Nuevo Amanecer

Infinitus


Sus ojillos brillaban el precio más que la mañana misma escurrida en sus manos, en el movimiento de sus brazos cada vez que le daba énfasis a lo que deseaba resaltar. Le dije que era muy caro. Es profundo, replicó. Había llegado temprano. Lo busqué porque gozaba la fama de encontrar los isósceles más líricos, además triunfos inverosímiles, dogmas en desuso, musas de Daniel Santos, memorias abandonadas, pueblos traidores, tiranos fieles, poemas jamás escritos, cronistas deportivos de una sola pieza, campeonatos de magias, gallos infelices y granjas de acordeones polígamos, todo con sólo pararse en el punto debido. Él entregaba todo aquello sin pedir ni dar explicaciones.
Lo llevé al patio, le enseñé el lugar y quedó viendo en redondo. Dio de nuevo la vuelta con la mirada y de ahí, las lucecitas de sus ojos soltaron ese fulgor primitivo del trueque, la lumbre primera de la mercancía, el brillo ilícito de la plusvalía, la gloria mundana del dinero. No llevaba más que un bejuco. Era todo su equipo.
Podría empezar ya, dijo el hombre, menudo, con una edad que huía de cualquier cálculo. Con el sombrero de palma, parecía salir de una plumilla, de un esbozo tal vez, porque de momentos, su rostro parecía hecho para permanecer entre la realidad y el recuerdo, sólo que al evocarlo era preciso añadir detalles no reparados antes, al punto de que al reconstruir su imagen se podría estar frente a otro personaje, otro calendario y otra existencia surgida de un atroz concepto.
Convine con él. No se mostraba del todo conforme, pero ya estaba ahí. No había terminado de ver sus instrumentos. Escondida, en la bolsa de su pantalón de manta, una botella de aguardiente amenazaba con tenderle el día como un tapesco.
Miró mi inquietud. El indio tomó el bejuco, se lo puso a la altura de las caderas, formando por delante un arco. Empezó a caminar. Yo miraba al hombre enfilando los pasos, pero sus pies obedecían más al varejón que a él mismo. Por aquí debe ser, le oí, o me pareció haberlo escuchado, aunque los labios en su rostro parecían apenas un trazo mal puesto en papel crescent.
El varejón empezó a doblarse poco a poco, sin que nada ni nadie intervinieran, al menos que se dejaran ver. Aquí es, dijo. El bejuco había formado un ocho inconsistente, abierto a toda sospecha, y el hombre, aquel indio de por ahí, parecía integrar el número acostado, agarrado del círculo por su cintura. Se quedó quieto, como si todo en ese momento se detuviera. Hasta la mañana misma parecía hecha de otro material no muy cotidiano que dijéramos.
¿Ahí…es?, pregunté.
Sí, dijo.
¿Qué encontró? ¿Relinchos de centauros? ¿Relámpagos dormidos? ¿La estrofa que le faltaba al Cantar de los Cantares?
Pues, pura eternidad.
¿Agua?
¿Cómo que agua? Lo que encontré es más que eso.
El indio sacó la botella, molesto, como si con aquella palabra se le demeritara su hallazgo. Se echó un trago. ---Agua…Hasta aquí, ¡hic! …llego yo --- eructó.
Pensé que si no se lo decía, aquello iba a quedar ahí, y hasta a lo mejor me salía más barato. No creía que aquel indio, a pesar de lo que decían de él, fuera capaz de distinguir semejante símbolo de lo inagotable, de lo que jamás se acaba, de lo que es siempre, un salto de delfín o un septiembre sin fin.
El indio guardó el guaro. Tomó el Infinito con sus manos, se sacó un mecatito de cabuya y lo amarró para que no se le perdiera el trabajo de la mañana y se fuera por ahí prolongando vidas ajenas, extendiendo el tedio de anómalas épocas.
¡Eso es mío!, le reclamé, cuando sospeché que él mismo andaba buscando aquel anhelo de los hombres desde la antigüedad, por la cual algunos construyeron pirámides, otros templos, unos más imperios, los más prácticos bancos y los más fanfarrones, el poder: hacer la historia y cagarse en ella.
Sus ojillos brillaron de desprecio.
Sabe, me dijo, llevo en esto una vasta mañana de 520 años, tres meses y 11 días, y siempre que trato de irme de este patio pasa lo mismo. ¡Jamás podremos salir de la perpetuidad!
¿Qué quiere decirme?
Mire ---me acusó con sus insistentes pupilas de ídolo vencido---, los infinitos indocumentados no son de Dios.