Nuevo Amanecer

El retorno a su Masaya natal

Homenaje a Francisca Sánchez en el Café Literario Kolchiztky, de María Isabel Tiffer Aldubín

El retorno de María Isabel Tiffer a su natal Masaya, después de un amplio periplo a través de Estados Unidos, Europa y África, asumiendo entre otros cargos el de funcionaria de la Naciones Unidas y del Instituto de investigaciones de las Academias de Ciencias, en Austria, ha significado una apertura a la modernidad para una ciudad que siempre se ha refugiado orgullosamente en su folklore, carnavales y danzas.
Esa apertura a la modernidad del nuevo milenio de Masaya, y su contacto con las culturas del Mundo, a través del Café de Arte Kolschitzky, que ella ha fundado y puesto en marcha casi como un proyecto personal; es algo actualmente evidente y puesto de relieve ante todos.
Se trata de un rincón europeo en Masaya, como Darío mismo hubiera soñado fundar y encontrar en su retorno en l909, pero que se ha hecho realidad en los inicios de este nuevo milenio. Se trata de un café de artes donde el encuentro de lo criollo y europeo, en sus más amplias manifestaciones artísticas, se produce por fin, como en efecto siempre anhelaron los Modernistas, esos argonautas que abrieron las puertas culturales del planeta al mundo hispano.
Una nostalgia austriaca, parisina, madrileña, es la que se respira en este café que abre bíblicamente sus puertas los sábados a todas las manifestaciones artísticas (sin importar las ideologías o separatismos políticos) de nuestro país, sin más elitismo que el de la cultura misma.
Seminarios, ciclos de conferencias, presentaciones de libros, recitales, grupos folklóricos, expresiones teatrales han tenido cabida cada sábado en este café que inauguró, en su última presentación en público, el gran poeta Álvaro Urtecho.
Me atrevo a afirmar que es éste el primer homenaje, el primer reconocimiento abierto, reinvindicatorio y valorativo que se le ha brindado en Nicaragua a Francisca Sánchez del Pozo, consulesa de Rubén Darío, como lo pondera María Isabel Tiffer en una investigación que sólo pretende añadir a la materia lo que la mayoría de dariistas, dariólogos, darianos, darióforos, malóforos, sinvergüensóforos, vivirófros, odeñaliróforos, diseminados en claustros universitarios, academias, congresos, revistas especializadas, seminarios; no han dicho, ni se ha atrevido a decir acerca de una mujer que la diosa Fortuna puso en el camino de Rubén Darío, cuando éste precisamente más lo necesitaba.
Se trata de un Darío solitario que ya tiene abierta las puertas al gran mundo literario de su tiempo, pero que no tiene una compañía que consolide la seguridad de tener y fundar el hogar que nunca ha encontrado. La visión pacata, conservadora, de prejuicios católicos ortodoxos, oligarcas, no ha permitido valorar en esta mujer que se consagró desde su juventud, desde su primer encuentro en el Madrid de l900, una devoción y amor que ninguna mujer antes había prodigado a nuestro poeta.
No quiero interferir los deliciosos y apasionados datos que nos brinda María Isabel acerca de Francisca, sólo quiero agregar que cuando Alejandro Bermúdez, como un chacal la despojó de su gran amor, ella, después de su muerte, sólo pudo continuar guardando su recuerdo, amándolo a través de un hombre que se dedicó (como nuestro José Jirón Terán más tarde) a preservar y conservar la obra de Darío: José de Villacastín.
Francisca Sánchez contrajo no exactamente matrimonio con él, sino con el recuerdo, con la obra en marcha para la posteridad de su Tatay adorado, de ese gran poeta que ella, en su viudez, continuó amando e idolatrando hasta su propia muerte.