Nuevo Amanecer

Instantes, instancias instantáneas


1 Sisimique no sé si todavía vive. ¿Es el único espanto al que hay que temerle? Existe el monstruo de Bagdad, el monstruo de la Casa Blanca, el monstruo de Escila y el monstruo de Gila: venenosas alimañas.
A Sisimique lo conocí de mandadero y no es lo que dicen: que entró a Nicaragua por Peñas Blancas (me imagino que sin visa), que era ciego (por eso atacaba indiscriminadamente ambos sexos). Que era violento. Las mujeres en ese tiempo se acostaban temprano por temor y los hombres por horror. Le temían.
Ahora sabemos que lo honran con un camino vecinal bautizado en su nombre: El callejón de Sisimique, el cual es un desvío que nace en la trocha que va rumbo a Hato Grande y muere en la finca de Ronald Bendaña, sitio de excelentes tierras donde antes sembraba tallarines al voleo el Ing. Uriel Barillas, pues en surco todavía los sigue cultivando Joaquín Ray-O-Vac Castrillo.
El otro reconocimiento público a Sisimique es un Parque de Diversión Animalista ubicado por donde Lupón Cementerio. Al centro del jardín se encuentra un busto que no se sabe si es el temido Sisimique, el bardo Rubén Darío o la escultura del hondureño Francisco Morazán, que se encuentra perdida en los confines de las irresponsabilidades patrias.

2El santo hereje del pueblo donde nací es San Caralampio. Lo tienen en casa de la Delia Vargas, porque a ella lo heredaron y lo festejan dos semanas al año, porque no pueden más. El santo sacerdote de largas barbas llegó por línea directa para que continuaran la tradición mística de sus ancestros.
Los curas del templo de la Virgen de la Asunción, en vez de construirle un nicho en el patio, llegaron a amenazar a los Vargas con llevárselo del lugar. Se olvidaban los franciscanos que la bulla contagiosa del pueblo era la única verdad del santo hasta ese momento revelada.

3 El cambio ideológico de Chale Guerra fue de la noche a la mañana. Comenzó a razonar aires provenientes de la fuente materialista de su tocayo Marx. De aquel compungido abarrotero emergió un alegre hombre muy apreciado, había desechado ese lastre de apagado mercader que lo mantenía espiando las cuentas al fondo del negocio.
Se convirtió en el mejor alcalde de Juigalpa. Visitó a sus amigos, valoró la luz del sol y salió bajo la luna a echar una cana al aire sin importarle el peligro de representar a un caballero romántico ilusionado por la piel fresca de sus pasiones. El melodrama de Chale llegó hasta el límite de retar a duelo – no sé si de espadas, armas de fuego o cachetadas – a su rival Tulio Silva, un mastodonte mal enfrenado que en un dos por tres le podía partir el alma.
La cosa es que nuestro apreciado Chale se incomodó tanto que abandonó sus crónicas sobre Amerrisque y el origen de América, el tiempo que tenía libre se lo dedicaba a la dama que acompañaba todas las noches hasta el borde de la acera de su casa para evitar algún atraco sentimental; sin embargo, todos sabíamos que del quicio de la acera hasta el otro borde (el de la cama) el montaraz burlador esperaba a quien noche a noche se entregaba con pasión flaubertiana.
Chale, Fernando y la disputada madame vivían contentos. Llevaron la fiesta en paz. Todo el escándalo fue una escena más para el pacífico cielo de Verona. Agradecidos sin proponérselo, respetaban un Pacto Trigarante al estilo mexica: ella percibía solaz ambiente de intrigas amorosas, Tulio centraba protagonismo de Sancho habilidoso y Chale hacía el papel de macho infalible disponiendo a la hembra con su acertado calentamiento.

