Nuevo Amanecer

Evocación/Prólogo


Por aquí pasó un soldado —dijo la voz que, bordeando el denso concreto, se colaba débilmente por las infinitesimales hendiduras que tejían la gruesa puerta— todo sucio y derrotado, que no alcanzó el ocaso.

Ni dios, ni torre, ni hogar —escuchó.

Ni dios ni torre ni hogar —repitió casi susurrando y como si estuviese de acuerdo, y prosiguió:
pero también llevaba huesos, y en su mandíbula la sangre que todavía eclipsa los faros
y los rostros serenos de la meseta...

Huesos y sangre y botones... ¿Llevaba? —volvió a escuchar.

...sombríos, lejanos —concluía

De todas formas, en las noches de frío y luna, su crudo silencio penetra en la sala, en el ocaso de la madrugada, por sus declives, herido: remachasueños: con mazo y uñas y soplo de demiurgo se yergue en ancha sombra: respira y remacha y labra... Y es que esta casa llena de fantasmas lo ampara.
Pero no se atreve a hurgar más allá del espejo. Calla, y es suficiente.
Mecánica—e inútil—mente busco refugio, pero ya sus dedos, rígidos de veneno, revientan mis poros, y lamen como agudas lenguas de murciélago; y no soy más que su torpe marioneta: un eco arrastrado por hilos al centro de mi patio…
...y tu prenda ¿Cuál era?
Desde ahí la casa apenas se define gris y borroneada: pálida luz que se bate en las entrañas del humo denso…
En la médula de la noche lo busco. Armado de bolsas y marcos, atento a cada aleteo, emprendo la persecución.
Desollado el letargo piso grama húmeda y destruyo a mordiscos el espejo con que se escudaba. Es entonces un embrollo de sangre y carne que palpita bajo mis pies, donde sea que pise, sangre y carne que se arrastra desnuda y quejumbrosa, que me acecha…

Rompí su mito,
soy las ruinas
que edificó
y parece que
tiene miedo;

mas no temía
a la pasión
ni al déspota,

y rodó río
abajo: cada
piedra que hirió
su frente fue
una muerte.

Él ya me esperaba al centro del frijolar, cubierto por la mortecina fosforescencia de la luna, que con su peligro transmuta sus llagas y reconstituye su piel. Yo me apresuraba a su abrazo, a su encuentro…
Claro, conocía el mito, pero entonces quería saber quién era. Me había jugado la cordura en mil muertes para ver sus ojos. Entonces, cuando al fin sentía su aliento y sus vapores de muerto corroer mi rostro, levanté la mirada, y justo allá —dijo, mientras un movimiento de su brazo, amplio y oscilante, señalaba una honda área de cielo, destrozada entre los cedazos—, todo se desmoronó, se precipitó contra cada palmo de este territorio, y qué se yo; es semilla y es leyenda, y es el más extinto de los fantasmas.
La noche era diluida por una luz blanda y amarillenta que se rompía en anchos haces sobre el perfil de los cerros morados. El frío no dejaba de colarse por las ventanas y los trozos de cedazo volaban por la habitación.
¿Querés saber dónde te enterraron? —dijo sin levantarse del piso, pero dirigiendo su mirada a la figura que, de pie desde el umbral, lo escuchaba en grave silencio— Te sepultaron vivo y ardiente en mis sueños y en mis noches; te enterraron en el armario y en mis pupilas, en mis venas y en mi nombre, en este almacén de cadáveres que se bate en la boca del estómago, allí estás enterrado. Ahí, donde ya no quiero buscarte, donde veo tus ojos, y al fondo de sus cuencas arden trozos de vidrios y espejos, y te desmoronás en un torbellino de humo y polvo, y no sos más que eso: huesos y polvo. Una calavera con grillete que me sumerge a mi abismo, a la boca de mi estómago, donde al fin te encuentro arrodillado y cargás en tus brazos a un niño muerto...
Los dos ojos lo escudriñaron brutalmente.
y… y, tengo frío… —murmuró con una voz casi inaudible que se apagaba a la vez que la expresión de su rostro se retorcía y se hundía entre sus brazos, que temblaban débilmente sobre sus rodillas. Sus rodillas, que antes sacudía y estiraba enérgicamente.
Se acostó sobre el piso helado, de frente a la pared. Desde el patio trasero una fugaz sombra, la de un murciélago, hirió la luz densa y uniforme que empezaba dorar las paredes grises.