Nuevo Amanecer

Poesía de Yaoska Tijerino


Inés
A mis hermanas y hermanos

I
Mi abuela siempre hizo lo que quiso.
Su vida no fue una dictadura
porque ella no dictaba para que otros hicieran.
Ella hacía.
Y repito,
hacía siempre lo que quería
y siempre quería lo que hacía.

Era hija de general granadino,
esposa de ganadero boaqueño.
Alimentada con leche de yegua,
briosa ella como sus palabras briosas.

Pero definir a mi abuela
por su relación a un hombre
(padre, esposo, hijo)
es injusto para ella y para ellos.

Toda explicada comparación
es imprecisa al hablar de ella.

II
Allá por los años 30
mi abuelo tenía apenas 16
y ella 18.
Él cursaba último año
en el Colegio Centroamérica
frente al lago,
el mismo lago
que la había visto nacer
a ella.

“Casate Roberto.
Porque si no te casás, te cazo.”

Y lo flechó
lo lazó.
Ella que nunca en su vida
había ni siquiera montado a caballo
supo darle vuelta al lazo
tirar en el aire con elegancia la cuerda
y domar el brillo primitivo e inefable
que era mi abuelo.
Lo prendó.
Empuñó quién sabe qué palabra
quién sabe qué retórica
y supo desvestirlo
capa por capa
hasta llegar
a la última
a la incambiable
roca del
Amor.

Se casaron a escondidas
en un pueblito cercano a Granada.

No hubo vestido de novia:
“¡La tela es lo de menos!”

En lugar de fiesta y champagne
se comieron un raspado
sentados sobre el murito de la Iglesia.
Hoy pareciera que se han quedado
eternos, congelados,
entre la miel y el hielo de ese día.

Luego,
el abuelo de regreso al Colegio.
Ella de vuelta a casa de sus padres.

Faltaban dos semanas
para la graduación del abuelo.
Él ya tenía preparado
el discurso de mejor bachiller
que le tocaba dar el esperado día
al que nunca se presentó.

Doña Rosalina
—la mamá del abuelo—
fue informada del secreto evento.

Hubo entonces
que finiquitar el matrimonio.

“Roberto, salite del Colegio.
Hay que consumar nuestra unión.
Tu mamá está dispuesta a separarnos.”

Se escaparon en la noche.

Y lo consumaron con 7 hijos.

Y ya ella en él
y él en ella
marido y marida
varón y varona
se adentraron
en las montañas del norte
sin rifle y sin fusil
a pelear como Sandino su propia lucha.

III
La menor de todas sus nietas
aprendió a leer diferentes signos.
Conoció volcanes y estrellas muertas.
Se perdió en palabras nuevas.
Leyó a poetas.

Los novios de la nieta
visitaban a la abuela.
Le llevaban chocolates de New York
y vasijas del Lejano Oriente.
La visitaban y gozaban
con los cuentos de la Mimi:
ella
con el lodo acuestas
de la montaña —también a cuestas—
supo amar a un hombre
y con él a todo su pueblo.

Y la abuela también gozaba
con las visitas de la nieta.
Ella sabía desde el principio
cuál no era el indicado
para la nieta.
Le gustaban todos
porque en ellos veía
la incansable virilidad
que se esconde en la plática,
pero la abuela no se equivocó
y desde la cama
ya enferma
—pero siempre enérgica como sus ojos—
supo profetizar
el canto
el camino
el casamiento
de la nieta.

IV
La nieta buscaba formas
para la historia de la vida de la abuela.
O mejor dicho
una forma de darle historia a la vida
una vida ya de por sí hecha historia
historizada a través de la vida.
Una vida histórica.

Leía entonces la nieta
biografías,
canto-biografías,
cuentos y recuentos.
Husmeaba, rumiaba la nieta
la pequeña gran biografía
que hizo un poeta de su mujer
mientras recordaba la nieta
cómo la abuela
divisaba
pupileaba
desde su balcón
al muerto.
Sentada en su palomar
frente al parque de Boaco alto
(como les gusta decir
a los provincianos folkloristas)
con los larga-vistas a la mano
que la acercaban a la tumba del marido.
La abuela contaba las flores
medía a vuelo de águila
el alto de la grama,
mientras no quería ni siquiera
pronunciar el nombre del esposo
y recibía a las visitas
con la lengua como espada
peleando desde la vida
al difunto:
“¡El muerto me hizo horrores!”

Y así la relación de ambos
supo traspasar hasta las fronteras
más difíciles de la vida y de la muerte.

En realidad su historia de amor
no fue siempre dulce ni feliz
como en los Cuentos de Hadas.

V
Lo que vale
al final de la muerte
no es el paso tenue
sobre el lodo
sino la artesanía
creada con el barro,
la marca imborrable
de unos ojos vivos,
la curvatura innegable
de narices aguileñas
y el encanto de la sangre
a través de los días
a pesar del tiempo
reinventándose a sí misma
en carne nueva
en cuerpos únicos y exactos
que están unidos
a un mismo caudal
como un mar
a todos su ríos
y que dan al alma
un por qué preciso
a la existencia.