a la familia y a cada uno de nosotros.
No pude si no recomendar a mis estudiantes esta obra. También a mis amigos y amigas que escriben. Ellos sí que le van a sacar el jugo; sólo imaginen que el personaje es un escritor y todo gira en torno del acto de escribir. Sin duda se van a reconocer en muchos momentos. Y claro… igual va a pasar con quienes hacen el amor con la buena literatura.
Si ya conocen al autor, no les costará pensar que es un libro para leer, pero si no… bueno, cuando yo tomé el libro por primera vez leí en la solapa que Carlos Ruiz Zafón es uno de los escritores más leídos y reconocidos de todo el mundo… ¡y yo ni siquiera lo había oído mencionar! Pero no me avergoncé. Me ha ocurrido a menudo. Hasta hace poco tampoco sabía que en Medellín se realizaba un festival internacional de poesía que se ha ganado el Premio Nobel Alternativo y que en julio de 2009 se realizó en medio de un país en guerra, por decimonovena vez.
Luego me enteré de que a su impulsor le han inventado desde el Estado una investigación quizás para acallarlo. Ahora ya entiendo que eso -lo de la ignorancia, pero también lo de intentar amedrentar a los poetas- no es raro en este continente que pareciera descubrirse una cola de cerdo y con ello la posibilidad de repetir la historia. Todos cometemos errores, incluso el ángel. La venganza y la bendición pueden ser que debamos cargar con las consecuencias a través de muchas generaciones.
En síntesis, la lectura de ‘El juego del ángel’ complace desde varias aristas de la vida… pero preocupa.

luisfelipeulloa@gmail.com