Nuevo Amanecer

No debe existir la soledad


(Poesía de Tito Leyva)

ANDRÉS CAICEDO
El poeta colombiano, que a sus 25 años le sacó el aire rancio a la muerte (“porque vivir más, era una vergüenza”) arrebatándose con sobredosis de seconal. Caicedo fundó su vida, amando a Patricia, a quien imploró en su bello jardín de algarabía, escribiéndole una carta de amor, antes de morir.
El poeta de abundante melena descargó su flacura girando un carrusel al revés, en contra del aire; volcando los secretos del volcán de su boca. Caicedo sólo sabía vivir. Reconocía que tenía hambre de lectura, un vicio universal entre sus dientes, que le conmovía a buscar el agua en todas partes.
El poeta montaba el corazón de sus silencios con la maestría de un garrobo granadino en viernes santo. No le gustaba dormir, con un sol sacudiendo su almohada. Fue un hombre simple, intermitente, que le arrebató el equilibrio al día. Un convencido que no sabía llorar. Un mundo de fuego. Un caicedo para seguir conversando.

EL TIEMPO PASA
La gota de lluvia cae sobre el rumor del techo de mi casa. Ayer, no pudo ocultar que era un poco de agua rodeando un paraguas abierto, en un día viernes amarillo. Esa misma gota de lluvia atrapa con costumbres su andar de río, y el tiempo pasa.

AGENDA COMPARTIDA
Quien no habla, espera en vigilia. La pared más cercana se suicida de miedo. Los ojos de los ausentes caen como la lluvia. Una ventana es más exquisita que el aire.

Quien habla, espera en vigilia. Esta sesión es urgente o todos están muertos.

EL DERRUMBE
El derrumbe de los muros me hizo recordar que a cada corazón lo complace un murmullo. Estoy mirando el lento regresar de las palabras habladas a mi oído. Mirando hacia afuera, es la ciudad la que no se acomoda a emigrar con sus calles, y salvar sus ventanas del ruido.

El derrumbe de los muros, en la otra mitad de las casas, es el que marca el paso de los días.