Nuevo Amanecer

La luna de Sacsahuayman


Tras las ruinas, el sol abandonaba su imperio. Los cuerpos fatigados y sudorosos parecían irse con él formando parte del ocaso.
La caminata desde Cuzco los había extenuado.
No muy lejos, broche de jade prendido en la roca desnuda, un claro verde y sensual invitaba a descansar. Al llegar, se tumbaron impetuosamente, la tierra cedió bajo su peso acomodando gentil su textura a las anatomías.
Tomados de la mano, los ojos fijos en el primer lucero, experimentaron una gozosa inconciencia, una sensación de eternidad y profundidad al mismo tiempo. Qué fácil se sentía prometer amor, qué sencillo ofrendar la vida.
Una súbita y cómplice brisa helada hizo acurrucar los cuerpos, hasta sentir el calor, la sangre, el aliento.
La hierba efluviaba fragancias frescas, envolviéndolos, ayudando a los sufridos cuerpos a sanar del castigo de la altura. En la montaña, quebraba el silencio el resuello acompasado.
Mientras la luna se desnudaba de la noche, rasgando sus vestiduras con su blanca luz, se sentaron. Prendieron un cigarrillo, arrojándose el humo sobre sus caras. Las luces de las brasas quedaron atrapadas en las pupilas. No sabían cómo ni por qué, pero estaban ahí, quizás el motivo fueran ellos mismos, ya no importaba, lo esencial era el instante, el sabor intenso de lo puntal, la inmensidad del paisaje oscuro y la evasión de responsabilidades sobre pasado o futuro.
La luna se hinchó de luz y una diáfana claridad salpicó de colores el lugar, los otros colores, esos que sólo la noche sabe mostrar a sus hijos. Al verse expuesto, el camino los hizo levantar y los empujó suavemente por el último trecho hasta Sacsahuayman.
Sin prisa, de la nada, como árboles mágicos, comenzaron a surgir delante de ellos muros hechos de rocas gigantescas, rayanas en la perfección geométrica. Cada roca, del tamaño de uno o quizás dos pahuichis, se hallaba sólida e intrincadamente unida a otras de similar envergadura, sin grietas, sin fisuras, sin irregularidades, dispuestas como una cíclopea dentadura a lo ancho del valle. Junto a ellas, la pequeñez de lo humano superaba los límites de lo consciente y entendible. Al dar un rodeo, encontraron cómo ascender, cómo llegar a la parte superior del muro. Su deseo era desde allí mirar hacia Cuzco, y a través de Cuzco el universo, tratando de verlo por los ojos de los gigantescos centinelas de Sacsahuayman.
Al llegar, arrojaron los bolsos y el cansancio con desdén. Sólo un eco sordo y discordante respondió con desprecio al gesto sórdido.
El durmió cerca de media hora, y al despertar, la vio sobre la roca más alta en cuclillas, desnuda. Se desnudó lentamente, resistiendo la tentación de encender un cigarrillo, algo le decía que estaba fuera de lugar. Juntos, cubiertos con la piel de luna, miraron Cuzco desde el ojo del gigante, tratando de captar sus pensamientos, sus ideas, su cultura, su lucha. Cuzco resplandecía, nuevamente su sueño era velado desde los muros de las viejas ruinas. Toda la grandeza de una civilización perdida pasó por sus mentes. La historia estaba allí, los bañaba, los impregnaba, desde sus pies descalzos. Podían verla, tomarla, olerla, gustarla, dar rienda suelta a las preguntas más inverosímiles y recónditas divagando respuestas.
En la fría noche de los andes peruanos, una cálida brisa los envolvió, era el aliento del gigante satisfecho. Los ojos se besaron dulcemente, las manos buscaron los cuerpos ardientes, y pronto fueron uno, hicieron el amor, amor de luna...