Nuevo Amanecer

La cultura popular en la poesía de José Coronel Urtecho


Existe en la tradición del cuento oral centroamericano, llevada después a la escritura, una pareja de personajes que, en su mezcla de elementos prehispánicos e hispánicos, entraña una serie de enseñanzas tragicómicas, cuando no francamente burlescas y crueles, para los niños, sobre todo los niños de las clases bajas.
Los cuentos del tío Conejo y el tío Coyote, cuya tradición data, según los estudiosos, de finales de la Colonia, pero que acrecentaron su presencia durante los primeros años de la Independencia, presentan el contraste entre el ingenio y la ambición, entre la inteligencia y la cortedad de ideas.
Hay tres cuentos fundamentales en la tradición: el “culo quemado”, el “diente quebrado” y el “queso de la luna”. En los tres cuentos el tío Coyote cae en las trampas que le tiende el tío Conejo, quien le despierta el apetito, pues el estómago es el punto débil del tío Coyote
En el cuento del culo quemado, el tío Coyote es castigado cuando la matrona del convento cree que ha sido él quien se comió sus frutas y posteriormente defecó en su huerto, cuando en realidad fue el tío Conejo. En el del diente quebrado, por quererse comer frutas aún verdes, se le quiebran los dientes.
Finalmente, en el del queso de la luna, el tío Conejo lo convence de que el reflejo de la luna es un enorme queso que está al fondo del lago, pero hay que tomarse toda el agua del lago para llegar a aquel. El tío Coyote muere reventado del estómago por tanta agua, y además ahogado.
Uno de los aspectos que más llama la atención al respecto, es que se dice que en sus orígenes estos cuentos del tío Coyote y el tío Conejo se referían al español, ambicioso hasta la imprudencia y la irresponsabilidad, pero también feroz en sus actos de represión y castigo, quien está representado por el Coyote, y el indígena, quien es el pueblo oprimido, el explotado, quien usa de argucias y sentido del humor para burlarse y salvar su vida. El indígena sería el tío Conejo.
Sin embargo, con el tiempo el español se identificaría con el tío Conejo, y el personaje adquirió así atributos de liderazgo, organización, amor por el trabajo, mientras que el tío Coyote estaría más ligado a la pereza, la indolencia espiritual y física, y por lo tanto a la vida fácil. Esta visión sería más política respecto de la espontaneidad con que nació la primera versión de los cuentos de ambos personajes.1
“El funcionamiento mental es tan impenetrable en las selvas como en las bibliotecas” apunta Robert Darnton, 2 Investigador que ha dedicado el grueso de su obra a la comprensión de la Francia del Antiguo Régimen.
Darnton apunta un hecho por demás significativo, al que se ha tenido que enfrentar todo aquel que ha abordado el estudio de la cultura popular, y es la dificultad para explicarnos el pasado desde nuestro presente, de observar cómo lo que damos por hecho o por superado está aún ahí, latente y latiente, en el pensamiento anterior al nuestro.
Resulta por lo regular más cómodo descalificar el pasado, burlarnos de él o pasarlo por alto, que tratar de entenderlo. Después de la irrupción del movimiento modernista en la literatura hispanoamericana, hacia la década de 1880, y de su impacto decisivo en la literatura de Centroamérica, región que no había brillado mayormente –salvo contadas excepciones- en el panorama literario hispanoamericano, se hizo necesaria la revisión del pasado cultural, habida cuenta de que era muy poco lo que se sabía de éste.
Correspondió a la generación de Vanguardia, tanto artistas plásticos y músicos como escritores, rescatar el pasado cultural centroamericano, su revaloración e incorporación en los procesos culturales que hicieron eclosión con los llamados ismos.
Formado en Estados Unidos, país donde pasó parte de su juventud, el poeta y ensayista nicaragüense José Coronel Urtecho (1904-1994), retornó a Nicaragua con una poesía que sus contemporáneos consideraron estrambótica y extraña, excéntrica, poesía en la que el escritor vanguardista daba rienda suelta a sus interpretaciones personales de los mitos consagrados. Así, en uno de sus poemas llegó a la conclusión de que las sirenas que desasosegaban a los marinos no eran más que focas

Debajo de la flor de su sombrilla
cultivaremos las avispas locas
mientras la arena en la playa brilla
con las sirenas que se hicieron focas.3