4 Pienso que nuestro último filósofo de Chontales fue Moncho Fonseca, pensador anacoreta ciento por ciento. Se refundía en el corredor de su vieja casona a disipar penas que el inmenso palo de mamón callaba, ahí se quedaba a oír de rebote las canciones del momento en boca de su inquilino Bilicón Castilla, seguidor empedernido del mexicano Emiliano Zapata; su zapatismo o zapaterismo marcaba los zapateados de la época con la misma horma revolucionaria de las huestes norteñas.
Todos los días Moncho desafiaba la salida del sol. Se despertaba muy oscuro a recibir del lechero la medida bronca, para después, con la misma sabiduría de los dioses griegos, regresar a su tálamo a convivir con sus deidades. Ellas lo levantaban de su nicho biológico cuando el sol rayaba alto: Artemisa bajaba de la repisa, y Diana que era la misma dama, subía a la cama. Urgir al sol era para Moncho tontería; pues el horario, igual que los hombres, lo marcan circunstancias.

5 Milagro Blandino fue una mujer muy linda. Si digo preciosa, bonita, espléndida, maravillosa, quedaría en lo mismo. Dirían los de mi pueblo: - ¡Hembra perfecta! Vivía en la espaciosa casa de su tía Celia Blandino, viuda heredera de los bienes de don Leopoldo Tablada.
La señorita Milagros vendía boletos en apoyo a la buena administración del Cine Juigalpa. Cuando yo iba tras el canto desparramado de las divas del celuloide, antes tenía que pasar placenteramente mi mirada sobre el bello rostro enmarcado en la luna de la taquilla.
Una noche de verano cualquiera, apareció adentro de la casa de su tía Celia un irrespetuoso vestido de mujer. ¿Andaba tras la hermosura de la dama? Al travestí lo agarraron con gran escándalo, tenía una voz de gallo ronco que espantaba cualquier gallinero. Del suceso ocurrido en torno a la reluciente Milagro, hasta el día de hoy, mi recuerdo amoroso hacia ella es el mismo: poético y vago.

6 Romántico empedernido fue Manuelito Medina. Muchos pensaban que su oficio era ganadero porque se había asociado a la ASOGACHO (Asociación de Ganaderos de Chontales). - ¡Eso me ofende! cierto día reclamó. Porque me ven a caballo creen que mi beneficio es el campo, la finca. ¡No! Es más, el potro que me acompaña, véalo, no es mío, un mi amigo de Cuapa me lo prestó para presumirlo en la fiesta de agosto, pasando la bulla se lo regreso. Quizás yo sea ganachero, no lo niego, pues me gustan las nachas.
Ganadero es el que tiene, cría, cuida o desea ganado propio o ajeno. A mí no me ambiciona una mugre vaca. Vea mi bigote azabache, recortado por la mano del mismo Pedro Infante. ¿Usted cree que mi voz nació para enamorar vacas? Si toco guitarra es para festejar mujeres, motivo de mi existencia.
Así era Manuelito, buen conocedor de las controversias de Séneca, que afirman que la pasividad sexual para un hombre libre es un crimen. - ¡No me puedo dar esos lujos!, arremetió preocupado. Más bien suplico una matrona como la romana Cornelia para que me sea fiel, tenga doce hijos y los eduque. Mi vida sentimental pronto la comenzaré a escribir bajo el delicado estilo del poeta Emeterio Velázquez, cantor furibundo de la égloga, Rumor a orillas del río Mico, dedicada a su mecenas, Payito Martínez.

7 El Chilenito a buena honra se llamaba Juan José. Manejaba diestramente su camión mañana y tarde: el cortejo salía del portón del patio de la panadería de Aura Benavente, ubicada frente a la esquina del doctor Robleto.
Con mucho respeto Juan José sacaba su vehículo para luego cerrar las enormes puertas, así las había mandado hacer doña Aura, no para que entrara el Chilenito con su carcacha, sino para que pudieran pasar Beto, Chico y Lolo, unos muchachitos que sin prisa pasaban los dos metros de altura.
Por las tardes yo calculaba que el Chilenito pasara frente a nuestra casa para saludarlo. Un adiós para el Chilenito era lo máximo, se sentía corredor triple A cuando detenía y arrancaba de nuevo el motor. Desde el fondo de su boca lo aceleraba en voz alta, rugía sonidos de doble escape, apretaba fuertemente con sus manos los brazos de la carretilla y jalaba rumbo al basurero a botar los desperdicios de la panadería.

