Nuevo Amanecer

El Benjamín de la Esmeralda


Son 144 páginas, 13 capítulos. Una narración amena, clara y sencilla. Diferentes épocas en las fotos que, además, dicen mucha historia. Ejercer el periodismo le ha servido para ir al encuentro de su estilo y también para investigar. La narración es producto del aprendizaje de la narrativa actual. La portada de “El Benjamín de la Esmeralda” es atractiva por el tono verde oscuro, agradable a la vista. Nosotros vemos la obra ya culminada, pero encierra días, semanas, meses de planes, consultas a documentos, viajes a lugares, entrevistas a personajes, hacer numerosas fotos.
Para hacer una obra como ésta se enfrentó a limitaciones de todo tipo. Con la totalidad de sus energías logró darle forma a estas memorias hechas libro. Podemos esperar otros esfuerzos de otros escritores; por el momento está dado el primer paso. Se sembró la semilla en los años 50, 60 y 70, aquí en el Instituto y ahora está la cosecha, y de la buena. Este es el pago valioso que devuelve el autor, y puede sentirse bien agradecido. Este es un pinito sembrado para siempre en este rincón verde que todos disfrutamos en una época de verdor y paz.
Esta es una obra con todos los requisitos, seria, igual a toda obra de trascendencia histórica. Agradezco la mención que hace de mi persona, no puedo ocultar mi alegría. En los trece capítulos del libro, nos encontramos con el cierre, el último que lo hace Guillermo Cortés Domínguez, un gran periodista, serio y naciente novelista. El prólogo también lo hace Cortés Domínguez.
La obra comienza con un sabroso relato que parece tomado de una escena de Luis Buñuel, por la imagen del personaje; me gustó mucho. Nos lleva a una época del pasado de nuestro pueblo. Después nos hace una crónica histórica que nos habla de sucesos europeos hasta ubicarnos en nuestro pueblo y la fundación del Instituto Nacional Benjamín Zeledón con todos los detalles. Luego nos habla del famoso cierre del primer instituto de Jinotega, con todas las consecuencias que provocó en los estudiantes de ese centro.
En otro segmento habla de los profesores pioneros, apóstoles de la educación que lucharon para hacer realidad el Instituto Nacional Benjamín Zeledón en 1959. Sólo Henry Chavarría es el sobreviviente de esos personajes que fueron fundadores; honor y gloria a todos ellos. Somos una generación amante de la honestidad, la libertad, la igualdad, la verdad y la justicia.
En otra parte del libro narra o nos habla de los primeros egresados, fueron personajes de gran servicio para nuestro pueblo, supieron responder a las necesidades de Jinotega. El capítulo relacionado con el periódico estudiantil “Antorcha” me llena de mucha nostalgia, porque ahí publiqué un relato corto y también tenía que ayudar en la venta del periodiquito.
Me encontré con Juan Ramón Huerta, recuerdo que era una tarde, en las calles del pueblo; él llevaba al hombro un paquete de periódicos y me dijo alegre: “Ya salió el periódico”. Huerta me invitaba a impartir charlas sobre literatura a los quintos años de esa época y con esfuerzo lo logré.
El autor de “El Benjamín de la Esmeralda” nos entrega la historia del gran atleta Marcos Iglesias, un ejemplo para muchas generaciones en el futuro; desde pequeño escuchaba las hazañas deportivas de Marcos. Habla también de Néstor “El Flaco” González, atleta de gran popularidad, hombre de varias disciplinas deportivas. En este capítulo nombra a todos los deportistas de diferentes generaciones.
Nos habla el autor sobre la vida del eterno conserje del Instituto, de Eduardo Guido que para mí merece muchas páginas más. Guido es como de la familia y todo el tiempo me pregunta por el autor de este libro. En este libro se narra la historia del profesor Henry Chavarría González. Leí otro libro de un jinotegano en el cual afirma que el profesor Henry Chavarría se merece más que un párrafo, un libro completo sobre su vida.
No podía faltar el relato sobre el Carnaval del INBZ donde todos participábamos y hacíamos ranchos y por la tarde recibir la segura lluvia. Nos retrata un septiembre con todo su esplendor y belleza, todo el esmero de la época, todo con sabor patrio. Encontramos escrito todo lo relacionado a la segunda promoción, todo con sabor a nostalgia. El autor nos dejó un gran retrato sobre el profesor Víctor Maradiaga Estrada, maestro de grandes conocimientos. Hombres y mujeres de bien, crónica sobre los tiempos actuales del Instituto, el testimonio del profesor Ronald Castro, su actual director.
Juan Ramón Huerta, vino del sur de nuestro pueblo, donde hay lugares de silencio, de soledad, de austeridad, de limitaciones. Ingresó a la escuelita del Llano de la Tejera, tenía que recorrer grandes distancias para obtener el pan del saber. Tiempos duros, rudos aquellos. Ya daba señales de ser buen alumno, parece que el ambiente del lugar lo iba limando, le iba dando brillo a su mente.
El camino con sus callejones antiguos, donde antes pasaron nuestros abuelos nativos. Es el asiento antiguo de los jinoteganos, de ahí vino Huerta con el entusiasmo de superarse, un sitio de donde la mayoría marchó. El cerro El Horno pintado en el relato de Tomas Belt, es testigo de esta historia. Ese lugar lo nutrió de energía telúrica para seguir en el presente dando frutos en diferentes formas, una de ellas es este libro del Instituto Nacional Benjamín Zeledón.

* Poeta jinotegano.