Es con este mismo espíritu festivo pero a la vez reflexivo que Coronel Urtecho revisó los cuentos de tío Coyote y tío Conejo, y decidió no ubicarse en el punto de vista del vencedor sino del vencido. Coronel Urtecho no alteró el fondo de la leyenda popular, pero le dio un carácter humano que la brutal resolución de la cultura popular le negaba a los cuentos orales. Efectivamente, Coronel transitó de la violencia y el escarmiento cargado de burla y saña, a una visión solidaria, amistosa, con el personaje despreciado.
Sin embargo, y esto es importante señalarlo, Coronel Urtecho no pretendió aminorar la carga de crueldad y de lección brutal sobre la vida que están explícitas en los cuentos de los tíos Coyote y Conejo. Su lectura, al contrario, subrayó tal violencia inconmovible. En el ensayo dedicado a los cuentos de la Mamá Oca, Darnton apunta:
Sin embargo, “Caperucita roja” tiene esa terrible irracionalidad que parece fuera de lugar en la Edad de la Razón. De hecho la versión campesina supera en sexo y violencia a la de los psicoanalistas. (Como los hermanos Grimm y Perrault, Fromm y Bettelheim no mencionan el canibalismo que se comete en contra de la abuela ni el strip-tease de la niña antes de ser devorada). Evidentemente, los campesinos no necesitaban una clave secreta para hablar de tabúes, 4
Un aspecto sintomático de la tradición oral nicaragüense que observaron los vanguardistas fue la feroz destrucción de toda posible ilusión, de cualquier rasgo de inocencia infantil. En su libro El nicaragüense, el también vanguardista Pablo Antonio Cuadra señalaba como aspecto axial de la cultura popular la leyenda del pájaro del dulce encanto, que ofrece toda clase de bellezas a los niños por las noches, en sus sueños, hasta que por la mañana se les convierte, en las manos, en una masa de mierda. 5
Coronel Urtecho también observó este ensañamiento con la inocencia, producto de una sociedad que debía defenderse desde temprano de un mundo por lo demás hostil. No hay para los vanguardistas centroamericanos, como no lo hay para Darnton en el contexto francés del Antiguo Régimen, ninguna “clave secreta” entre los campesinos y pueblerinos del Istmo. 6
“Pequeña oda a tío Coyote”, el poema que le dedicó Coronel Urtecho al personaje, comienza con un saludo que embroma al romanticismo: “¡Salud a tío Coyote,/ el animal Quijote¡”. Y continúa:

Porque era inofensivo, lejos de la manada,
perro de soledad, fiel al secreto
inquieto
de su vida engañada
sufrió el palo, la burla y la patada.

Coronel Urtecho, consciente de que no podía cambiar el mito, prefirió tomar partido, solidarizándose con el personaje vilipendiado: “Fue el más humilde peregrino/ en los caminos de los cuentos de camino.” El tío Coyote, personaje hecho para recibir escarnio y desprecio, se convierte en el poema en un héroe anónimo, la personificación del ser común y corriente confrontado con la hostilidad de la vida real respecto de sus aspiraciones más simples y elementales.
La vida del tío Coyote, a diferencia de la del tío Conejo, es la del marginado. Pasa de ser el arribista y ambicioso español a ser el indígena burlado una y otra vez por la doble moral del español, primero, y del criollo, después. Mientras el tío Conejo evoluciona al papel de arribista, de cínico amoral, el tío Coyote evoluciona al papel de víctima de una vida mucho más compleja de lo que él mismo hubiera esperado.
El escucha goza al conocer alguna de las desgracias del tío Coyote, disfruta con su sufrimiento, con la burla y el desdén a su ingenuidad: “…cayó en la trampa que le tendieron las vecinas/ de todas las aldeas mezquinas.” No hay solidaridad hacia el tío Coyote, que sin embargo es nuestro pariente, como lo es el tío Conejo.
Quiero decir, son nuestros parientes, las dos caras de la moneda emocional, el ingenuo y el malicioso, el desesperado, casi autista, y el cínico, lleno de don de gentes. Para Coronel Urtecho esto le da al tío Coyote una categoría única: “Y así lo engendró la leyenda/ como el Quijote de la merienda.” El personaje se vuelve literario, poético, sin dejar de pertenecer a la cultura popular, a la identificación ambigua de nosotros mismos:

Pero su historia es dulce y meritoria.
Y el animal diente-quebrado,
culo-quemado,
se ahogó en una laguna
buceando el queso de la luna.
Y allí comienza su gloria
donde su pena termina.

El vanguardista nicaragüense realizó un cuadro profundamente doloroso de la sociedad humana en general, sin violentar los lineamientos que requieren de la crueldad contra el indefenso animal, para enseñarnos a defendernos, desde tiernos, en un mundo agresivo. Sin embargo, y más por esta condición de víctima, el tío Coyote se convierte en figura esencial para convivir con nosotros mismos, para conservar nuestro lado infantil, aun a costa del “palo, la burla y la patada”. El poeta no subvierte el orden, sino que lo pone en tela de juicio, lo contrapone a su propia mezquindad. Un acierto y un aserto.

1 Son diversos los estudios que hay respecto de las figuras populares de tío Coyote y tío Conejo en Centroamérica, por lo que no consigno aquí algún estudio particular, y prefiero invitar a una relectura de los cuentos.
2. Darnton, Robert . La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa (The Great Cat Massacre and Other Episodes in French Cultural History. Traducción de Carlos Valdés. Colección Historia. Fondo de Cultura Económica. México, 2006. 267 pp.) De aquí en adelante, las citas de Darnton provendrán de este libro.
3 Los poemas de José Coronel Urtecho aquí citados provienen del libro Pol-La D’ananta Katanta Paranta –Imitaciones y trducciones-. Introducción de Ernesto Gutiérrez. Edición de Jorge Eduardo Arellano. Colección Poesía. Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. León, 1970. 211 pp.
4 Ibid. p. 20.
5 Cuadra, Pablo Antonio. El nicaragüense. Editorial Nuevos Horizontes. Managua, 1970.
6 La llegada de industrias formales a Centroamérica comenzó en la segunda mitad del siglo XIX pero su auge se verificó en el XX, lo que da prioridad a la cultura desarrollada en las extensas zonas rurales.