Nuevo Amanecer

J.M. Coetzee y el espejismo palpable


“¿Viviremos para arrepentirnos de toda esta sangre profusamente desperdiciada en la arena?”, se pregunta el viejo magistrado del pueblo, casi olvidado en las fronteras del Imperio, al presenciar el inevitable sacrificio de un caballo enfermo durante la expedición más allá de los límites, a la región de los bárbaros, donde confluyen el desierto, la nieve, la tormenta, el tornado y la sequía.
Publicada en 1980, Esperando a los bárbaros (Waiting for the Barbarians. Traducción de Concha Monella y Luis Martínez Victorio. Libro de bolsillo. Random House Mondadori. Barcelona, 2004) constituye uno de los esfuerzos más acabados de James Maxwell Coetzee (Sudáfrica, 1940) por comprender el sesgo moral e intelectual que representa el apartheid en la historia de su país. Pero también la novela se constituye en una reflexión a un tiempo depauperada y estilizadísima acerca de la soledad del poder.
Como Antonio Lobo Antunes, JM Coetzee vivió de cerca los procesos de ruptura social de su país, e incluso fue testigo activo de los mismos. El paralelismo entre Lobo Antunes y Coetzee no es gratuito: los dos nacieron en la década de 1940 y aún jóvenes participaron en hechos decisorios para la renovación histórica de sus naciones.
El portugués sirvió como médico militar en la prolongada y finalmente errada guerra de Portugal por conservar su dominio sobre Angola; el sudafricano experimentó, de las aulas a las calles, la resistencia civil en contra del apartheid, y el desesperado endurecimiento de éste para desmembrar y desmoralizar a los grupos en rebelión.
Ninguno de los dos es escritor precoz, sino de madurez, que comenzaron su carrera literaria formalmente hacia los 35 ó 36 años de edad, acaso porque ambos, que emergen de crisis sociales y políticas profundas, necesitaron una madurez emocional e intelectual más asentada para explicar y explicarse tales crisis.
Sin embargo, mientras Lobo Antunes ha avanzado en su narrativa hacia la deconstrucción del discurso, hasta obtener el extrañísimo ejercicio de monólogos interiores que es Buenas tardes a las cosas de aquí abajo, Coetzee ha avanzado hacia un logo centrismo desconcertante, mezcla de ironía moral y distanciamiento intelectual, como en La edad de hierro o en Desgracia.
Con todo, a reserva de esta diferencia fundamental, Lobo Antunes y Coetzee comparten un punto común que rubrica su novelística: los dos escriben sobre seres humanos exiliados de sí mismos. Quiero decir, los personajes de ambos escritores, en la medida que cobran conciencia de su otredad, experimentan un extrañamiento respecto del mundo en que viven, no pueden reconocerse en éste, y terminan alejados de lo que fueron antes de asomarse a la otredad. Son inadaptados lo suficientemente juiciosos para entender la inutilidad de intentar el retorno a su estado anterior. Esa suficiencia de juicio los libera de y los ata a sí mismos.
No hay vuelta atrás para el viejo magistrado una vez que comprende su otredad respecto del Imperio, pero sobre todo cuando observa las semejanzas entre los bárbaros y los imperialistas, los salvajes y los civilizados, es decir, cuando observa las limitaciones morales y emocionales que los inmovilizan, que los oprimen y finalmente los asfixian. Estas semejanzas anímicas y éticas le dan la pauta para comprender su otredad, su proscripción respecto de los intereses del Imperio, pero también su imposibilidad de comunicarse con los fieros, los incivilizados.
Quizá por esto el acto sexual es tan deseado como caprichoso y aun triste en Esperando a los bárbaros. El viejo magistrado lleva mujeres nativas y mestizas a su alcoba o se allega a la de ellas, se siente pleno en cada encuentro y sin embargo retorna cada vez más vacío, desorientado, cruzado por la desazón que deja no encontrarnos en el lugar donde nos buscábamos, donde nos sospechábamos. El espejismo palpable.
Aunque la novela aparenta ser el relato monotemático de la paranoia de todo sistema político totalitario –y la Historia nos ha enseñado que cualquier sistema político puede caer en el totalitarismo- , el verdadero tema de la novela es la libertad. A través de la voz del magistrado, narrador en primera persona y en un audaz e imperativo presente, contemplamos, con incredulidad al principio, con desconcierto y horror después, el proceso de pérdida de la libertad, la física y la de pensamiento.
Novela breve, monolítica, en Esperando a los bárbaros asistimos al desnudo de un alma, un espíritu primero ataviado con trajes de prestigio y fuerza, que más adelante se presenta cubierto de ropas sucias y apestosas, luego de harapos purulentos a soledad y abatimiento, y que al fin se baña, se acaricia, se viste sólo con su desnudez, una desnudez expuesta a la mirada ajena, a su escarceo voyerista, pero que a su vez expone, desnuda, a sus espías, sus voyeristas, sus burlones.
Los imperiales creen humillar a los bárbaros por medio de linchamientos y torturas, de confinamientos y hambrunas, y no hacen sino cumplir con el guión de sus cobardías, de sus restricciones, de sus miedos. Los bárbaros creen asegurar su independencia refugiados en esa tierra donde están todas las tierras, todos los climas, todos los ambientes, pero en realidad no hacen sino extraviarse en caminos que anulan su otredad.
Ambos, imperiales y bárbaros se descaminan y ya no podrán reencontrarse.
Han sucumbido al espejismo palpable, ese espejismo en el que quieren creer que se haya su fortaleza y que, al contrario, arroja a la luz sus carencias e iniquidades a través de otros espejismos palpables, sea el de la lenta y cruel decadencia histórica, sea a través de la literatura.

(“Esperando a los bárbaros” y otras obras de J. M. Coetzee pueden encontrarse en LITERATO. Tienda de libros. Calle principal Colonial Los Robles)