8 El Gato Rayado fue magnífico policía y como el buen ejemplo entra por casa se cuidaba a sí mismo. Era su propio custodio. Manejaba la guardia alerta para que sus cuñados, Julio Pipí y Pilomo de Castilla no fueran a ofender o sorprender su prestancia militarista.
Con Blanquita Castilla procreó dos hijas y un hijo, este último complació la máxima debilidad de su padre, graduándose con altos méritos en la Academia Militar de Nicaragua. El padre felino parecía batracio asustado, mientras que su chamaco – alto, blanco y de ojos verdes – manejaba un porte elegante que los interventores gringos exigían a los cadetes en sus enclaves del Caribe.
Contrario a su mirada agresiva y pelo erizado, el corazón del Gato Rayado era un dulce de chocolate que adormecía con su armónica a las palomas que llegaban a cagar las tardes en los aleros de su vecino Julio Lacayo. Se jactaba de compartir el repertorio romántico de Julio Jaramillo, melodías que tocaba a bajo volumen para no despertar sospechas de sus amores ocultos. Dentro de su cuarto siempre festejaba a dos hermosas mujeres encueradas, hembras de amplios pubis que ilustraban calendarios de un ferretero amigo.

9 El gran comelón de todos los tiempos fue Rogelio Artiles. Podía destripar dos metros de chorizo y acomodarlos con facilidad en su rocola Wurlitzer (apertrechados con veinte tortillas comaleras) y canalizarlos sin prisa junto a una cubeta de pozol blanco. Así era su espléndido desayuno, porque al mediodía desequilibraba la olla de mondongo de la comidería de la María Lidia, y en la noche ajustaba el menú con carne azada, tajadas fritas de plátano macho, gallo pinto y un poco de vigorón masaya. Se agasajaba sin proponérselo. Cada tiempo de comida era verdadero banquete, igual que el de Escipión el africano.
Noel Deleo lo quería mucho, pero cuando andaba de malas por razones melancólicas, a penas lo podía tocar con pocas palabras: - ¡Barril de mierda!, le decía. El caso es que Rogelio desde muy niño fue comelón y bebelón, se vislumbraba que llegaría a ser un hombre de gran peso; los nacatamales chupaba como bolis y vaciaba a mediodía una fresca garrafa de horchata en su pico de jilguero. Sólo la edad pudo mostrarle el peligro de la obesidad, comprendió hasta entonces que los gordos son bombas de tiempo (¡Letrinas, repetía Noelito).
Así es que Rogelio empezó a bajar de peso. Ahora vive semi-habitado. Del cuerpo anterior desprendió a su medio hermano por glotón y pendenciero; ya estando en paz con su dieta ha podido defecar un mundo de complejos. Cuenta Ronalito Bendaña que cuando Rogelio visita Puerto Díaz en busca de mojarras fritas, primero se llena del hermoso paisaje del lago, degustando pacientemente viejos recuerdos de Vaquedano, el telefonista del puerto.

10 Rafael Acevedo Díaz fija su mirada sobre el río sucio de Santo Domingo de Chontales. El afluente arrastra pepitas de oro. Teocuitatl: oro en náhuatl: excremento de los dioses. Éste era el recuerdo de su pueblo que defecaba en pasarelas sobre el cauce sostenido por retretes que excusan breve alivio. Esas segundas residencias eran limpias y de fácil cuidado, pues los cerdos de traspatios atrapaban ágilmente la ingesta para reciclarla.
Don Rafael miraba discurrir el agua y no escuchaba su rumor, solo miraba las recuas de mulas que entraban y salían cargadas de los minerales, conducidas por los montañeros mercaderes, hasta que un día se sorprendió rodeado de dieciocho hijos, enfrentando un premio nacional por numerosa prole.
Ya en Juigalpa, viviendo lejos de las leyendas de Pedrón Altamirano descabezando infieles, lejos de José Miguel Usaga desprendiendo a balazos las líneas del telégrafo, lejos de las campanas lujuriosas del Padre Pascual, lejos de las tierras fangosas de Santo Domingo, enviuda. Entonces vuelve a consolarse con los recuerdos del río y a engendrar hijos a como Dios manda: en surco y al voleo.