Nuevo Amanecer

La sombra del poder


La sombra del poder (2009), de Kevin McDonald, es una adaptación americana de la mini-serie británica State of Play, y por donde se le busque, su guión cumple básicamente una misión de entretenimiento. Atrás quedan los clásicos del cine negro, con sus filosos diálogos que cortan el aire, su impecable estructura y su atmósfera de penumbras, crimen, drogas, melancolía y mujeres divas y vamps, imposibles de amar, que se evaporan en cualquier momento del film.
Tener que aceptar que nuestro idolatrado arte es también un espectáculo nos obliga a remontarnos a Fellini, para resguardar nuestro intelecto y corazón. A pesar de estar escrito para entretenernos, este film trata de hablarnos sobre la contradicción entre el poder político y el de los medios escritos de comunicación. Como diríamos hoy: es una película mediática; poder-crimen-codicia-impunidad vis… contrapoder-justicia-templanza.
Le falta al guión la salsa que logre saborear los apetitos de la inteligencia. Toda obra de arte -y el cine es arte- nos remite a los clásicos de su género; en este caso al film que ganó precisamente el Oscar por la adaptación que hizo William Goldman, de la novela de los periodistas del Washington Post, Woodward y Bernstein: “Todos los hombres del presidente” (1976). La investigación periodística que condujo al escándalo “Watergate”, que hizo dimitir al presidente Richard Nixon.
Pero tanto Matthew Michael Carnahan y Tony Gilroy, guionistas de este film, aprendieron muy poco del maestro Goldman, quien escribió el film del 76 sobre la mencionada novela, y es considerado en la actualidad como una especie de doctor en guiones. Sólo tenían que leer dicho guión varias veces y decodificarlo. Sin embargo optaron por el camino fácil de recurrir a los lugares comunes del thriller, a sorprendernos con recursos que Hitchcock utilizaba de niño; a tratar de captarnos con un doble final, dejando cabos sueltos en el camino, olvidando la rigurosidad de la estructura dramática y reinventando el agua tibia.
Me parece falto de inteligencia dejar de asumir los clásicos que nos han precedido y con los cuales se pueden medir nuestras obras actuales. En el arte cinematográfico todo está hecho, todo está dicho. Sólo nos resta contar las mismas cosas de otra manera, desde nuestra propia perspectiva subjetiva; sobre una estructura impecable poner el sello inviolable de nuestro estilo y la agudeza de nuestro talento.
¡Ven Thalía a nuestro llamado!